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sobre Pegalajar
Conocido por su espectacular charca en el centro del pueblo que riega la huerta tradicional
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A las siete de la mañana, Pegalajar todavía está medio en silencio. La luz entra suave entre los olivos y rebota en la piedra clara de la ladera. Desde arriba, cerca del castillo, el pueblo cae en pendiente: casas blancas, tejados rojizos y calles que suben y bajan sin demasiada lógica. Más allá se abre el valle del Guadalbullón, un mosaico de huertas y olivares que cambia de color según la estación.
Pegalajar, en la comarca de Sierra Mágina, no es grande —apenas unos miles de vecinos— pero tiene esa forma de los pueblos que crecieron pegados a una peña: estrecho abajo, más abierto arriba, con miradores que aparecen casi sin buscarlos.
El tiempo que se queda en la piedra
Caminar por Pegalajar es hacerlo despacio, porque el suelo obliga. Hay cuestas cortas pero empinadas, escalones improvisados y calles que giran de repente.
La iglesia de la Santa Cruz ocupa el lugar donde estuvo la antigua fortaleza. La torre-campanario reutiliza parte de aquella estructura defensiva, algo que se aprecia bien si uno se fija en la base de los muros, más gruesos y de piedra irregular. Alrededor, las fachadas encaladas devuelven la luz con fuerza a mediodía.
En el barrio de la Atalaya todavía quedan casas con cuevas excavadas en la roca. Durante buena parte del siglo XIX y del XX muchas familias vivieron en ellas. Algunas siguen habitadas; otras se usan como almacén o bodega. Dentro la temperatura apenas cambia durante el año, y el aire tiene ese olor mezcla de tierra húmeda y madera vieja que se queda en la ropa.
Las huertas bajo la peña
Si bajas por la calle Real acabas llegando al barranco donde empiezan las huertas históricas de Pegalajar. El cambio se nota enseguida: el ruido del pueblo queda arriba y aparece el agua corriendo por acequias estrechas.
Las parcelas están sostenidas por muros de piedra seca que dibujan escalones en la ladera. En primavera todo se llena de verde y, cuando florecen los almendros, la pendiente se cubre de manchas blancas y rosadas que duran apenas unos días.
Hay senderos que atraviesan la zona y suben hacia la sierra. No siempre están señalizados, así que conviene caminar con calma y sin alejarse demasiado si no conoces el terreno. Entre la vegetación aparecen abrigos rocosos y pequeñas cuevas que recuerdan lo antiguo que es este lugar como punto de paso.
A medida que ganas altura el paisaje se abre: Jaén queda a lo lejos, y alrededor solo hay colinas de olivos que parecen repetirse hasta perderse en la bruma.
Lo que se cocina en las casas
Aquí la cocina sigue muy ligada al calendario. Cuando llega el frío aparecen platos contundentes: andrajos con carne de caza, guisos espesos donde el pan hace casi de cuchara, o lomo conservado en orza bajo una capa de manteca.
En los días de reunión no es raro ver grandes sartenes de migas preparándose al aire libre. El olor del ajo y del pan tostado se mezcla con el humo de la leña, y ese aroma se queda flotando en la plaza durante horas.
La pipirrana también tiene su versión local, con tomate, pimiento y huevo duro bien picado, aliñado con aceite de la zona. Se suele servir muy fría, en platos de barro que mantienen el frescor incluso cuando el sol aprieta.
A comienzos de agosto
Las fiestas dedicadas a la Virgen de las Nieves llegan a principios de agosto. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: regresan muchos vecinos que viven fuera y las calles se llenan hasta bien entrada la madrugada.
La música de la banda suena en la plaza, hay atracciones montadas en algún descampado cercano y los grupos de amigos ocupan mesas largas donde todo el mundo acaba sentándose aunque no se conozca.
Si subes hacia el castillo de noche se ve el pueblo entero iluminado. Desde allí llegan los ecos de la música, el estallido de algún cohete y el murmullo continuo de la gente hablando.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Jaén capital el trayecto en coche es corto. La carretera se va acercando poco a poco a Sierra Mágina y el último tramo asciende hasta el pueblo con una pendiente que se nota.
Conviene dejar el coche en la parte baja y seguir andando. Muchas calles son estrechas y con bastante cuesta, y maniobrar dentro del casco urbano puede resultar incómodo.
La primavera suele ser el momento más agradecido: las huertas están verdes y el aire baja fresco de la sierra. En verano el ambiente es animado, sobre todo en agosto, aunque a ciertas horas del día el sol cae de lleno sobre las calles blancas.
En invierno las noches se vuelven frías con facilidad. No es raro que hiele mientras en la capital el termómetro marca varios grados más.
Si te sientas un rato en la plaza por la mañana, con un café caliente entre las manos, verás el ritmo real del pueblo: vecinos que se paran a charlar sin prisa, bolsas de la compra balanceándose en los brazos y el sonido de las campanas marcando las horas. Pegalajar se entiende mejor así, observando. Sin hacer demasiado ruido.