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sobre Aznalcóllar
Municipio de tradición minera situado en las estribaciones de la sierra con un importante embalse y restos históricos
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Aznalcóllar es como ese compañero de trabajo que parece normalito hasta que un día te enteras de que habla cuatro idiomas o que fue campeón de ajedrez en el colegio. Si vas camino de Huelva por esta zona de Sevilla, lo que suele llamar la atención desde lejos es la mina. Esa mancha naranja en el paisaje que parece sacada de una película de ciencia ficción. Pero bajas del coche, entras en el pueblo y descubres algo bastante más raro: una mezquita del siglo XIII escondida dentro del cementerio. Sí, tal cual.
La zawiya que terminó rodeada de lápidas
La primera vez que fui pregunté directamente por el cementerio. El hombre del bar me miró como pensando que tenía prisa por algo bastante definitivo. Cuando le expliqué que iba buscando la antigua mezquita, cambió la cara: “Ah, la zawiya”.
La zawiya de Aznalcóllar es una de esas cosas que no te esperas encontrar en un sitio así. Es un pequeño edificio islámico que se levantó en época andalusí, probablemente en el siglo XIII. Con el paso del tiempo se reutilizó como ermita cristiana y, ya mucho después, el lugar terminó convertido en cementerio.
Hoy la construcción queda en medio de las tumbas, en una ladera con varios niveles. Subes escaleras entre nichos y de pronto aparece el edificio, discreto, casi como si estuviera intentando pasar desapercibido después de tantos siglos cambiando de función.
El interior es pequeño. Nada monumental. Pero precisamente ahí está la gracia: pensar que esas paredes han pasado por etapas muy distintas. Primero lugar de oración musulmán, luego ermita, después panteón familiar. Hay cementerios conocidos por sus esculturas o por las vistas; este tiene una antigua mezquita en mitad del recinto, que no es algo que veas todos los días.
La mina, siempre en el horizonte
Luego está la mina. Aquí no hace falta buscarla: aparece sola. Desde distintos puntos del pueblo se ve ese paisaje rojizo que recuerda que la minería lleva décadas marcando la vida de Aznalcóllar.
Es como ese vecino ruidoso al que acabas acostumbrándote. No puedes ignorarlo porque forma parte del día a día del lugar. Mucha gente del pueblo ha trabajado allí o tiene familia que lo hizo.
Al mismo tiempo, la zona del Guadiamar que queda cerca se ha ido recuperando con los años. Hoy hay caminos y senderos por el entorno del llamado corredor verde. Si te gusta caminar un rato tranquilo por el campo, es de esos sitios donde empiezas viendo matorral y terminas sacando los prismáticos porque alguien ha señalado un pájaro raro. Hay bastante afición a observar aves por aquí.
No es un paisaje “de postal”, pero tiene algo interesante: ves cómo conviven el pasado minero y la naturaleza intentando abrirse paso otra vez.
Gazpacho sin huevo y otras cosas que salen de las cocinas del pueblo
En Aznalcóllar la comida tira de tradición, de la de casa de abuela.
Uno de los platos que suelen mencionar los vecinos es el gazpacho de vigilia, que aquí preparan sin huevo. Lleva tomate, pimiento, pan asentado y aceite, y suele aparecer en épocas de Cuaresma, aunque hay quien lo hace en cualquier momento.
También es habitual el conejo guisado con vino tipo Montilla, una receta bastante extendida por esta parte de Andalucía. De esas que piden pan al lado porque la salsa no se deja escapar.
Y cuando llega Semana Santa aparecen los pestiños. Si los has comido alguna vez ya sabes cómo funciona: masa frita, miel por encima y media servilleta intentando que no chorree demasiado.
No es cocina complicada, pero sí de la que sigue viva en las casas.
Un pueblo que se ve en una mañana tranquila
Mi sensación con Aznalcóllar es que funciona bien con una visita corta, sin prisa.
Te acercas al cementerio para ver la zawiya, das una vuelta por el centro, buscas algún mirador o calle desde donde se vea el paisaje de alrededor y te sientas a comer algo tranquilo. En unas horas te haces una buena idea del lugar.
Y luego pasa una cosa bastante habitual en pueblos así: alguien termina contándote algo. Sobre la mina, sobre cómo era el valle antes, o sobre familiares que trabajaron allí durante años.
Aznalcóllar tiene esa mezcla curiosa de historia antigua, minería reciente y vida de pueblo que sigue su ritmo. No intenta disfrazar nada. La cicatriz de la mina está ahí, visible. Y al mismo tiempo, en el cementerio, una pequeña mezquita recuerda que este rincón ha cambiado muchas veces de manos y de usos.
No es un sitio que te deslumbre a primera vista. Pero cuando te cuentan dos o tres historias del lugar, empiezas a mirarlo de otra manera. Y eso, al final, suele ser lo que hace que merezca la parada.