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sobre Bélmez de la Moraleda
Pueblo de montaña famoso mundialmente por el fenómeno paranormal de las Caras de Bélmez
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A primera hora de la mañana, cuando el sol empieza a tocar las laderas claras de Sierra Mágina, Bélmez de la Moraleda aparece como un puñado de casas blancas agarradas a la pendiente. El cerro del Castillejo queda encima, vigilando el valle. Desde lejos el pueblo parece compacto, casi pegado a la roca. Alrededor, los olivos ocupan todo el horizonte y entre ellos asoman cortijos aislados, caminos de tierra y manchas bajas de tomillo y romero que perfuman el aire cuando aprieta el calor.
Aquí el ritmo lo marca el campo. Se nota en el silencio de las tardes y en el ir y venir de coches por los caminos agrícolas cuando llega la temporada de la aceituna.
Calles empinadas y una iglesia que marca el centro
Las calles del casco urbano suben y bajan sin demasiada lógica, estrechas, con tramos donde dos coches apenas se cruzan. El sonido cambia según la hora: por la mañana se oyen persianas levantándose y alguna conversación desde las puertas; por la tarde, más calma y el eco de los pasos sobre el pavimento.
En medio del pueblo está la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Encarnación. La torre, de ladrillo, tiene un aire mudéjar bastante reconocible en esta parte de Jaén: arcos sencillos, algo de azulejo azul y una altura suficiente para que sirva de referencia cuando te mueves por las calles.
Cerca hay pequeñas plazas donde la vida diaria se concentra un rato: bancos a la sombra, macetas en las fachadas, alguna parra que en verano deja caer una sombra fresca.
El paisaje de Sierra Mágina, a pocos minutos
En cuanto sales del pueblo, el paisaje cambia rápido. Los olivares siguen presentes, pero empiezan a mezclarse con encinas, quejigos y algunos pinares en las zonas más altas de la sierra.
Hay caminos rurales y senderos que se adentran en el Parque Natural de Sierra Mágina. Algunos bajan hacia barrancos donde el agua aparece después de las lluvias, formando pequeñas cascadas que duran lo que duran los inviernos húmedos. Otros suben hacia zonas desde donde se ven varias sierras a la vez, con los valles cubiertos de olivos como un mosaico gris verdoso.
Si te planteas caminar por aquí, conviene madrugar en verano. El sol cae directo y las pendientes se hacen largas. En primavera y otoño, en cambio, el terreno se deja recorrer con más calma y el monte huele a hierba fresca y a tierra húmeda.
Aceite, huertas y cocina de la sierra
La vida agrícola sigue girando alrededor del olivar. En la comarca se produce aceite de oliva virgen extra y la campaña de recogida marca buena parte del calendario local. Tradicionalmente la aceituna se ha llevado a las almazaras de la zona para molerla y sacar el aceite nuevo, ese que en noviembre todavía huele verde y pica un poco en la garganta.
En las casas y en los bares del pueblo aparecen platos muy ligados a esa cocina de sierra: migas, pimientos asados, gazpachos serranos o guisos con carne de caza cuando llega la temporada. También hay huertas pequeñas en los alrededores que dan tomates, calabacines o pimientos durante los meses cálidos.
No es una gastronomía complicada, pero sí muy ligada al producto que hay a mano y al aceite que aquí se usa para casi todo.
Fiestas que siguen marcando el año
Las celebraciones locales mantienen costumbres bastante arraigadas. En enero, alrededor de San Antón, es habitual ver hogueras en la calle y la tradición de bendecir animales domésticos todavía se conserva en algunas casas.
La Semana Santa también tiene presencia en el pueblo, con procesiones que recorren las calles empinadas. Cuando los tambores resuenan entre las fachadas blancas, el sonido se queda un rato flotando por el casco antiguo.
En verano llegan las fiestas patronales. Muchos vecinos que viven fuera vuelven esos días, y el ambiente cambia: más gente en la calle, música por la noche y mesas improvisadas en algunas plazas.
Cuándo acercarse a Bélmez de la Moraleda
La primavera suele ser el momento más agradable para conocer Bélmez de la Moraleda. Después de las lluvias, los campos se vuelven más verdes y el aire todavía es suave para caminar por la sierra.
El otoño también tiene su interés, sobre todo cuando empieza la campaña de la aceituna y el movimiento en los caminos agrícolas aumenta.
El verano exige adaptarse un poco: madrugar o salir al atardecer. A mediodía el calor cae fuerte sobre las calles y sobre el campo abierto. En invierno el tiempo es más variable, con días fríos y otros muy claros en los que la sierra aparece nítida contra el cielo.
Bélmez de la Moraleda no gira alrededor del turismo. Es, sobre todo, un pueblo agrícola pegado a la montaña. Si uno se queda un rato —sentado en una plaza o caminando entre olivos al final de la tarde— termina entendiendo que aquí la vida sigue el ritmo lento de la sierra y de la tierra que la rodea.