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sobre Baños de la Encina
Uno de los pueblos más bonitos de España; alberga uno de los castillos califales mejor conservados de Europa
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La primera vez que ves el Castillo de Burgalimar desde la carretera, parece un decorado. Demasiado perfecto, demasiado intacto. Quince torres cuadradas pegadas a un cerro, como si alguien las hubiera dejado ahí ayer. Pero luego te acercas, tocas la piedra y te das cuenta: esto lleva aquí desde el siglo X. Esa es la gracia de Baños de la Encina: las cosas no fingen ser antiguas, lo son.
Un nombre con historia reciente
Durante siglos, al pueblo se le conoció solo como Baños. Lo de “de la Encina” vino después, ya en el siglo XX, por la devoción local a su virgen. La historia aquí es capa sobre capa: hay pinturas rupestres por los alrededores, restos de minas antiguas… pero el pueblo en sí no se siente como un museo. Hay más de dos mil personas viviendo entre cuestas estrechas y fachadas blancas. Se nota cuando bajas del coche: el ritmo es otro, más lento, con más tiempo para charlar en una esquina.
El Castillo de Burgalimar: piedra y silencio
Es normal que vengas por el castillo. Lo raro es que no esté abarrotado. Muchas mañanas lo encuentras casi vacío, solo con el viento moviendo los olivos allá abajo.
La estructura es básicamente la original: muralla, torres, algún aljibe dentro. La torre del homenaje que sobresale es un añadido cristiano posterior. Subir hasta arriba es entender por qué lo construyeron aquí: controlas todo el valle. No hay audioguías ni recreaciones con figurantes; es solo piedra, algún cartel explicativo y ese paisaje infinito de olivar que define esta parte de Jaén.
La entrada, si la hay, suele costar poco y va a mantenimiento. Es de esos sitios que se visitan en media hora pero se recuerdan por la sensación que dejan.
Comer como se come aquí
La cocina en Baños no tiene pretensiones gourmet. Tiene hambre después de trabajar en el campo. Gachas de matanza que son un plato único de verdad. Migras cuando hace frío. Y dulces como los pestiños, empapados en miel hasta que se pegan a los dedos. Lo habitual es entrar en cualquier bar del centro y preguntar qué hay. A veces hay conejo guisado, otras un cocido o cabrito al horno. Se come bien, sin florituras y a precio de pueblo.
El pueblo cuando sale a festejar
Si pillas una romería —tradicionalmente en primavera— o las fiestas patronales, verás otra versión del lugar. El campo cercano se llena de familias, carretas adornadas y mesas largas donde la comida pasa de mano en mano. Aparecen caras nuevas —gente que vive fuera y vuelve— y durante unos días todo tiene más volumen: más ruido en las calles, más gente en los bares. Luego se acaba y todo vuelve a su tamaño normal.
Mirada práctica
¿Qué haces aquí? Subir al castillo sin prisa. Perderte por las calles del casco antiguo, que son empinadas pero cortas. Comer algo contundente en un bar donde veas vecinos. Y si te sobra energía, hay rutas sencillas hacia molinos antiguos o entre olivares. Yo lo veo como una parada honesta: no vas a encontrar tiendas de souvenirs extravagantes ni espectáculos multimedia. Vas a encontrar un castillo califal increíblemente bien conservado y un pueblo que vive sin hacer demasiado caso al turismo. A veces eso es justo lo que necesitas para cortar un viaje largo por la carretera