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sobre Pedrera
Conocida por sus canteras de piedra y la Sierra de la Cruz con tradición en la elaboración de aceite
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El carnaval de Pedrera es como esa fiesta de pueblo en la que tu abuela acaba bailando a las cuatro de la madrugada y nadie se sorprende de que el vecino aparezca con un disfraz hecho con lo primero que ha pillado por casa. Pasé allí un fin de semana de febrero y me fui con la camisa llena de serpentina y el estómago con más mosto del que pensaba beber. De ese mosto joven que sabe a uva de verdad, como si la vendimia hubiera sido anteayer.
El pueblo que no necesita filtros
Hablar de turismo en Pedrera es asumir desde el principio que aquí no vienes a buscar montañas espectaculares ni paisajes de calendario. El paisaje es el de la Sierra Sur sevillana: un mar de olivos que se estira hasta donde alcanza la vista y, en medio, el pueblo blanco subiendo y bajando cuestas.
El truco está precisamente en esas cuestas. Subes por una calle cualquiera y de repente tienes el pueblo entero a los pies. Me recordó a cuando subes a la azotea de casa de un amigo y descubres que el barrio parece otro desde arriba.
En la parte alta aparece la iglesia de San Sebastián, con la torre asomando por encima de los tejados. El templo es antiguo y dentro conserva varios retablos y esculturas que forman parte de la devoción del pueblo desde hace generaciones. No hace falta ser muy de iglesias para notar que ahí han pasado muchas cosas: bodas, bautizos, despedidas… la vida entera, básicamente.
Los viernes que huelen a incienso
Si coincides con la Semana Santa, el ambiente cambia bastante. No es una celebración enorme como en las capitales andaluzas, pero precisamente por eso se vive de otra manera.
Las procesiones pasan por calles muy estrechas y a veces parece que los pasos entran por centímetros. La gente se arrima a las paredes, los niños miran subidos a sillas plegables y el aire mezcla incienso con ese olor limpio de jabón que sale de las casas recién fregadas.
Entre una salida y otra el pueblo se queda medio en pausa. Hay bares abiertos, claro, pero el ritmo lo marca la procesión. Es ese tipo de días en los que todo gira alrededor de lo mismo y nadie parece tener prisa.
El Cristo que llegó de lejos
En la ermita del Santo Cristo de la Sangre se guarda una de las imágenes más queridas del pueblo. A ese Cristo mucha gente lo llama directamente “el Señor de Pedrera”.
Alrededor de la imagen circula una historia curiosa: según la tradición popular habría llegado desde América hace siglos, y algunos incluso cuentan que en su interior se ocultaron antiguos ídolos indígenas. Es una de esas historias que en los pueblos se transmiten de generación en generación y que nadie termina de confirmar ni de desmentir.
La ermita es pequeña, más recogida que solemne. Tiene ese silencio típico de los lugares donde la gente lleva mucho tiempo entrando a pedir ayuda o a dar las gracias. En las paredes se ven exvotos y pequeños recuerdos de promesas cumplidas: objetos sencillos que cuentan más de lo que parece.
Caminar por los alrededores
Si te gusta salir a andar un rato, alrededor de Pedrera hay campo de sobra. La zona de la Sierra de la Cruz queda cerca y muchos vecinos la usan para pasear o salir en bicicleta.
No esperes senderos señalizados como en un parque natural grande. Aquí lo normal es tirar por caminos agrícolas, pistas de tierra o veredas que usan los agricultores. A veces aparece una fuente, un cortijo medio abandonado o simplemente una buena vista del mar de olivos.
Mi consejo en estos casos es el de siempre en los pueblos: pregunta. En la plaza o en cualquier tienda siempre hay alguien que te explica por dónde subir o hacia dónde queda tal fuente o tal cerro. Y cada uno te dará una versión distinta del camino.
El mosto que engaña
En Pedrera no vas a encontrar una lista interminable de platos con nombre raro. La cocina es la que se espera en un pueblo de interior andaluz: guisos de cuchara, frituras, comida de casa.
Pero el mosto merece mención aparte. Cuando es temporada lo sirven en vasos de los de toda la vida, y entra demasiado fácil. Tú piensas que “solo es mosto”, pero después de un par de vasos empiezas a notar que las cuestas del pueblo son un poco más largas que antes.
Si me preguntas cómo organizar la visita, yo lo haría sencillo: venir en coche desde Sevilla, pasar unas horas paseando por el centro, subir hasta la iglesia, dar una vuelta por las calles que bajan hacia la parte baja del pueblo y sentarte un rato a tomar algo.
Pedrera no es un sitio enorme ni necesita un fin de semana entero para entenderlo. En una mañana tranquila te haces una buena idea. Y a veces eso es justo lo que apetece: un pueblo que no intenta impresionar a nadie y que sigue funcionando a su ritmo.