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sobre Castillo de Locubín
Pueblo blanco conocido por su producción de cerezas y el nacimiento del río San Juan
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Hay un momento, justo cuando el coche deja atrás Alcalá la Real y te metes por la carretera que serpentea hacia la Sierra Sur, en el que el paisaje empieza a parecerse a esos puzzles enormes que alguien dejó a medias sobre la mesa: olivos alineados, lomas suaves y, en medio, un cerro con casas blancas agarradas a la pendiente. Ese es Castillo de Locubín.
La primera impresión es muy clara: aquí el olivar manda y el pueblo se adapta a lo que hay alrededor.
Un pueblo pequeño que vive mirando al campo
Castillo de Locubín ronda los 3.800 habitantes repartidos en un término bastante grande para lo que aparenta cuando llegas. Eso se nota enseguida: no hay sensación de prisa ni de bullicio constante.
Yo llegué una mañana entre semana y lo que más me llamó la atención fue el silencio. No ese silencio incómodo, sino el de pueblo que está funcionando pero lejos de la calle principal. Luego te das cuenta de que mucha gente está trabajando en el campo o moviéndose entre las pedanías y cortijos del término.
El casco urbano está en pendiente, así que casi cualquier calle termina regalando una vista larga sobre el mar de olivos. De esas que en una ciudad te venderían como “mirador panorámico” y aquí aparecen simplemente porque el pueblo está construido donde está.
La Villeta: lo que queda del castillo
El nombre de Castillo de Locubín hace pensar en una fortaleza enorme dominando el cerro. La realidad es más discreta.
En la zona de La Villeta quedan restos de la antigua fortificación que vigilaba esta parte de la sierra. No esperes torres enteras ni murallas intactas; son más bien fragmentos y trazas que ayudan a imaginar lo que hubo. En muchos pueblos de Andalucía ha pasado lo mismo: durante siglos las piedras del castillo acabaron reutilizadas en casas, corrales o muros.
Aun así, merece la subida. No tanto por lo que queda del castillo, sino por la posición. Desde allí se entiende muy bien por qué ese cerro era un buen lugar para controlar el territorio.
Cuando llegan las cerezas
Si hay algo que se repite cuando hablas con gente de la zona es la cereza. Castillo de Locubín es conocido en la provincia por este cultivo y, cuando llega el final de la primavera, el tema aparece en todas las conversaciones.
Durante esos días el pueblo cambia bastante. Las calles se llenan más de lo habitual y aparecen puestos relacionados con la cereza: fruta fresca, dulces, licores caseros… El ambiente es más movido que el resto del año.
Es de esos momentos en los que un pueblo agrícola enseña lo que produce. Y se nota que aquí la cereza no es un adorno: forma parte de la economía local.
Caminar entre torres de vigilancia
Por los montes que rodean el pueblo se reparten varias atalayas medievales que servían como sistema de vigilancia entre valles. Algunas rutas de senderismo conectan varias de ellas.
Sobre el mapa parece un paseo tranquilo, pero conviene venir preparado. La Sierra Sur tiene cuestas serias y el terreno engaña: lo que desde el pueblo parece una loma suave luego resulta ser una subida larga.
A cambio, las vistas son de las que hacen parar un rato. Desde ciertas zonas se ven otros pueblos blancos de la comarca salpicando el paisaje, separados por kilómetros de olivar.
Lo que se come en las casas de aquí
La cocina de la zona es contundente, muy ligada al campo y al aceite de oliva.
Platos como el potaje de garbanzos con espinacas y bacalao, las migas acompañadas con uvas o las gachas dulces hechas con almendra siguen apareciendo mucho en casas y reuniones familiares. Son recetas de las que nacen para alimentar bien después de una jornada de trabajo en el campo.
No es una cocina complicada, pero tiene esa lógica rural que funciona desde hace generaciones: ingredientes sencillos, aceite bueno y raciones que quitan el frío del invierno o el cansancio de una caminata.
¿Merece la pena parar en Castillo de Locubín?
Depende un poco de lo que busques.
No es un pueblo pensado para pasar tres días seguidos haciendo planes sin parar. Aquí lo que funciona es venir con calma: dar una vuelta por el casco antiguo, subir hacia La Villeta, asomarte a algún mirador natural y entender el paisaje de olivar que domina toda esta parte de Jaén.
Si además coincide con la temporada de cerezas, el ambiente cambia y el pueblo tiene más movimiento.
Mi forma de verlo: Castillo de Locubín encaja bien en una ruta por la Sierra Sur de Jaén. Paras unas horas, caminas un poco por el monte, comes algo contundente y sigues carretera. Y cuando vuelves a ver el mar de olivos desde arriba, entiendes por qué los pueblos de esta sierra están justo donde están.