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sobre Pruna
Alberga el punto más alto de la provincia (El Terril) y el Castillo de Hierro en un entorno montañoso
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás el último olivar y el coche empieza a escalar la cuesta, en el que Pruna aparece como un castillo de juguete encaramado a la sierra. Es como cuando de niño ponías los Playmobil en el mueble más alto: ahí está, pegado al cielo, mirando todo lo que viene desde Sevilla. Así empieza casi siempre el turismo en Pruna, con esa sensación de que el pueblo se ha colocado ahí arriba para vigilar el campo.
La Atalaya que no esperas
A Pruna a veces la llaman “la atalaya de Sevilla”. Cuando llegas entiendes por qué. El pueblo está alto, muy alto para lo que es la provincia, y las calles parecen dibujadas con prisa: cuestas, giros raros, tramos de escalones que te obligan a caminar despacio.
El caso es que Pruna no entra por los ojos como otros pueblos blancos más conocidos. No tiene ese aspecto pulido que ves en algunos sitios de Cádiz o Málaga. Aquí todo es más directo. Casas encaladas, calles estrechas, vecinos que se paran a hablar en mitad de la plaza.
Tiene más de pueblo vivido que de decorado.
Y luego está la historia. En la parte alta quedan restos de una fortaleza de época andalusí que vigilaba esta zona de la sierra. No es difícil imaginar por qué se construyó aquí: desde arriba se controla medio paisaje.
El castillo y la subida que se gana las vistas
El llamado Castillo de Hierro se levanta sobre el cerro que domina el pueblo. Lo que queda hoy son muros, trazas de torres y ese tipo de ruina que obliga a imaginar un poco.
Aun así merece la subida. Primero porque el camino ya te regala buenas vistas del casco urbano, con las casas blancas desparramadas por la ladera. Y segundo porque arriba el horizonte se abre de verdad. Olivares, sierras cercanas y ese silencio de montaña baja que tiene esta parte de Sevilla.
En la zona también se practica una vía ferrata que atrae a gente que viene con arnés y casco. Aunque no te metas en eso, solo subir hasta el castillo ya cambia bastante la perspectiva del lugar.
Bajando de nuevo al pueblo te cruzas con la Calle Escalones, que hace honor a su nombre. Es una de esas calles que te recuerdan que aquí el urbanismo se resolvía con lo que había: piedra, pendiente y paciencia.
Lo que se come aquí sabe a sierra
La cocina de Pruna es bastante clara en sus intenciones. Nada de platos pensados para fotos.
El aceite de oliva manda. Se nota en todo. En el pan tostado por la mañana, en los guisos y en las chacinas de la zona. También aparecen platos de cuchara que tienen más lógica en invierno, cuando el aire de la sierra aprieta.
El cocido serrano es uno de esos platos que te deja sin prisa el resto del día. Garbanzos, carne de la matanza y verduras. De los que piden siesta después.
Y luego están los dulces de siempre: pestiños, roscos de vino y cosas que suelen aparecer en fiestas o reuniones familiares. No tienen mucho misterio, pero cuando están bien hechos cuesta parar.
El Terril, el techo de la provincia
Cerca de Pruna está el Terril, el punto más alto de la provincia de Sevilla. Dicho así parece una excursión sencilla, pero la subida tiene su cosa.
El camino atraviesa zonas de monte bajo y antiguas áreas de cultivo. No es alpinismo, pero tampoco es un paseo corto. Cuando llegas arriba entiendes por qué mucha gente se anima.
Desde la cumbre el paisaje se abre en todas direcciones. Los pueblos se ven pequeños, como manchas blancas, y los olivares forman un tapiz que llega hasta donde alcanza la vista.
Luego está la bajada, que suele recordarte que las piernas también cuentan en estas rutas.
Un pueblo que sigue a su ritmo
Pruna no intenta impresionar a nadie. Es más bien de esos sitios donde la vida diaria manda sobre el turismo.
En la plaza principal hay un monumento al emigrante, una figura con maleta que recuerda a la gente que se marchó a trabajar fuera durante décadas. Ese detalle explica bastante del carácter del pueblo.
A lo largo del año hay fiestas y romerías que mueven mucho a los vecinos. En esos días el ambiente cambia: más gente en la calle, música, familias enteras en el campo o en el recinto ferial. No es un espectáculo montado para visitantes. Es simplemente el pueblo celebrando lo suyo.
Si vas, tómalo con calma. Pasea sin rumbo por las calles que suben hacia el castillo, siéntate un rato en la plaza y mira cómo va el día.
Pruna funciona así. Sin prisa y sin demasiadas explicaciones. Y a veces eso es justo lo que apetece encontrar en la sierra.