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sobre Estepa
Ciudad del mantecado y polvorón coronada por un cerro con castillo y mirador sobre la campiña
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Las campanas de la Torre del Homenaje dan las ocho cuando el olor a manteca y almendra recién horneada empieza a bajar por la cuesta de San Sebastián. Es diciembre, pero en Estepa el frío no huele a humedad sino a azúcar glas y canela. Las mujeres del obrador de la esquina cruzan la plaza con el delantal aún puesto, comprando el pan de cada día mientras los turmeros —así llaman aquí a los que hacen polvorones— terminan de sellar los últimos paquetes de cartón dorado. Cuesta imaginar que en esta misma colina, a unos 600 metros de altura, hubo torres defensivas desde las que los almohades vigilaban la frontera.
El tiempo de los hornos
La producción navideña de Estepa no es folclore: es la economía que mantiene a medio pueblo. Desde octubre hasta Reyes, los hornos trabajan a turnos. El aire de la calle Tiendas huele a manteca derretida a cualquier hora. Si te acercas al torno del Convento de Santa Clara —ese hueco de madera oscura donde las monjas pasan los dulces sin verse— se entiende rápido que aquí el mantecado no es solo un postre. Forma parte del oficio del pueblo desde hace siglos.
A menudo se cuenta que una hermana clarisa mezcló manteca de cerdo, azúcar y harina en el siglo XVI y que de ahí salió el primer mantecado tal como se conoce hoy. La historia circula mucho por aquí, aunque es difícil saber cuánto tiene de leyenda.
Comprar polvorones en Estepa es fácil. Encontrar los que salen de cocinas pequeñas requiere preguntar. Todavía hay casas particulares que abren el garaje un par de horas al día durante la campaña. No suelen tener cartel. Se reconocen porque huele a almendra tostada desde la acera.
La colina que mira a dos mares
Subir al Cerro de San Cristóbal tiene sentido cuando el pueblo se queda en silencio. Entre las dos y las cuatro de la tarde, muchas persianas bajan y apenas pasa nadie por las cuestas. Solo el viento y algún gato cruzando la calle.
Desde arriba se ve el olivar ondulando hasta perderse en el horizonte. En los días muy despejados hay quien dice que se alcanza a distinguir la costa de Málaga. No siempre ocurre, pero sí se ve cómo la luz cambia el color de los campos: del verde aceituna al gris plomo según pasan las nubes.
La Torre de la Victoria —ese cilindro macizo que aquí llaman simplemente “la torre”— se levantó en el siglo XVIII sobre estructuras anteriores que ya vigilaban este cerro. Durante siglos fue un punto de control del territorio. Hoy es más bien un lugar donde la gente sube a sentarse un rato cuando cae la tarde.
La última vez coincidí con una pareja mayor que traía un termo de café. Nos apoyamos en el muro sin hablar mucho. Cuando el sol se escondió detrás del mar de olivos, ella dijo: “Todos los días es distinto”. Su marido asintió. Bajamos en silencio por la cuesta.
El sabor del invierno
La olla estepeña rara vez aparece en guías, pero en muchas casas se cocina los domingos de invierno. Es un guiso de garbanzos con carne de cerdo que se come temprano, antes de que el plato se enfríe.
En los bares, si preguntas por salmorejo, suele llegar más espeso que en Sevilla, casi para untar. Lleva más ajo y menos tomate. El pan acompaña bien: miga densa, corteza gruesa. Se desmigaja con los dedos mientras esperas.
El invierno suele sentarle bien al pueblo. En verano el calor se queda atrapado entre los muros de cal y las calles se vacían a mitad del día. En cambio, enero trae una luz limpia que deja ver mejor los colores de las fachadas —ocres, bermellones, amarillos apagados— y todavía quedan mantecados en muchas casas.
La Semana que dura nueve días
La Semana Santa estepeña arranca el Domingo de Ramos con la Borriquita y se alarga hasta el siguiente domingo. Nueve cofradías, nueve procesiones repartidas en esos días.
En las calles estrechas del casco antiguo —una red de cuestas donde el coche entra con dificultad— los nazarenos pasan rozando los muros encalados. El silencio se rompe con el tambor y con el crujido de la cera caliente cayendo al suelo. El olor a cera y a jazmín se queda en la ropa durante horas.
Si vienes en abril, es posible que coincidas con la romería de San Marcos, que tradicionalmente se celebra en torno al 25. Muy temprano, los carros salen hacia el campo. Las mantas bordadas se colocan sobre la hierba y las botellas de vino blanco pasan de mano en mano. No hay demasiado protocolo: la costumbre es encontrarse donde siempre, bajo los pinos, y compartir comida.
Cómo perderse bien
La Ruta del Manantial de Roya empieza prácticamente donde termina el pueblo. Son unos tres kilómetros de sendero entre olivos viejos y restos de antiguos molinos de agua. El manantial brota directamente de la roca y forma pequeños charcos donde a veces se ven mirlos acuáticos moviéndose rápido entre las piedras.
En otoño, con los olivos cargados de aceituna, el suelo huele a hierba rota y a tierra húmeda. Conviene llevar agua porque no hay fuentes en el camino.
Por Estepa también pasa el llamado Camino de Santiago de la Frontera, una ruta que enlaza pueblos que durante siglos estuvieron en la línea entre territorios cristianos y musulmanes. Las señales son discretas y es fácil pasar de largo si no sabes que está ahí. En la oficina de turismo suelen tener algún folleto sencillo con el recorrido.
Cuando bajes del cerro y vuelvas a cruzar la plaza, el olor a manteca y almendra seguirá en el aire. Estepa funciona así: primero el olor, luego el recuerdo. Y más tarde, en otro sitio cualquiera, al abrir un polvorón, es fácil que vuelva esa imagen de la mañana fría y las cuestas del pueblo todavía medio en silencio.