Artículo completo
sobre Casariche
Conocida por sus impresionantes mosaicos romanos y su pasado vinculado a la ciudad romana de Ventippo
Ocultar artículo Leer artículo completo
La primera vez que oí hablar de Casariche fue en un bar de Estepa, mientras desayunaba unos churros que parecían hechos con aceite de ayer. El camarero, un tío con más canas que camisa, me dijo: «Si quieres ver un pueblo que no está en Instagram, ve a Casariche». Y vaya si tenía razón. A los pocos minutos de llegar, un vecino me paró en la calle para avisarme de que había dejado las luces del coche puestas. Ese tipo de cosas que en una ciudad grande ya ni pasan.
Un pueblo que se toma el bacalao muy en serio
Aquí el bacalao no es un plato suelto del recetario: es parte de la conversación. El encebollado —bacalao desmigado, cebolla bien pochada y un punto de pimienta— aparece en muchas casas. Y si das con alguien hablador, lo normal es que acabe explicándote cómo lo hace su familia.
Luego están las naranjas picas con bacalao, una mezcla que sobre el papel suena rara, como cuando alguien te dice que le echa limón al café. Pero funciona. Salado, ácido, fresco. Tiene sentido si piensas en el campo que rodea el pueblo: olivo por todos lados y huertas donde el cítrico siempre ha estado presente.
Las ruinas romanas que explican el origen del pueblo
Casariche fue la antigua Ventippo, un asentamiento que pasó por manos celtíberas antes de integrarse en el mundo romano. Hoy lo que queda está bastante disperso, pero hay dos sitios que ayudan a entender la historia.
Por un lado, la villa romana de El Alcaparral, que se sitúa varios siglos dentro de la época imperial. Por otro, el llamado mosaico del Juicio de París, cuyo original se conserva en Sevilla. En el pueblo hay una reproducción en el Museo del Mosaico, que sirve para hacerse una idea de la importancia que tuvo el hallazgo.
El museo es pequeño y se recorre rápido. Más que una visita larga, es una parada para poner contexto a lo que hubo aquí hace casi dos mil años.
Cerca también están las canteras romanas del Cerro Bellido. Hoy se usan como zona recreativa con barbacoas. Es curioso pensarlo: donde antes se sacaba piedra para columnas y edificios, ahora la gente pasa el domingo con la familia y una bolsa de carbón.
Febrero y el pueblo lleno de hogueras
La Candelaria, a principios de febrero, es una de esas fiestas que cambian el ambiente del pueblo durante una noche entera. Se encienden hogueras en muchas calles y plazas, alimentadas con restos de poda, sobre todo de olivo.
Si llegas esa tarde lo notas enseguida: humo en el aire, grupos de vecinos alrededor del fuego y niños saltando las brasas cuando ya están bajas. La ropa acaba oliendo a leña durante días, así que conviene ir mentalizado. Forma parte del trato.
El Yeguas, el río que pasa por debajo
El río Yeguas discurre por la parte baja del término, aunque desde el casco urbano casi ni se intuye. Desde hace tiempo se habla de un sendero de ribera que conecte varios tramos junto al río. Algunos sectores ya se pueden recorrer, otros siguen más a medio hacer.
Si te gusta caminar, la alternativa más clara por la zona es la Ruta del Tempranillo. Sigue los pasos del bandolero más famoso de esta parte de Andalucía. No deja de tener su gracia perderse un poco por caminos que, según cuentan, él conocía mejor que nadie.
Consejo de amigo: ven con hambre
Si pasas por Casariche, hazlo con el estómago preparado. Entre pestiños, roscos fritos y platos de cuchara contundentes como el maimones —una sopa espesa de pan, jamón y huevo— es fácil acabar buscando una sombra para la siesta.
El pueblo además se mueve en pequeñas cuestas. Nada dramático, pero suficiente para que después de comer te tomes la subida con calma. Ese momento en el que caminas despacio, escuchas a la gente hablar en la plaza y piensas: bueno, pues aquí se está bastante bien un rato. Y con eso, a veces, ya vale.