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sobre Herrera
Municipio situado en un cruce de caminos geográfico con termas romanas y tradición olivarera
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El olor a pan recién hecho te golpea al bajar del coche, justo cuando el sol empieza a calentar los ladrillos de la plaza. Son las nueve de la mañana y el turismo en Herrera empieza casi siempre así: con el pueblo arrancando despacio, como si todavía estuviera estirándose después de dormir.
Las persianas de las casas se levantan sin prisa. Un hombre cruza la calle con el periódico bajo el brazo y un gorro de lana puesto, aunque el aire ya es templado. En la panadería alguien deja la puerta abierta y el olor dulce de la masa se mezcla con el de los primeros cafés. A esa hora todavía se oye cada paso sobre el pavimento.
La luz que atraviesa siglos
Desde el atrio de la iglesia de Santiago el Mayor la Campiña se abre en ondas de trigo y olivares. En días claros la luz cae casi horizontal sobre los campos y las hojas de los olivos devuelven destellos plateados que se mueven con el viento.
La torre de la iglesia domina el perfil del pueblo desde hace siglos. Dentro, el retablo dorado queda medio escondido en una penumbra que huele a cera y madera antigua. A veces hay alguien limpiando o barriendo con calma, y el sonido de la escoba contra el suelo rebota en las paredes como si la iglesia fuera más grande de lo que parece.
No es un templo monumental. Más bien tiene una escala doméstica: naves proporcionadas, pilares gruesos, hornacinas sencillas. Afuera, el sol dibuja sombras duras sobre la plaza de Santiago. Los bancos de piedra guardan todavía el frío de la noche y algún gato suele ocupar el lugar más tibio.
Entre los mosaicos del pasado
A unos minutos andando del centro está el conjunto termal romano que apareció aquí hace décadas entre tierras de labor. El lugar queda algo apartado, rodeado de campos y de árboles que dan sombra irregular sobre los muros bajos.
Las termas conservan parte de sus pavimentos de mosaico, con teselas negras y blancas formando dibujos geométricos. Si te agachas y acercas la mano, las piedras acumulan un calor lento, distinto al del asfalto del pueblo. Es fácil imaginar el vapor y el ruido de agua que debió de haber aquí cuando aquello funcionaba.
Hoy el ambiente es mucho más silencioso. Golondrinas entrando y saliendo bajo alguna cornisa, el zumbido de los insectos en verano y, de fondo, el motor de un tractor trabajando en las parcelas cercanas. Conviene venir a primera hora o al caer la tarde: al mediodía el sol cae de lleno y apenas hay sombra.
Cuando el campo se viste de fiesta
A finales de abril, alrededor de San Marcos, el ambiente cambia bastante. Durante esos días el pueblo recibe a mucha gente que vuelve para pasar la jornada con la familia. Las calles se llenan de coches aparcados donde cabe uno más y el olor dominante deja de ser el del pan para convertirse en romero, brasas y comida hecha al aire libre.
En la plaza del Ayuntamiento suele haber música, niños corriendo de un lado a otro y grupos que se encuentran después de meses sin verse. Los mayores comentan cómo eran estas reuniones hace décadas, cuando casi todo el mundo vivía aquí todo el año.
Al caer la noche el aire se enfría un poco, aunque el suelo aún guarda el calor del día. Entonces aparecen los churros, el humo de la pólvora y ese murmullo continuo que tienen los pueblos cuando todo el mundo está en la calle.
La hora de los bancos y las sombras
Después de comer llega el momento más lento del día. Muchas persianas vuelven a bajar y las calles se quedan casi vacías. Solo se oyen algunas televisiones detrás de las ventanas y el golpe seco de una puerta que se cierra.
Caminar por Herrera a esa hora tiene algo de pausa obligada. Los perros buscan la sombra de los bancos, alguna bicicleta cruza la calle principal y desde una ventana abierta sale olor a sofrito o a jabón.
Si vienes en verano, evita pasear entre las tres y las seis de la tarde. El calor se queda atrapado entre las fachadas y el aire apenas se mueve.
Cómo llegar y cuándo venir
Herrera está en la Sierra Sur de Sevilla, en una zona de campiña abierta donde las carreteras atraviesan campos de cereal y olivares. La mayoría de la gente llega en coche desde la autovía cercana y luego se mueve andando por el centro sin problema.
La primavera suele ser el momento más agradecido: los campos todavía están verdes y el viento mueve el trigo como si fueran olas. En otoño el paisaje cambia de tono y los olivares adquieren ese brillo grisáceo que aparece cuando la luz cae más baja.
En agosto se celebra la feria local y el pueblo se llena bastante por las noches. Si buscas tranquilidad, mejor venir en otro momento o madrugar.
Cuando te marches, al incorporarte a la carretera, el pueblo queda atrás muy rápido: la torre de la iglesia, algunas naves agrícolas y luego otra vez campo abierto. Herrera no intenta llamar la atención. Está ahí, con su ritmo lento y sus mañanas que huelen a pan caliente. Y a veces eso es todo lo que hace falta para recordarlo.