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sobre Gilena
Localidad de la Sierra Sur con importantes restos arqueológicos calcolíticos y un entorno de manantiales
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Hay un momento, justo cuando sales de la A‑92 y te metes por la carretera local, en el que el GPS empieza a dudar. “Gire a la izquierda”, dice, pero a la izquierda hay un olivar. “Tome el segundo cruce”, pero el segundo cruce es un camino de tierra que parece llevar directamente al siglo XIX. Ese suele ser el primer contacto con el turismo en Gilena: un pueblo que no está perdido, pero al que casi nadie llega por accidente.
El pueblo que nació de un manantial
Gilena es como esos amigos que conoces en la facultad: no llaman mucho la atención al principio, pero luego resulta que tienen una historia curiosa detrás. Empezó siendo un cortijo dependiente de Estepa en el siglo XVI, con apenas unas decenas de vecinos que seguramente pensaban que vivían en el centro del mundo. Y, visto lo visto, no iban tan desencaminados: el manantial del Ojo de Gilena movía varios molinos, que en aquella época era algo así como tener media economía del lugar funcionando gracias al agua.
Hoy el pueblo ronda los 3.600 habitantes. No es grande, pero tampoco ese sitio donde entras y todo el mundo se gira a mirarte. Aquí se vive con bastante normalidad… y se come bien, que al final también dice mucho de un sitio.
El gazpacho, por ejemplo, no tiene nada que ver con el que aparece en muchas cartas de costa. Aquí suele ser espeso, con tropezones y servido en un cuenco que parece pequeño hasta que llevas tres cucharadas. Las habas con jamón son otro clásico de la zona: habas grandes, de huerta cercana cuando es temporada, y jamón del que se corta en la cocina, no del que sale de un sobre.
Cuando el pueblo se vacía (y se llena)
He pasado por Gilena un par de veces. La primera fue un sábado de febrero. Paseé por la calle Real, me tomé un café y estuve un rato viendo la vida pasar. Tranquilo, muy tranquilo. De esos días en los que piensas: “igual he venido en el momento más aburrido del calendario”.
La segunda vez coincidí con la romería de la Virgen de la Salud. Y entonces entendí el ritmo del sitio.
El pueblo se queda medio vacío, sí, pero porque buena parte de la gente se va hacia la ermita, que está a unos tres kilómetros. Carromatos, caballos, familias enteras pasando el día fuera, música, comida que aparece de todas partes… El ambiente recuerda un poco a cuando en tu barrio montaban las fiestas y todo el mundo acababa en la misma calle, solo que aquí ocurre en el campo.
Si te cruzas con esa romería, entiendes rápido por qué es una de las fechas más esperadas del año.
Las rutas que no aparecen en las guías
Voy a ser claro: las rutas de Gilena no son de esas que llenan Instagram. Son más bien caminos que usa la gente del pueblo para andar, salir en bici o estirar las piernas un domingo por la mañana.
La zona de la Sierra del Becerro tiene algunos puntos desde los que se abre bastante el paisaje. Desde arriba se ve el valle y ese mar de olivares que ocupa media provincia. No es un mirador espectacular, pero te coloca bien en el mapa: entiendes dónde estás.
También hay un recorrido que pasa por las llamadas termas romanas. El paseo ronda los cinco kilómetros y termina en unos restos que, a primera vista, parecen solo piedras sueltas. Cuando alguien del pueblo te explica que ahí hubo unos baños romanos hace casi dos mil años, la cosa cambia un poco. De repente miras el sitio con otros ojos.
El pintor que se fue y volvió
En la plaza hay un busto de Francisco Maireles Vela. Yo, antes de ir, tampoco lo conocía.
Fue uno de los pintores religiosos sevillanos más conocidos del siglo XX. Pasó buena parte de su vida fuera, trabajando sobre todo en Sevilla, y acabó regresando a Gilena en sus últimos años.
Siempre me hace gracia pensar en eso: alguien que ha vivido en ciudades más grandes y decide volver aquí. Supongo que el pueblo tiene ese tipo de tirón silencioso que solo entiende quien ha crecido cerca.
Cómo (y cuándo) pasar por Gilena
No voy a venderte Gilena como una parada obligatoria en Andalucía. No funciona así. Pero si vas por la A‑92 y tienes curiosidad, desviarte un rato tiene sentido.
Una vuelta por la calle Real te enseña rápido cómo es el pueblo. La iglesia de la Inmaculada suele ser el edificio que más llama la atención en el centro. Y si entras en algún bar del pueblo a comer algo, lo normal es encontrarte platos bastante caseros y sin muchas florituras.
Primavera suele ser buena época: los olivares están verdes y todavía no aprieta el calor. Y si coincide con alguna fiesta o romería, el ambiente cambia bastante.
Gilena me recuerda a esos discos que te pasa alguien de confianza y te dice: “escúchalo con calma”. No es el más famoso ni el más espectacular. Pero cuando lo escuchas sin prisa, descubres que tiene algo propio. Y eso, hoy en día, ya es bastante.