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sobre Bedmar y Garcíez
Municipio formado por dos núcleos en el corazón de Mágina; destaca por su castillo y el paraje de Cuadros
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A las ocho de la mañana, el sol todavía no ha pasado la cresta de Sierra Mágina y Bedmar duerme bajo una sombra azulada. Desde el castillo el aire huele a romero seco y a tierra caliente. Abajo quedan los tejados de teja rojiza, el campanario de la Asunción y un mar de olivos que baja en oleadas hasta perderse hacia el valle del Guadalquivir. A esa hora apenas se oye nada. Solo algún coche que arranca y el golpe metálico de una persiana.
Bedmar y Garcíez aparecen poco en los mapas de rutas por la provincia, pero el municipio lleva siglos mirando el mismo corredor natural que conecta la sierra con la campiña. Esa posición explica muchas cosas: castillos, torres de vigilancia y un paisaje que mezcla monte áspero y agricultura paciente.
Cuando dos pueblos decidieron compartir futuro
Bedmar y Garciez siguen siendo dos núcleos distintos dentro del mismo municipio. Si preguntas en Bedmar, te dirán que Garciez está “más arriba”. Y es literal. La carretera sube entre olivos durante unos tres kilómetros hasta un altiplano donde el aire cambia un poco: más fresco por la noche, más abierto al viento.
La unión administrativa llegó en los años setenta. Aun así cada pueblo mantiene su ritmo y sus celebraciones. Tradicionalmente las fiestas no coinciden y eso hace que el calendario local tenga dos momentos fuertes a lo largo del año.
En Garciez la vida transcurre más despacio. Las calles son estrechas, con fachadas claras que reflejan la luz de la tarde. En invierno el silencio se nota más que en Bedmar.
El castillo que cambió de manos pero no de vista
La subida al Castillo de Bedmar ayuda a entender el terreno. Desde arriba se ve el valle del Cuadros abriéndose hacia la sierra y los olivares ocupando cada ladera posible.
La fortaleza tiene origen andalusí, aunque lo que queda hoy son tramos de muralla, un torreón con saeteras y un aljibe que todavía recoge agua cuando llueve. Entre las piedras crecen matas de lavanda y tomillo. En los días claros se alcanzan a ver otros pueblos de la comarca.
El sendero arranca detrás del cementerio. Son unos veinte minutos de cuesta. En invierno se hace bien a cualquier hora; en julio o agosto conviene subir temprano. No hay sombra en la parte final.
En la cocina hay memoria de sequía
La cocina local se entiende mejor si se piensa en años secos y despensas ajustadas. El ajoharina, espeso y contundente, nace de mezclar harina, ajo y pan duro hasta sacar algo caliente que llenara el estómago.
Las tagarninas aparecen cuando el campo reverdece tras las lluvias. Se guisan con legumbres y algo de carne si la hay. Es un plato muy ligado al final del invierno.
En muchas casas todavía se preparan huevos al estilo del pueblo durante los meses fríos, cuando las chimeneas están encendidas. Y la pipirrana aquí suele llevar bacalao desmigado. No siempre se sirve fría.
Cuándo ir (y cuándo no)
Abril suele ser buen momento para acercarse. Los almendros ya han florecido en las laderas y el monte bajo huele a romero y a miel cuando aprieta el sol del mediodía. Si coincide con celebraciones locales, el campo alrededor del pueblo se llena de familias pasando el día entre olivos.
Agosto es otra historia. El calor se queda atrapado en el valle durante la tarde. Las calles se vacían hasta bien entrada la noche. Quien venga en verano suele agradecer subir a Garciez al caer el sol. Allí corre algo más de aire.
El olivo que todo lo ve
Entre Bedmar y Garciez hay olivares muy antiguos. Algunos troncos están huecos y retorcidos como si fueran madera quemada. Los vecinos suelen decir que llevan aquí más generaciones de las que nadie recuerda.
La ruta del Nacimiento del río Cuadros pasa junto a varios de estos árboles. Es un recorrido que entra en el valle y sigue una vereda estrecha entre vegetación más húmeda de lo que uno espera en esta parte de Jaén.
El camino ronda los seis kilómetros si se hace circular. En primavera baja agua por las laderas y el sonido acompaña casi todo el trayecto. En pleno verano el paisaje cambia: el cauce puede ir muy justo y el calor se nota más dentro del valle.
Lo que no te contaron del renacimiento
En Garciez aparece un edificio poco habitual para un pueblo de este tamaño: el Palacio de los Benavides. Se levantó en el siglo XVI y todavía conserva la fachada de piedra con su escudo, algo erosionado por el tiempo.
A primera hora de la mañana la luz entra de lado y marca bien los relieves de las ventanas. Si uno se fija, hay pequeñas figuras talladas que pasan desapercibidas desde lejos.
El interior no siempre está abierto. En algunos momentos del año, ligados a celebraciones del pueblo, se permite entrar al patio. Allí quedan los arcos sobre columnas y un pozo antiguo que recuerda que estas casas eran casi pequeños mundos cerrados. Afuera, mientras tanto, la vida sigue con el ruido de algún coche subiendo la cuesta y el olor a leña saliendo de las cocinas cercanas.