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sobre Constantina
Conjunto Histórico-Artístico en el corazón de la sierra dominado por un castillo árabe y calles blancas señoriales
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El pueblo que olía a anís desde la carretera
La primera vez que paré en Constantina fue por el olor. Iba hacia Sevilla con las ventanillas bajadas y, de repente, ese perfume dulzón que te recuerda a los polvorones de casa. Era anís. Aquí se ha destilado durante generaciones y el pueblo llegó a tener un buen puñado de fábricas.
Cuando te lo cuentan entiendes mejor la cosa. En un lugar de poco más de cinco mil habitantes hubo muchas destilerías funcionando a la vez. Es como si en tu barrio hubiera un bar por cada portal. Algo así.
Ese pasado todavía flota en el ambiente. No es solo el olor. También la conversación de la gente mayor, que habla del anís como quien habla del oficio de toda la vida.
Subir al castillo sin morir en el intento
El Castillo de Constantina juega con ventaja. Lo ves desde casi cualquier punto del pueblo y parece decirte: “cuando quieras, subes”.
La subida es corta, pero tiene su cuesta. Nada dramático. De esas que te hacen parar un momento, mirar atrás y fingir que solo estabas viendo las vistas.
Arriba quedan restos de la fortaleza medieval y varias torres que recuerdan que esto fue frontera durante siglos. El premio real, más que las piedras, es la panorámica. El caserío blanco abajo, los tejados rojizos y, alrededor, la Sierra Norte extendiéndose como un mar de encinas.
La dehesa que te llena el estómago
En los pueblos de esta parte de la Sierra Morena pasa algo curioso. Sales con la idea de hacer fotos y acabas pensando en comida.
La dehesa manda. Encinas, bellotas y el cerdo ibérico moviéndose por ahí como si viviera bastante mejor que nosotros. De ahí sale buena parte de lo que luego aparece en las mesas del pueblo.
También hay miel de la sierra, de esas que saben a monte de verdad. A tomillo, a flores silvestres, a campo abierto. Y en épocas señaladas aparecen dulces caseros que se repiten en muchas casas del pueblo.
No es gastronomía de escaparate. Es cocina de pueblo. De la que llena.
Cuando el pueblo se anima
Constantina suele ir a su ritmo. Tranquilo. Pero hay momentos del año en que el pueblo cambia de marcha.
La romería de septiembre es uno de ellos. Caballos, carretas, gente subiendo hacia la ermita y ese ambiente de jornada larga en el campo. No hace falta entender mucho de romerías para darse cuenta de que aquí se vive con ganas.
En verano llega la feria. Más sencilla que la de las capitales, claro. Caseta, música, familias enteras paseando y el pueblo lleno hasta más tarde de lo habitual.
Y cuando llega el otoño aparece la castaña. En esta sierra es casi un símbolo de temporada.
El Huéznar y los caminos junto al agua
A poca distancia del casco urbano corre el río Huéznar. No es un río espectacular, pero tiene algo que engancha. Agua clara, sombra y ese sonido constante que te acompaña mientras caminas.
Hay senderos que siguen su ribera entre encinas y alcornoques. Caminos fáciles, de los que se hacen hablando. A ratos aparecen restos de antiguos sistemas de riego y pequeñas obras hidráulicas que recuerdan que aquí el agua siempre se aprovechó bien.
Si te gusta andar, es de esas zonas donde puedes pasar la mañana sin mirar el reloj.
Lo que te diría si fueras conmigo
Constantina no intenta impresionar. Tiene un castillo en lo alto, un pasado ligado al anís, dehesa alrededor y varias rutas cerca. Ya está. Y curiosamente funciona.
Es de esos sitios donde preguntas una dirección y alguien se detiene a explicártelo con calma. A veces incluso te acompaña un tramo. Ese tipo de pueblo.
Yo vendría en primavera o en otoño, cuando la sierra está más agradecida para caminar. Aparcas, das una vuelta por el casco antiguo, subes al castillo y luego te acercas al río.
En un día ves lo principal. Si te quedas más tiempo, es porque el lugar te ha entrado bien. Como cuando descubres un bar de barrio al que acabas volviendo sin saber muy bien por qué. Aquí pasa algo parecido.