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sobre La Puebla de los Infantes
Situada entre la vega y la sierra cuenta con el embalse de José Torán ideal para deportes náuticos
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Las campanas de la iglesia dan las ocho cuando el sol todavía no ha terminado de asomar por la Sierra Morena. En la plaza, el olor a pan recién hecho se mezcla con el de la leña que arde en algunas chimeneas. Es domingo y dentro del bar que hace esquina ya hay gente con el periódico abierto y el café humeando sobre la barra.
Así empieza muchas mañanas el turismo en La Puebla de los Infantes, con esa mezcla de silencio de sierra y vida de pueblo que se despierta despacio.
Desde el mirador del castillo el pueblo se ve entero: tejados de teja árabe, calles que suben y bajan sin demasiado orden y, más allá, la dehesa extendiéndose hacia el norte. Cuando hay humedad, la niebla se queda enredada por el valle del Guadiamar y el embalse de José Torán aparece entre los cerros como una lámina de agua irregular. El lugar se entiende rápido: un alto desde el que se vigila el territorio. Por eso aquí hubo fortificación desde la Edad Media.
El sabor de la dehesa
En La Puebla la cocina tiene mucho de monte cercano. Cuando llegan las lluvias huele a setas; en temporada de caza, a guisos largos de carne de monte. Romero, tomillo y laurel suelen aparecer en las cazuelas, a veces directamente recogidos de los cerros de alrededor.
Todavía es habitual ver piezas de caza en los mostradores de las carnicerías del pueblo cuando la temporada lo permite. Perdiz, jabalí o venado acaban muchas veces en guisos con vino, pimiento seco y especias que cada casa ajusta a su manera. El adobo cambia poco: vinagre, comino, orégano de la sierra y ese punto cálido de canela que en algunas familias sigue presente.
En otoño también se ven coches aparcados junto a los pinares cercanos. Hay quien sale temprano con cesta y navaja buscando boletus y otras setas. Conviene ir con conocimiento o acompañado de alguien que distinga bien lo que recoge.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
En otoño la Virgen de las Huertas baja del cerro en romería y el pueblo cambia de ritmo durante unos días. El camino se llena de romero recién cortado, carros adornados y grupos que suben y bajan entre música y comida compartida. Es una de las celebraciones más arraigadas de la zona.
En agosto llega la feria. Durante esa semana las noches se alargan y la actividad se concentra en las calles del centro. Hay música, casetas y corrillos que se forman alrededor de una mesa o en mitad de la calle. Los mayores suelen quedarse conversando hasta tarde mientras los más jóvenes alargan la madrugada. Algunos años también se organizan sueltas de reses en las calles, algo que atrae bastante gente de los pueblos cercanos.
Si prefieres ver el pueblo con más calma, conviene evitar precisamente esos días.
El camino que sube hacia la ermita
El sendero de gran recorrido GR‑48 pasa por el término municipal y conecta esta zona de la Sierra Morena con otros pueblos de la comarca. Al norte del casco urbano atraviesa dehesas con alcornoques viejos y zonas de monte bajo donde no es raro ver rastros de jabalí.
Para una caminata más corta, mucha gente sube a la ermita de las Huertas al final de la tarde. Son varios kilómetros por pista de tierra rojiza entre pinos y matorral mediterráneo. La ermita es antigua —se suele situar en torno al siglo XV— y el lugar ha tenido ocupación desde mucho antes. En el entorno se han encontrado restos dispersos que apuntan a asentamientos anteriores, aunque no todo está del todo documentado.
Desde allí arriba el embalse de José Torán se abre entre colinas redondeadas. Cuando el sol baja, el agua cambia a un tono cobrizo y el silencio solo lo rompe algún coche lejano o el sonido de los insectos.
El ritmo lento del mediodía
A media mañana la plaza de San Blas suele llenarse de conversación tranquila. Hay quien juega a la petanca, quien sale a comprar el pan y quien se queda apoyado en el banco mirando pasar la mañana. Desde algunos balcones todavía se sacuden alfombras o se riegan macetas.
Al mediodía aparecen los olores de cocina: gazpacho en verano, carne a la brasa o guisos cuando refresca. Después de comer el pueblo se queda bastante callado durante un rato largo.
En invierno conviene venir preparado para el frío. La humedad del valle del Guadiamar a veces trae nieblas que tardan en levantarse. En primavera, en cambio, el aire suele oler a tierra mojada y a azahar de los patios.
Práctico: el castillo se puede recorrer por fuera sin demasiadas restricciones y merece la pena subir por las vistas, aunque los escalones de piedra están muy gastados y resbalan si han cogido humedad. Si te acercas al embalse para bañarte o pasear, la mañana suele ser el momento más tranquilo; por la tarde a veces aparecen motos de agua y el ambiente cambia bastante.