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sobre La Puerta de Segura
Entrada natural a la Sierra de Segura atravesada por el río Guadalimar; destaca su puente y paseo fluvial
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El río Guadalimar baja rápido desde las sierras de Segura y, antes de buscar el valle del Guadalquivir, dibuja una curva amplia que aquí se percibe casi como un umbral. En ese punto se asentó La Puerta de Segura. El nombre no es casual: durante siglos este paso ha funcionado como entrada natural hacia las montañas que hoy forman parte del parque natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas. Quien viene desde la campiña se encuentra aquí con el primer cambio claro de paisaje.
Un pueblo partido por el agua
La división es física y visible. Al norte del río, el barrio de Las Riscas se agarra a la ladera con casas que miran al Guadalimar desde cierta altura. Al sur, El Peñón ocupa un cerro más suave y abierto. Entre ambos, el puente de la carretera y un puente de piedra más antiguo mantienen la comunicación entre las dos orillas.
Esta posición tuvo importancia estratégica. Tras la conquista cristiana del siglo XIII, la Orden de Santiago organizó la defensa de estos pasos hacia la sierra. En La Puerta hubo dos pequeños recintos fortificados destinados a vigilar el valle del Guadalimar. Hoy apenas quedan restos claros, pero en el trazado de algunas calles y desniveles del casco urbano todavía se intuye esa estructura defensiva.
La iglesia que se quemó y volvió a levantarse
La iglesia de San Mateo ocupa uno de los puntos más visibles del casco. A primera vista responde al modelo habitual de templo parroquial andaluz: muros de mampostería, portada de aire renacentista y torre cuadrada.
Su historia, sin embargo, es accidentada. Durante la Guerra de la Independencia el edificio sufrió un incendio que dejó la iglesia muy dañada. La reconstrucción, ya en el siglo XIX, modificó parte del interior: se elevó la nave central y se abrieron vanos más amplios que los originales. El resultado es un espacio más luminoso de lo que cabría esperar en un templo rural de origen más antiguo.
En la sacristía se conserva una cruz procesional de plata que suele fecharse en el siglo XVI. No es una pieza especialmente ostentosa, pero habla de una parroquia que durante siglos tuvo un papel relevante en la vida de la comarca.
Cuando el río se queda quieto
El Guadalimar baja con fuerza en invierno, pero en verano el ritmo cambia. A las afueras del casco se formó hace años una pequeña zona de baño con un dique que remansa el agua y crea una playa fluvial muy utilizada por la gente del pueblo y de los alrededores.
El paseo que la bordea es sencillo: chopos, bancos de piedra y el sonido constante del agua. A última hora de la tarde suele llenarse de vecinos que bajan a refrescarse o a sentarse un rato junto al río.
En esa misma llanura hay un campo de golf pequeño y poco común. Se juega sobre terreno de olivar y con greens de arena, un sistema antiguo que hoy apenas se ve. No hay grandes infraestructuras: el juego mantiene un aire bastante austero y cercano al paisaje agrícola que lo rodea.
Lo que se come cuando no se caza
La cocina local responde a lo que ha dado siempre la sierra interior: matanzas domésticas, aceite de oliva y platos de cuchara que resuelven mucho con pocos ingredientes.
El rin-ran —bacalao mezclado con patatas, pimientos secos y aceitunas— aparece con frecuencia en reuniones familiares. También son conocidos los talarines, una pasta que se hace a mano y se sirve con guisos de carne o con setas cuando llega la temporada. En el río y en algunos tramos cercanos se pesca trucha, que suele prepararse a la plancha en piezas grandes compartidas en la mesa.
Calendario de porteño
El calendario festivo sigue un ritmo muy reconocible en los pueblos de la sierra. San Blas, a comienzos de febrero, marca el final del invierno festivo con una celebración sencilla en torno al pan bendecido.
En verano llegan las fiestas patronales, con la actividad concentrada en la plaza y las calles cercanas. Y a comienzos del otoño suele celebrarse la feria, que tradicionalmente ha tenido presencia de ganado y reuniones de vecinos que regresan al pueblo en esas fechas.
Más que grandes celebraciones, funcionan como momentos de reencuentro: el pueblo se mide por cómo se llena la plaza esos días.
Cómo llegar y cuándo ir
La Puerta de Segura queda en el eje que conecta el valle del Guadalquivir con la sierra. Desde la zona de Villacarrillo la carretera empieza a ganar curvas entre olivares hasta que el paisaje cambia y aparecen los primeros montes.
El casco urbano se recorre con calma en poco tiempo: cruzar los dos puentes, subir hacia la iglesia y caminar un rato junto al Guadalimar. Pero el interés del lugar está también en lo que ocurre alrededor. Desde aquí parten varias carreteras y pistas que se internan en la Sierra de Segura.
La Puerta funciona, literalmente, como su nombre indica: un punto donde decidir si se sigue río arriba hacia la montaña o si se vuelve a la vega del olivar. El pueblo queda justo en ese límite.