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sobre Huelma
Capital de la comarca de Mágina; villa monumental con un impresionante castillo renacentista y parroquia
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Las campanas de la iglesia repican a las siete de la mañana y el eco se pierde entre los olivares que rodean el pueblo. Desde la terraza del castillo, Huelma cae por la ladera en casas blancas que a esa hora todavía están medio dormidas. Algunas farolas siguen encendidas y el cielo empieza a aclarar por detrás de Sierra Mágina. Huele a pan recién hecho y a tierra húmeda de la noche. En los días claros, la luz llega despacio, como si fuera trepando por las fachadas.
Hablar de turismo en Huelma tiene algo de paradoja: no es un lugar que se exhiba demasiado. Más bien se deja ver poco a poco, caminando por las cuestas y escuchando lo que ocurre en las calles.
El olor de la siembra y el sabor de la matanza
Bajas por la cuesta de San Sebastián y los zapatos resbalan un poco sobre los cantos rodados. Las calles empinadas conservan el frescor de la noche durante un buen rato. En algún balcón alguien sacude una alfombra; el golpe seco contra la barandilla se oye en toda la plaza.
A primera hora suele haber movimiento en los bares: café fuerte, alguna copa de anís y conversaciones que casi siempre terminan hablando del campo. Aquí el calendario lo marca el olivar y el frío. Cuando llegan los primeros días serios de invierno empieza a oler a matanza en muchas casas. El carnerete —un embutido muy de la zona— aparece entonces en cocinas y despensas.
El sobrehusa es uno de esos platos que nacen de lo que da la huerta: habas, calabaza, patatas y pan para empujar la cuchara. La pipirrana también aparece mucho en las mesas, con variantes según la casa. Y en las panaderías del pueblo suelen salir dulces de almendra, secos por fuera y tiernos por dentro, que acompañan bien un café largo.
Cuando las piedras hablan de lobos y de siglos
A unos pocos kilómetros del casco urbano está el Cerro del Pajarillo. Se llega por una pista de tierra rojiza que atraviesa encinas y monte bajo; el último tramo suele hacerse a pie. Arriba quedan restos de un antiguo asentamiento íbero y la conocida escultura de la Cabeza de Lobo, vinculada a las excavaciones del lugar. Desde allí el valle se abre entero, con el mosaico de olivares extendiéndose hasta donde alcanza la vista. Cuando sopla viento, el olor es de tomillo y resina caliente.
De vuelta en el pueblo, la iglesia de la Inmaculada ocupa buena parte del centro. Los vecinos la llaman a veces “la segunda catedral de Jaén”, más por el tamaño que por otra cosa. Tiene tres naves y una cúpula que suele asociarse a los trabajos de Diego de Siloé, aunque la obra pasó por muchas manos y épocas. A mediodía la luz entra alta por los ventanales y cae en rectángulos sobre el suelo. Dentro suele oírse poco más que el roce de una escoba o el zumbido de alguna mosca cuando llega el calor.
Los días en que todo el pueblo sube al cerro
A finales de julio, cuando el verano ya está bien asentado, muchos vecinos suben a la ermita de Santa Ana. La jornada empieza temprano para evitar el sol fuerte. Se ven cestas con comida, ramas de romero y familias caminando despacio por el camino de tierra clara que lleva hasta el cerro.
En septiembre se celebran también las fiestas dedicadas a la Virgen de la Cabeza. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: música en las calles, balcones adornados y procesiones que avanzan despacio por las cuestas. El olor que queda en el aire mezcla jazmín de los patios con frituras de las cocinas.
Caminar Huelma con calma
La primavera suele ser el momento más agradecido para recorrer el entorno. Los olivares están verdes, las sierras cercanas todavía guardan algo de humedad y los caminos se pueden andar sin el peso del calor.
El pueblo tiene muchas cuestas, así que conviene traer calzado cómodo y dejar el coche en la parte baja del casco urbano. Desde ahí se llega andando a casi todo: el castillo, la iglesia y las calles más antiguas.
Agosto puede hacerse largo si no estás acostumbrado al calor del interior de Jaén. A cambio, en otoño y a comienzos de invierno el ritmo es otro: menos gente en la calle, olor a leña en algunas casas y ese silencio que queda entre campanada y campanada cuando cae la tarde. Aquí es cuando Huelma se deja escuchar mejor.