Artículo completo
sobre Alcalá la Real
Importante localidad histórica dominada por la Fortaleza de la Mota; cruce de caminos y culturas con un rico patrimonio monumental
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las ocho de la mañana, cuando la niebla todavía se queda enganchada en las laderas de la Sierra del Potro, el olor del pan recién hecho baja por la cuesta de Santo Domingo. Las persianas metálicas de algunas tiendas se levantan con un estruendo que rebota entre las paredes de piedra de la Fortaleza. Desde arriba, Alcalá la Real se ve como un mosaico irregular de tejados rojizos y calles empinadas que se derraman hacia los olivares.
La piedra que lo vio todo
Subir a la Fortaleza de la Mota es, más que nada, una subida larga y constante. Las piernas lo notan. El camino serpentea cuesta arriba hasta la meseta donde estuvo la antigua ciudad amurallada. Durante siglos fue frontera, primero musulmana y luego castellana, y todavía se percibe en cómo todo aquí está pensado para vigilar el horizonte.
La torre del homenaje, cuadrada y robusta, se recorta contra el cielo. Desde arriba el valle del Velillos se abre en todas direcciones, cubierto por un mar de olivos que cambia de color según la hora del día: gris claro por la mañana, verde oscuro cuando el sol cae de frente.
En uno de los rincones de la fortaleza se conserva un gran aljibe de época islámica. Al bajar por el pasillo estrecho, la temperatura cae de golpe y el sonido de fuera desaparece. El agua de lluvia se acumula en silencio bajo las bóvedas, igual que ha hecho durante siglos.
Conviene subir temprano o a última hora de la tarde. A mediodía, sobre todo en verano, el sol pega con fuerza y apenas hay sombra en el recinto.
Cuando las campanas marcan el ritmo
La iglesia de Santo Domingo de Silos se levanta en el lugar donde hubo una mezquita. Tras la conquista cristiana de la ciudad, a mediados del siglo XIV, se empezó a levantar el templo que hoy ocupa el centro del casco histórico.
Dentro huele a piedra caliente y a cera. Por la tarde, cuando el sol entra bajo, la luz atraviesa el rosetón y cae en el suelo en forma de círculo de color. Los vecinos más mayores suelen mirar ese reflejo con atención: dicen que cuando la luz llega cerca de la pila bautismal, el tiempo cambia.
A unas calles de allí, en la plaza de las Angustias, el antiguo convento franciscano mantiene un ritmo distinto al del resto del pueblo. Todavía viven monjas de clausura. Si llamas al timbre, a veces se abre un pequeño torno de madera desde el interior y aparece una caja de dulces de almendra. La voz llega desde dentro, pero casi nunca ves a la persona que te atiende.
El sabor de las aldeas
El término municipal de Alcalá la Real se extiende por muchas aldeas repartidas entre olivares y sierras bajas. En algunas de ellas todavía se cocina de forma muy parecida a como se hacía cuando el campo marcaba los horarios.
El choto al ajillo aparece a menudo en reuniones familiares y fiestas de pueblo. La carne se corta a cuchillo y se cocina despacio en aceite de oliva de la zona, con ajos machacados y a veces un poco de vino. El olor se queda en la ropa durante horas.
Las migas aquí tienen su propio carácter. Se hacen con pan asentado de varios días, humedecido y trabajado en la sartén hasta que queda suelto. Suelen llevar panceta o chorizo y, cuando es temporada, algo dulce al lado: uvas o melón. Es una comida que muchas veces cae a media mañana, cuando el trabajo del campo ya ha empezado pero aún queda día por delante.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
La Semana Santa de Alcalá la Real se mueve por calles estrechas y con bastante pendiente. Los pasos avanzan despacio porque hay esquinas complicadas y tramos donde apenas cabe la procesión. El sonido que domina es el del tambor marcando el paso.
En algunos recorridos, cuando la noche ya está cerrada, la iluminación es mínima y la escena queda casi solo a la luz de los cirios.
En septiembre llega la feria y, esos días, la actividad se desplaza hacia el recinto ferial en la salida hacia Córdoba. También suele celebrarse una romería vinculada a la Virgen de la Mota, con gente que sube caminando hasta la zona de la fortaleza. El ambiente mezcla tradición y encuentro familiar: grupos que suben juntos, vino compartido y largas paradas a la sombra cuando el calor aprieta.
La hora de la siesta y otros detalles
En primavera el tiempo aquí cambia rápido. Puedes salir con sol y terminar la tarde con una tormenta corta que deja el asfalto oscuro y el olor a tierra mojada flotando entre las calles.
Los martes suele montarse mercado en la plaza de Andalucía. Ese día baja gente de las aldeas cercanas con productos del campo. Si ha llovido días antes, a veces aparecen setas de la sierra y vuelan en poco tiempo.
Agosto tiene dos caras: el calor aprieta y el pueblo se llena de quienes vuelven a pasar unos días con la familia. Las calles están más animadas, pero también más ruidosas. Si buscas un ambiente más tranquilo, junio o principios de otoño suelen ser mejores momentos.
Al atardecer, el mirador del Cerro de la Cruz permite ver cómo la luz cae sobre todo el casco urbano. Las tejas toman un tono cobrizo y el perfil de la Fortaleza de la Mota se oscurece poco a poco contra el cielo. Abajo se oyen los coches que regresan por la carretera de Jaén. Arriba, entre las murallas, solo queda el viento moviendo la hierba entre las piedras.