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sobre Yunquera
Paraíso del pinsapo en plena Sierra de las Nieves conocido por su vino y castañas y su trazado medieval
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Hay un momento, justo cuando el coche deja de subir y las nubes se abren, en el que Yunquera aparece como quien no quiere la cosa. No es ese pueblo blanco que brilla en las postales; más bien parece que se ha quedado medio dormido sobre la montaña y nadie ha tenido el corazón de despertarlo. Con unos 2.828 habitantes repartidos en casas que se agarran a la ladera, es ese tipo de sitio que te hace preguntarte: “Vale… ¿y ahora qué hago aquí arriba?”
El susto de los 679 metros y otras historias
La primera vez que pisé Yunquera fue por error. Iba camino de Ronda con la idea de hacer la ruta del Tajo y el GPS decidió que pasar por aquí arriba sería más rápido. Spoiler: no lo fue. Pero el pueblo me enganchó con esa trampa tan antigua de las fuentes públicas. Dicen que hay más de veinte repartidas por el casco urbano y alrededores, y aquí las mencionan con el mismo orgullo con el que en una gran ciudad hablan de cafeterías en cada esquina.
“¿Tienen wifi?”, pregunté medio en broma. El señor de la plaza me miró como si acabara de bajar de un OVNI.
“Aquí tenemos agua, que es mejor”, respondió.
Y algo de razón tenía. En Yunquera el agua sigue corriendo por lavaderos y caños que llevan ahí generaciones. A veces ves a vecinos llenando garrafas o charlando apoyados en la piedra, como si la prisa fuera un invento de otros sitios.
La sopa que te pega al asiento
Hablando de cosas que no salen mucho en los folletos: la cocina de Yunquera es de las que te obliga a aflojar el cinturón. La sopa perota es el ejemplo claro. Pan asentado, tomate, pimentón, aceite de oliva y un huevo que se cuaja en el caldo. Sobre el papel parece medio humilde, pero cuando la pruebas entiendes por qué aquí la defienden tanto. He intentado hacerla en casa varias veces y siempre me queda algo raro, como un gazpacho caliente con pan blando.
Luego está la porra yunquerana, pariente del salmorejo pero más contundente. El choto al ajillo suele aparecer en muchas mesas los fines de semana. Y si te cruzas con mosto del terreno, ojo: entra fácil y engaña más de lo que parece.
El pinsapo que se niega a desaparecer
Gran parte del término municipal de Yunquera cae dentro del Parque Nacional de la Sierra de las Nieves. Traducido: mires donde mires hay monte. Pero no el monte domesticado de merendero y barbacoa, sino un bosque serio.
Aquí aparece el pinsapo, un abeto raro que sobrevive en pocos lugares del sur de España. Tiene algo de superviviente cabezota: aguanta veranos duros, inviernos fríos y ahí sigue.
La ruta de los Pinsapos ronda los 8 kilómetros, según el recorrido que hagas. No es tanto el desnivel lo que la alarga, sino las paradas. Cada poco te detienes a mirar el bosque, el silencio o el valle que se abre entre montañas. Es de esos sitios donde te das cuenta de que el paisaje llevaba aquí mucho antes de que llegáramos con zapatillas técnicas y relojes que miden hasta la respiración.
La fiesta de la castaña o cómo se mueve un pueblo entero
Si quieres ver Yunquera con más movimiento de lo habitual, suele haber ambiente a finales de octubre con la Fiesta de la Castaña. Las calles huelen a humo y a fruto seco tostado, y el pueblo se llena de gente paseando de un lado a otro con papelinas calientes en la mano.
Lo curioso es el ambiente. No es solo gente de fuera; también ves a muchas familias del propio pueblo implicadas en los puestos y las brasas. Las abuelas manejan las sartenes con una naturalidad que deja claro que llevan haciendo esto media vida.
Mientras tanto, los críos corren por la plaza con las manos negras de cáscara y los mayores discuten sobre qué castaña es mejor, si la de aquí o la del pueblo de al lado. Parece una conversación ligera, pero la defienden con más pasión que algunos debates de televisión.
El puerto que no es puerto y otros engaños geográficos
El Puerto de los Pilones suena a mar, pero aquí de barcos nada. Es un collado de alta montaña donde antiguamente se almacenaba nieve en pozos para bajarla después a Málaga durante el verano. Sí, nieve de la sierra viajando en mulas hasta la costa. Cuando lo piensas, las quejas modernas sobre el aire acondicionado pierden un poco de fuerza.
La subida es seria. Son unos 12 kilómetros que, si no estás acostumbrado a caminar por montaña, se notan en las piernas. Pero cuando llegas arriba y miras la Serranía extendida como un mantel de piedra, entiendes por qué a Yunquera a veces lo llaman el balcón de la Sierra de las Nieves. Más que un eslogan, es bastante literal.
El consejo que nadie pide
Yunquera no es un pueblo para ir tachando cosas de una lista. No tiene el impacto visual de Ronda ni el tirón mediático de otros pueblos de Málaga. Se parece más a ese bar de barrio al que vuelves porque estás a gusto, aunque no tenga la mejor decoración del mundo.
Mi consejo: ven un fin de semana tranquilo. Aparca el coche, camina sin rumbo por las cuestas y deja que el pueblo vaya apareciendo poco a poco. Come en algún bar donde el menú depende más de la cocina que de una carta larga.
Si te apetece andar sin meterte en una paliza, pregunta por senderos cercanos como el del Molino de los Patos. Y si te animas con rutas más largas por la sierra, trae agua de verdad, no esas botellas de sabores que parecen perfume líquido.
Al final del día, cuando estés en la plaza con algo para beber y el pueblo vaya bajando el ritmo, es fácil entender por qué mucha gente decide quedarse aquí. Yunquera no ha intentado convertirse en otra cosa. Y tal como están las cosas en muchos pueblos, eso casi se agradece.