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sobre Encinas Reales
Municipio de transición entre la campiña y la sierra con una ermita barroca muy venerada y un ambiente tranquilo típico de los pueblos del sur cordobés
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Encinas Reales es como ese primo del pueblo que solo ves en bodas y bautizos: no es el más guapo de la familia, pero cuando habla tiene algo que te engancha. Con el turismo en Encinas Reales pasa un poco eso. No es el típico sitio que sale en calendarios ni en portadas de guías, pero cuando entiendes cómo se vive aquí empiezas a mirarlo con otros ojos.
Está en la Subbética cordobesa, rodeado de campo y bastante más tranquilo que otros pueblos de la zona que concentran casi todas las visitas.
El pueblo que nació de la nada (y casi vuelve a ella)
Imagínate ser un labrador de Lucena hacia el siglo XVII y pensar: “¿Sabes qué? Me voy a vivir a ese cerro donde solo hay encinas”. Más o menos así empezó todo. Los Duques de Medinaceli impulsaron la repoblación de la zona y fueron llegando familias que levantaron las primeras casas.
Hoy viven aquí algo más de dos mil personas, y el pueblo sigue teniendo esa sensación de lugar que creció poco a poco, sin grandes gestos.
El nombre antiguo, según suele contarse, era Encinas Ralas, porque en la zona quedaban pocas encinas. Con el tiempo el nombre cambió a Encinas Reales. También circula una historia que habla de una parada de Isabel la Católica bajo una encina durante un viaje por la zona. No hay demasiadas pruebas, pero la anécdota sigue viva y a la gente le gusta recordarla.
Cuando la comida viene del campo
Aquí la porra de Encinas Reales se toma muy en serio. Si conoces el salmorejo, imagina algo más denso y más rústico: tomate, pan, aceite y pimiento, todo bien triturado hasta que queda una crema espesa que alimenta de verdad. Es cocina de campo, de cuando había que aprovechar lo que hubiera en la despensa.
También es habitual el gazpacho de ajos tiernos, que aparece cuando el ajo está en su momento. Y las tortillas con hierbas silvestres —como las collejas o los espárragos trigueros— siguen siendo bastante comunes en las casas. Son de esas recetas que no vienen de ningún chef ni de ningún libro, sino de salir al campo con una bolsa y volver con algo para la cena.
Paseos por los alrededores
Alrededor del pueblo hay varios caminos señalizados que atraviesan olivares y pequeñas zonas de monte. No esperes grandes montañas ni rutas espectaculares desde el primer minuto. Aquí el paisaje funciona de otra manera.
Por ejemplo, el sendero que suele llamarse de las Encinas Ralas ronda los seis kilómetros y recuerda de dónde viene el nombre del lugar. Es un paseo sencillo, con campo abierto y alguna encina vieja que se ha quedado resistiendo.
En la zona de Las Mersillas aparecen restos arqueológicos que se atribuyen a un asentamiento romano. A primera vista pueden parecer solo piedras dispersas, pero cuando te cuentan lo que hubo allí la cosa cambia.
Y luego está el entorno del Vadofresno, cerca del río Genil. No es un mirador de esos con cola para hacerse fotos; más bien un sitio tranquilo donde te sientas un rato y ves pasar el río entre la vegetación.
Fiestas donde todo el mundo se conoce
La Semana Santa aquí es bastante cercana. Las imágenes salen desde sus templos y la gente participa más como vecinos que como espectadores. Si te quedas un rato mirando, enseguida empiezas a reconocer caras: el que trabaja en la tienda, la mujer que te ha indicado una calle, el chaval que pasa todos los días en moto.
La feria de agosto suele celebrarse a finales de mes y es cuando el pueblo se llena más. Muchos vecinos que viven fuera vuelven esos días y el ambiente cambia bastante.
Y luego está el Belén viviente, que moviliza a buena parte del pueblo cuando llega diciembre. No es un montaje enorme, pero sí muy participativo: vecinos haciendo de pastores, de romanos o de lo que toque ese año.
El consejo que nadie te pide pero viene bien
No vengas a Encinas Reales esperando un casco histórico de postal o un monumento que lo domine todo. No funciona así.
Lo interesante está en los detalles: el silencio a media tarde en verano cuando las persianas están medio bajadas, el movimiento temprano de la mañana en la plaza, o las conversaciones largas en un banco cuando cae la noche.
Si pasas por la Subbética, puede ser una parada tranquila. Un paseo por el pueblo, algo de cocina local y una caminata corta por los alrededores. A veces eso es más que suficiente para entender un sitio.