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sobre Martín de la Jara
Pueblo agrícola en el límite con Málaga rodeado de paisajes de olivar y la laguna del Gosque
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A eso de las seis de la tarde, en primavera, la luz entra entre los olivos con un brillo verdoso que se cuela por los caminos de tierra. Desde el cerro que hay antes de entrar al pueblo, Martín de la Jara aparece compacto, blanco, con el campanario sobresaliendo por encima de los tejados. El aire suele traer olor a tierra removida y, a veces, a pan de horno cercano. En la plaza se oye el golpe de una persiana, alguna conversación desde un balcón. Cosas pequeñas que indican que el día todavía no ha terminado.
El turismo en Martín de la Jara tiene más que ver con ese ritmo que con una lista de monumentos. Aquí lo que manda es el campo que rodea el pueblo y el calendario del olivar.
El tiempo se mide en cosechas
En este rincón de la Sierra Sur sevillana hay más olivos que gente. Martín de la Jara ronda los dos mil seiscientos habitantes y muchos de ellos trabajan, directa o indirectamente, con el campo. Cuando llega la primavera se nota en seguida: los tractores empiezan a cruzar el pueblo temprano y en algunas calles aparece el olor dulce de las acacias.
Las casas encaladas reflejan mucho la luz. A media tarde el blanco ya no es blanco del todo, tira hacia un tono crema que el sol va dorando poco a poco.
La iglesia parroquial se levanta en el centro del pueblo. Su torre de ladrillo es lo primero que se distingue cuando uno se acerca por carretera desde la autovía. Dentro hay varias imágenes de devoción local que siguen reuniendo a bastante gente los domingos y en las fiestas religiosas del calendario.
Cuando el cante se mezcla con el olivo
A finales de julio suele celebrarse un festival dedicado al cante jondo que desde hace décadas atrae a aficionados de la zona. No es un evento masivo. Más bien se parece a esas noches de verano en las que el pueblo entero parece reunirse en el mismo sitio.
Se montan sillas de plástico, algún escenario sencillo y, cuando cae la noche, empiezan las guitarras. Entre canción y canción se oye el murmullo de la gente hablando bajo, el tintinear de vasos, el perfume de los jazmines que muchos vecinos tienen trepando por las paredes de los patios.
Suelen venir peñas flamencas de pueblos cercanos de Sevilla y también de la provincia de Málaga. Los que saben de esto siguen el compás con las palmas sin levantar mucho la voz. A esas horas el aire ya corre algo y la noche se alarga más de lo previsto.
La laguna que cambia con las estaciones
A unos pocos kilómetros del casco urbano está la Laguna del Gosque, una de las grandes lagunas salinas del interior de Andalucía. El paisaje cambia bastante según la época del año. En invierno el agua ocupa casi toda la cubeta y el color se vuelve grisáceo cuando el cielo está cerrado. En primavera, si el nivel aguanta, aparece un azul intenso que contrasta con los bordes blanquecinos de sal.
Es un lugar tranquilo, con aves acuáticas que van y vienen según la temporada. Conviene acercarse temprano o al atardecer, cuando la luz baja y el viento suele amainar.
La laguna también tiene relación con una romería dedicada a la Virgen del Carmen que el pueblo celebra cada verano. Los vecinos se desplazan hasta allí con comida y pasan el día bajo la sombra escasa de los árboles que crecen en los bordes. No es una romería muy grande, pero sí muy local.
Sabores de cocina de casa
Los platos más conocidos aquí salen de recetas de siempre. El almorraque aparece a menudo cuando hay reuniones familiares o días de campo. Lleva tomate, pimiento y carne, y se cocina despacio hasta que el guiso queda espeso.
También se prepara una porra que muchos en el pueblo llaman jareña. Es más densa que el gazpacho y se suele servir bien fría, con trozos pequeños de jamón o huevo por encima.
En algunas fiestas y ferias aparecen los buñuelos, que se fríen en aceite muy caliente y se comen recién hechos. El chocolate espeso llega después, cuando la masa aún está templada.
Cuándo venir y cuándo no
Abril y mayo suelen ser los meses más agradables para pasear por Martín de la Jara. El campo todavía conserva algo de verde y las tardes permiten caminar sin el calor fuerte del verano. A esa hora la plaza se llena de gente que sale a tomar el aire y a charlar un rato.
En agosto la historia cambia. El calor aprieta y buena parte de la actividad se concentra temprano por la mañana o ya al caer el sol. A mediodía las calles se quedan casi vacías y muchas ventanas permanecen cerradas para mantener la casa fresca.
Conviene venir con esa idea: esto es un pueblo pequeño, con servicios básicos y vida tranquila. Hay alojamientos rurales en los alrededores y varios bares donde siempre hay alguien en la barra comentando cómo viene la cosecha o si este año lloverá lo suficiente.
Antes de marcharte, al salir hacia la autovía, mira un momento atrás. El campanario queda sobresaliendo entre el mar de olivos y, cuando el sol empieza a caer, todo el paisaje toma ese color seco y dorado que es muy de esta parte de Sevilla. Si has pasado un rato caminando por el campo, probablemente te lleves en la ropa ese olor a tierra caliente y a hoja de olivo. Aquí tarda bastante en irse.