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sobre Ojén
Pueblo blanco a un paso de Marbella famoso por su aguardiente y el festival de música Ojeando
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El olor a castañas asadas te encuentra antes de llegar. Subes la carretera de curvas desde Marbella y, de repente, el mar desaparece detrás de la sierra. En su lugar, el olor: húmedo, dulzón, mezclado con el de la madera ardiendo en las chimeneas cuando empieza el frío. Ojén empieza así, muchas veces, por la nariz.
La hora en que el pueblo se encoge
Son las ocho y media de una mañana de noviembre. Las casas blancas se apretujan contra la ladera como si buscaran el primer sol. En la plaza, un hombre saca mesas de plástico de un bar. Las patas rasgan el silencio del suelo empedrado. El reloj de la iglesia da las campanadas con ese tono un poco apagado que tienen los relojes viejos cuando el aire está húmedo.
Desde uno de los miradores que asoman al valle se entiende la posición del pueblo. Las lomas bajan en terrazas de olivos y monte bajo. Más allá, en días claros, Marbella aparece al fondo como una mancha blanca entre palmeras y bloques de edificios. Aquí arriba, en cambio, lo que se oye es el viento moviendo las hojas secas de los castaños y algún coche que sube despacio la cuesta.
El castillo que ya no es castillo
Subir hacia lo que queda del Castillo de Ojén es llegar a un sitio donde casi todo ha desaparecido. Hay piedras sueltas, restos de muro y poco más. Si no sabes lo que hubo, podrías pensar que es solo un claro en la ladera.
La recompensa está alrededor: el pueblo blanco escalonado debajo, la Sierra de las Nieves levantándose detrás y, hacia el sur, el valle que baja hasta la costa. Muy cerca se abre también la llamada Cueva de las Campanas. El acceso depende bastante del estado del sendero y no siempre está en buenas condiciones, así que conviene preguntar en el pueblo antes de acercarse.
Me siento en una piedra y me entra hambre. A esa hora el sol ya calienta las paredes blancas. En una pequeña tienda del centro venden embutido de la zona. El chorizo de Ojén es graso y potente, con bastante ajo, de esos que te acompañan toda la tarde. La mujer del mostrador recuerda cuando en muchas casas se criaban cerdos y se hacía matanza en invierno. “Ahora ya casi nadie”, dice, encogiéndose de hombros.
Cuando el agua marcaba el tiempo
El sendero de los Molinos arranca cerca del cementerio. Baja por una vereda empedrada donde las piedras están pulidas por años de pasos: gente, animales, carros. Cuando el terreno se abre empiezan a aparecer los molinos harineros, uno detrás de otro, levantados con mampostería y hoy medio invadidos por la vegetación.
El arroyo corre entre ellos. En primavera suele bajar con fuerza; en verano apenas queda un hilo de agua que murmura entre las piedras.
En uno de los molinos me encuentro con Antonio, que ronda los setenta y muchos y pasea por aquí casi a diario. Señala una tolva de piedra mientras recuerda cómo su abuela bajaba con el trigo en una bestia para molerlo. “Era todo cola y espera”, dice. Luego mira el sendero y se ríe: “Ahora lo que vienen son senderistas con bastones y el móvil en la mano”.
La noche que huele a aguardiente
Espero a que caiga la tarde en la plaza. Las farolas tiñen de amarillo las paredes blancas y el aire empieza a enfriarse rápido cuando se esconde el sol. En una esquina, varios hombres juegan a las cartas apoyados en un bidón metálico. Las voces rebotan entre las fachadas.
A principios de noviembre el pueblo suele celebrar el Tostón. Es una reunión muy antigua alrededor de las castañas asadas y el aguardiente que durante mucho tiempo se elaboró aquí. Los mayores todavía lo llaman “ojenito”. Ese día vuelven muchos de los que viven fuera: casas que normalmente están cerradas se iluminan y la plaza se llena hasta tarde.
Lo que conviene saber antes de subir
Si vienes en verano, mejor entre semana y a primera hora. Ojén está muy cerca de la costa y los fines de semana sube bastante gente desde Marbella buscando aire de sierra. El pueblo cambia: más coches, más ruido, menos espacio en las calles estrechas.
En invierno ocurre lo contrario. Hay días tranquilos, con el humo de las chimeneas subiendo recto y muy poca gente en la calle. A veces incluso cae algo de nieve en la sierra cercana y el aire se vuelve mucho más frío de lo que uno espera tan cerca del mar.
Lleva buen calzado. Las calles son empinadas y el empedrado antiguo resbala cuando hay humedad. Y si decides subir hasta la zona del castillo o caminar por los senderos que salen del pueblo, lleva agua: fuera del centro no encontrarás fuentes ni tiendas.
A eso de las diez de la noche el silencio vuelve rápido. Desde una ventana abierta se oyen las campanadas del reloj de la iglesia y, de fondo, algún perro ladrando en las afueras. Olor a leña, aire de montaña. El mar está ahí abajo, a pocos kilómetros, pero desde aquí cuesta imaginarlo.