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sobre El Garrobo
Uno de los municipios más pequeños de la provincia puerta de la sierra y rodeado de dehesas
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Los domingos por la mañana, El Garrobo huele a leña y a pan recién hecho. No es una metáfora: es lo que sale de las chimeneas cuando en muchas casas se ponen con las migas mientras el pueblo arranca despacio. Y ahí está un poco la clave de este rincón de la Sierra Norte: El Garrobo no es un pueblo al que “venir a ver cosas”, es más bien un sitio donde te cruzas con la vida diaria.
El Garrobo no es Cazorla
Vale, lo primero: si buscas casas coloniales instagrammables y bares de diseño, mejor girar antes. El Garrobo es más como ese primo que solo ves en Navidad: no tiene grandes historias que contar, pero cuando te sientas con él recuerdas por qué te cae bien.
Aquí viven unos 800 vecinos, hay una calle principal que no es muy larga y un par de bares donde la gente entra y sale todo el día. Eso es.
Dicho así parece poco, pero el sitio engancha. La primera vez que vine fue por error: me había perdido buscando el Castillo de las Guardas y acabé aquí con el depósito del coche ya pidiendo auxilio. De eso hace años. Desde entonces vuelvo de vez en cuando, sobre todo cuando me apetece desconectar un rato. No siempre hay buena cobertura en el centro del pueblo, así que el móvil deja de mandar. Y oye, se agradece.
Lo que hay que ver (y lo que no)
La iglesia de la Concepción es de esas que desde fuera parecen más grandes de lo que luego son. Fachada sencilla, piedra sin demasiadas florituras. Dentro hay un retablo y ese olor a incienso que se queda pegado en las iglesias de pueblo.
A mí me gusta sentarme un rato en un banco y esperar. Siempre acaba entrando alguien: una mujer mayor, un vecino que pasa un momento a encender una vela… Ese tipo de escena que no sale en las guías pero explica mejor el sitio que cualquier cartel.
Después puedes caminar hasta la Fuente de la Estrella. Tiene azulejos antiguos y todavía mantiene ese aire de lugar donde antes se hacía de todo: lavar la ropa, dar de beber a los animales, charlar un rato. Hoy verás más bien ciclistas rellenando la botella o chavales del pueblo sentados en el borde hablando entre ellos.
Caminar sin rumbo por la Sierra Norte
Si vienes a El Garrobo, lo normal es que acabes andando. No hay otra.
Uno de los paseos más sencillos es el que lleva hacia Fuente Abades, entre encinas y jaras. No es una caminata complicada, pero tiene ese silencio de campo que a veces parece que ya no existe. Trae agua, porque por aquí no hay kioscos ni máquinas.
También pasa cerca una etapa del Camino Benedictino, que conecta varios pueblos de la zona siguiendo antiguos caminos. Son trayectos de sube y baja por pistas y senderos donde entiendes rápido por qué antes los desplazamientos eran cosa seria.
Y a pocos kilómetros, por la zona de Venta del Alto, pasa la Vía Verde de la Sierra Norte. Ahí sí verás más movimiento: gente en bici, familias caminando, perros corriendo de un lado a otro. Funciona bien si te apetece algo fácil.
Aun así, lo que más me gusta son los caminos que salen del pueblo casi sin señalizar. Algunos vecinos hablan de tumbas megalíticas en los alrededores, medio escondidas entre la vegetación. No esperes un parque arqueológico ni paneles explicativos: aquí las cosas suelen estar donde siempre han estado.
Comer lo que haya
No voy a venderte una fantasía gastronómica. En El Garrobo a veces se come muy bien y otras veces… pues normal. Como en cualquier pueblo pequeño.
Cuando coincide el día bueno, salen migas serranas con pan asentado, chorizo y huevo frito. Plato serio. De los que te dejan mirando el techo un rato antes de volver a caminar.
También aparece el almorraque, un guiso contundente hecho con mondongo. Es cocina de la de antes, de cuchara y pan al lado.
Y luego están las aceitunas aliñás, que suelen caer con la cerveza: negras, con comino, ajo y pimentón. Empiezas picando una y cuando te das cuenta ya llevas media mesa.
Cuándo venir para entender el pueblo
Mi truco con El Garrobo es sencillo: venir en primavera.
En agosto el pueblo se llena de gente que vuelve unos días y la plaza tiene más ruido del habitual. En invierno la sierra puede ponerse bastante fría. Pero en primavera hay tardes suaves, las encinas están verdes y los caminos huelen a romero cuando lo rozas al pasar.
Plan fácil: llegar el sábado a mediodía, comer algo fuerte, echar una siesta si te dejan, dar un paseo hasta alguna fuente o por los alrededores y cenar tranquilo. El domingo, antes de irte, pasa por la panadería del pueblo y llévate una hogaza.
Luego la dejas en el asiento del coche mientras conduces. Cuando el interior empieza a oler a pan caliente entiendes una cosa: hay lugares que no necesitan hacer mucho para que quieras volver.
El Garrobo es uno de esos. Y si alguien te pregunta qué te llevó hasta allí, puedes decir que te perdiste un poco por la Sierra Norte. No estarás mintiendo demasiado.