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sobre Siles
Pueblo serrano rodeado de bosques y agua; destaca la Torre del Cubo y el embalse
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A media tarde, cuando el sol empieza a bajar sobre la Sierra de Segura, el valle que rodea Siles se llena de brillos cortos, como si alguien hubiese dejado caer un puñado de espejos entre los olivos. Desde lo alto del cerro donde quedan restos del antiguo castillo, el pueblo se ve compacto: tejados rojizos, calles que se enroscan cuesta arriba y, más allá, una línea de sierras azuladas que al atardecer se vuelven casi violetas. En ese momento se entiende bien por qué el turismo en Siles suele empezar aquí arriba, mirando antes de bajar.
Luego toca descender despacio. Las calles estrechas guardan olor a pan caliente y a leña, sobre todo cuando refresca por la noche. Las casas son bajas, con muros gruesos que mantienen el interior fresco en verano. En la plaza, el reloj del ayuntamiento marca las horas con un sonido metálico que se escucha desde varias calles alrededor; a esa hora siempre hay alguien cruzando con bolsas de la compra o charlando apoyado en la barandilla.
El olor de la caldera y el sonido de las campanas
En agosto, cuando el calor aprieta y el termómetro suele quedarse por encima de los treinta grados buena parte del día, en Siles aparece un olor que se reconoce a distancia: vinagre, laurel, pimienta y carne cociéndose durante horas. Es la caldera de toro que se prepara durante las fiestas de San Roque.
La pieza central es una caldera enorme que, según cuentan en el pueblo, lleva más de un siglo utilizándose. Cada año se coloca sobre el fuego en la plaza y se remueve con palos largos de madera. Desde temprano se acerca gente a mirar, a comentar cómo va el guiso o a echar una mano con lo que haga falta.
Alrededor se forman corrillos. Hay quien llega con pan bajo el brazo, quien trae una botella de vino y quien simplemente se queda mirando cómo hierve el caldo. Cuando llega la hora de repartir, la cola ocupa media plaza. Nadie parece tener prisa: se come de pie, hablando de cómo ha quedado este año y comparándolo con el anterior.
Los castillos que casi nadie busca
En los montes que rodean Siles quedan varios restos de fortificaciones medievales. Algunos aparecen en mapas antiguos o en rutas de senderismo, pero sobre el terreno no siempre es fácil dar con ellos. A menudo la forma más rápida de encontrarlos sigue siendo preguntar en el pueblo.
Uno de los cerros cercanos guarda ruinas de muralla y algunas piedras que fueron torre. El sendero atraviesa un pinar donde el suelo está cubierto de agujas secas y el aire huele a resina caliente cuando pega el sol. Desde arriba el valle se abre entero: el mosaico de olivares, el curso del Guadalimar serpenteando entre huertas y el caserío blanco de Siles recogido en la ladera.
Otros restos requieren más paciencia. Algunas pistas forestales tienen baches y tramos de tierra suelta, y llega un punto en que conviene dejar el coche y seguir caminando. Los últimos metros suelen perderse entre jaras y romero. Cuando aparece el montón de piedras que fue torre o muralla, el viento corre sin obstáculos y uno entiende bien la lógica del lugar: desde aquí se ve quién se acerca por el valle con bastante antelación.
La noche en que los toros no mueren
Durante las fiestas de San Roque, a mediados de agosto, hay un momento del que muchos vecinos hablan con cierta solemnidad. En el último día de festejos con toros se mantiene una costumbre particular: el animal no se sacrifica en la plaza.
En lugar de eso, lo llevan al centro del ruedo y la gente le arroja cubos de agua. El animal resopla, sacude la cabeza y el agua cae sobre el albero levantando un olor a tierra mojada que dura apenas unos segundos. Algunos lo relacionan con una promesa antigua del pueblo al santo, aunque las versiones cambian según quién lo cuente.
La escena dura poco. Cuando el toro vuelve al corral, la plaza se queda en silencio durante unos instantes, como si todos estuvieran esperando algo. Luego vuelven la música y el ruido de las conversaciones, y la noche continúa.
Cuándo ir y qué saber
El final del verano suele ser un buen momento para acercarse. A partir de septiembre el calor afloja y por la tarde corre algo de aire por las calles más altas del pueblo. Los olivares empiezan a oscurecer con la fruta y el paisaje cambia de tono.
En invierno conviene venir preparado si la idea es caminar por los alrededores. Los caminos de tierra pueden volverse bastante embarrados después de varios días de lluvia, y ese barro se pega a las suelas con facilidad. A cambio, el cielo nocturno suele verse muy limpio cuando no hay luna y el aire es frío.
Para subir al cerro del castillo o a cualquiera de los miradores cercanos, mejor hacerlo por la mañana o a última hora. En pleno agosto las piedras guardan el calor y el ascenso se hace pesado. Llevar agua es buena idea: arriba no suele haber fuentes.
Y si preguntas por algún camino, es probable que te respondan con referencias poco precisas —un olivo torcido, una curva rara del carril, una casa aislada—. Funciona mejor de lo que parece. En pueblos como Siles, las indicaciones se miden más por lo que se ve que por los kilómetros.