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sobre Montellano
Situado en la falda de la Sierra de San Pablo ofrece vistas espectaculares y un entorno ideal para el deporte
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A las nueve de la mañana, el sol ya calienta los muros del Castillo de Cote. Desde aquí arriba, el olivar se extiende en olas verdes plateadas hasta donde alcanza la vista. El aire huele a tierra caliente y a romero si lo rozas con la mano al pasar. Abajo, en el pueblo, alguna campana marca la hora con calma, como si la mañana todavía estuviera empezando.
La torre que no era redonda
El Castillo de Cote se levantó para vigilar una frontera que hoy solo existe en los libros: la que separaba los territorios cristianos del reino nazarí. Alfonso X ordenó construirlo a finales del siglo XIII con una forma poco común: sus cuatro torres no son cilíndricas, sino absideadas, como si alguien hubiera mezclado una fortaleza con una iglesia. Muchos estudiosos lo citan como uno de los pocos ejemplos de torre tetrabsidal en la península.
Subir desde el aparcamiento cercano al polideportivo son algo más de dos kilómetros. El sendero es sencillo al principio, pero la última rampa tiene piedra suelta y conviene tomársela con calma. Merece la pena llegar temprano, cuando la luz todavía es clara y el horizonte se abre: Osuna al fondo con su mancha blanca, El Saucejo entre pinares, y en días muy limpios la silueta del Castillo de las Aguzaderas recortada en la distancia.
El interior del castillo lleva tiempo cerrado por seguridad. Aun así, rodear el perímetro y asomarse a los miradores naturales de la loma ayuda a entender por qué esta ruina sigue siendo una referencia para todo el término.
Hornos que olían a tiempo quemado
Durante mucho tiempo, Montellano vivió también de la cal. En los alrededores todavía quedan caleras —hornos de piedra donde se cocía la roca caliza hasta convertirla en polvo blanco— que luego servía para encalar casas y levantar muros. Algunas aparecen medio escondidas junto a antiguos cortijos o a pie de camino.
Cuando llueve, dicen los vecinos mayores, aún se percibe un olor leve a cal apagada y a humo antiguo alrededor de algunas de estas construcciones.
El casco urbano mantiene esa mezcla de pueblo que ha cambiado despacio. Calles estrechas, fachadas lisas, persianas medio bajadas a la hora de la siesta. En la plaza central sigue en pie el kiosco de música; hace tiempo que no se escuchan bandas allí, pero el hierro y el techo octogonal siguen marcando el centro de la vida del pueblo.
Cuando la sierra se llena de olor a romero
La Sierra de San Pablo se levanta al norte como una pared verde que corta el viento. Son varias centenas de hectáreas de encinas, chaparros y quejigos donde en primavera el aire se mezcla con el olor del romero y del tomillo.
Hay un recorrido circular que ronda los seis kilómetros y pasa por varios miradores naturales. No es un camino exigente, pero tiene algo que hace que avances despacio: cada curva abre otra vista del valle. Desde la zona conocida como la Cruz del Campanario el término municipal se ve entero, dividido en parcelas de olivo que cambian de color según la luz del día. De vez en cuando aparece un trigal dorado que rompe la monotonía del verde grisáceo.
Conviene llevar agua. En el recorrido apenas hay servicios, más allá de una zona recreativa al inicio con mesas de piedra. Los fines de semana suele haber familias de pueblos cercanos pasando el día. Entre semana el silencio es mucho más completo; a ratos solo se oyen los cencerros de alguna cabra y el viento moviendo las encinas.
Caldereta y pestiños: lo que se cuece en las casas
En Montellano la cocina sigue muy pegada al campo. La caldereta de cordero, preparada con tomate, pimiento y un toque de comino, aparece a menudo en reuniones familiares o en días señalados. Se come con pan de miga prieta que acaba empapado en la salsa.
En invierno todavía se prepara sopa de tomate con huevo, que se cuaja directamente en el caldo caliente. Es de esos platos sencillos que huelen a cocina encendida desde primera hora.
Los pestiños llegan sobre todo en Semana Santa. Se fríen en aceite de oliva y se bañan en miel. En muchas casas se siguen preparando en bandejas grandes que pasan de una familia a otra: hoy haces tú, mañana tu vecina.
Mayo en el campo
A mediados de mayo el pueblo cambia de escenario y se va al campo con la romería de San Isidro. Carromatos, caballos, trajes guardados todo el año y mucha comida compartida bajo lonas y toldos. El lugar de reunión suele ser el paraje de Los Cepos, donde el arroyo todavía lleva algo de agua en primavera.
Ese día el acceso se regula y lo habitual es dejar el coche en las zonas habilitadas a la entrada del pueblo o en áreas cercanas. A partir de ahí, mucha gente continúa andando o utiliza los transportes que se organizan para acercarse al campo.
Si te acercas con respeto, no tardas en acabar sentado en alguna mesa larga. Aquí las romerías todavía funcionan así: alguien pregunta “¿te quedas a comer?” y el plato aparece sin demasiadas ceremonias.
Cómo llegar y cuándo venir
Montellano está aproximadamente a una hora de Sevilla por la A‑92. El último tramo discurre por carretera comarcal entre campos de cultivo; no es raro encontrarse maquinaria agrícola ocupando parte del carril, así que conviene conducir sin prisa.
La primavera suele ser el momento más agradecido para recorrer la zona: los olivos están en flor y la sierra tiene un verde más vivo. El otoño también funciona bien para caminar.
En pleno verano el calor aprieta fuerte en esta parte de la campiña. A mediodía las calles se vacían y la vida se concentra en interiores y sombras. Si vienes en esos meses, mejor moverse temprano por la mañana o al caer la tarde.
Montellano no es un lugar de prisas. Funciona mejor cuando se llega despacio, se deja el coche aparcado y se camina un rato sin mirar el reloj.