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sobre Villaviciosa de Córdoba
Extenso municipio serrano con un entorno natural privilegiado ideal para la caza y el disfrute del bosque mediterráneo y el pantano de Puente Nuevo
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Te lo digo de entrada: Villaviciosa de Córdoba no es ese pueblo que te deja boquiabierto al primer vistazo. Es más bien como ese primo que ves en las bodas: no es el más guapo, pero cuando te sientas con él descubres que tiene historias que contar y que, al final, es el que más te divierte.
El puente que sobrevivió a todo
Lo primero que ves al llegar es el puente califal sobre el Guadiato. No es especialmente grande ni ornamentado, pero lleva ahí plantado desde hace siglos. Imagínate la escena: primero animales de carga, luego carros, después camiones y ahora coches que cruzan sin pensar demasiado en lo que pisan.
Formaba parte del viejo camino entre Córdoba y Badajoz. Si te acercas despacio y miras la piedra con calma, se notan las cicatrices del uso. No hay paneles explicando nada ni pasarelas modernas. Es un puente que sigue haciendo su trabajo, que ya es bastante.
La iglesia que llegó tarde
La parroquia de San José es relativamente reciente para lo que uno suele ver por Andalucía. Durante mucho tiempo el pueblo dependió religiosamente de Espiel. Algo así como vivir en tu propia casa pero con el vecino teniendo la llave.
La iglesia es sencilla. Una nave, una torre sin demasiadas florituras y poco más. Dentro está la imagen que hoy se venera, aunque la devoción del pueblo gira alrededor de la Virgen de Villaviciosa, ligada a la antigua ermita que dio nombre al lugar. El pueblo fue creciendo alrededor de ese santuario como pasa muchas veces en la sierra: primero la ermita, luego las casas.
Donde los jabalís son vecinos
El término municipal se mete en la Sierra Morena más cerrada y, hacia el sur, roza el entorno del parque natural de Hornachuelos. Aquí el monte manda. Encinas, alcornoques y caminos de tierra que se retuercen como si no tuvieran prisa por llegar a ningún sitio.
Y los animales están ahí. Si madrugas o conduces de noche por los alrededores, no es raro cruzarte con jabalís o ver rastros de ciervo. En el pueblo la caza mayor forma parte de la conversación habitual. En muchas paredes cuelgan cuernas y trofeos, no como decoración pensada, sino porque siempre han estado ahí.
La Tercia y cuando por aquí pasaba el comercio
Hay un edificio del siglo XVIII conocido como La Tercia. Es grande para el tamaño del pueblo y tiene ese aire serio de los lugares donde se guardaban cosas importantes. Aquí se recogían los diezmos, el sistema de impuestos de la época.
Eso te da una pista de algo: Villaviciosa no siempre fue un sitio tranquilo de sierra. Hubo un tiempo en que los caminos comerciales pasaban por aquí y el movimiento era otro. También hubo producción de vino en una antigua casa que funcionó como bodega familiar. Hoy esa actividad ya no forma parte del día a día, pero si hablas con gente mayor salen historias de vendimias, barriles y vino bastante fuerte.
Migas de sartén grande y la romería de septiembre
La cocina del pueblo es la que toca cuando vives en la sierra: platos que llenan y que se comparten. Las migas son el mejor ejemplo. Sartén grande, pan asentado, ajo, pimentón y lo que haya para acompañar. Se come alrededor de la sartén, hablando más que mirando el móvil.
Por la zona también se mueve mucha miel de Sierra Morena y todavía hay quien hace aguardiente de manera tradicional.
En septiembre llega la romería de la Virgen de Villaviciosa. No es de las que parecen un festival. La gente sube hasta la ermita, muchos andando, otros en coches o remolques. Se pasa el día allí, cada familia con lo suyo. Hay quien va muy arreglado y quien aparece con ropa de campo. Nadie le da demasiada importancia.
Mi consejo sincero
Villaviciosa de Córdoba funciona mejor si no esperas grandes monumentos. Es más bien un lugar para bajar el ritmo. Aparcas, das una vuelta por las calles, te asomas a la sierra y entiendes rápido cómo va la vida aquí.
Si tienes tiempo, dedica parte del día a moverte por los caminos de alrededor. No hace falta plan complicado. Un paseo, algo de comida en la mochila y listo. Luego vuelves al pueblo, te sientas en la plaza un rato y ves pasar la tarde.
A veces el plan es tan simple como eso. Y en sitios como este, curiosamente, suele ser suficiente.