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sobre Lucena
La Perla de Sefarad es una ciudad industrial y comercial con un importante pasado judío y barroco destacando su santuario y su necrópolis hebrea
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Hay ciudades que parecen tener un problema de identidad. Lucena no. Lucena es como ese tío del pueblo que se apunta a todo: judío, cristiano, moro y lo que haga falta. Durante siglos aquí convivieron historias muy distintas, y todavía se nota cuando paseas por el centro. En el siglo X, por ejemplo, la ciudad llegó a ser un importante núcleo judío en al‑Ándalus, con bastante autonomía en una época en la que Córdoba vivía sus propias luchas de poder. No es algo que se vea a simple vista, pero cuando empiezas a tirar del hilo, aparece por todas partes.
La historia que se huele
El Castillo del Moral es como ese primo que siempre tiene una anécdota mejor que la tuya. “¿Que estuviste en la Alhambra? Pues aquí estuvo Boabdil prisionero antes de perder Granada”.
Tras la batalla de Lucena, en 1483, el último rey nazarí acabó encerrado aquí durante un tiempo. Hoy el castillo se recorre sin demasiada dificultad y en poco más de una hora lo tienes visto. Lo mejor es subir a la torre del homenaje: desde arriba entiendes bien cómo se extiende la ciudad, con ese mar de tejados claros que se derrama por la loma.
Abajo hay un museo donde ayudan a poner contexto a todo esto. Una de las cosas que más llama la atención es la historia del antiguo barrio judío y la necrópolis descubierta en las afueras, con más de trescientas tumbas documentadas. Cuando piensas que en ese momento muchos lugares de Europa eran poco más que aldeas grandes, impresiona un poco imaginar la actividad intelectual y comercial que llegó a haber aquí.
El dulce pecado de las monjas
Lucena sin los bollos lucentinos es como un domingo sin sobremesa. Son esos dulces rectangulares cubiertos de glaseado que aparecen en muchos escaparates del centro. La receta, según cuentan aquí, nació en un convento hace siglos y luego se extendió por toda la ciudad.
La masa recuerda un poco a los dulces fritos tradicionales de Andalucía: canela, matalahúga y ese sabor que te transporta directo a la cocina de una abuela.
Si vienes en septiembre, durante la Feria Real, aparecen todavía más. También verás otros clásicos de la zona, como los mostachones o la mezcla de naranja con bacalao, que al principio suena rara pero tiene su lógica cuando la pruebas. La feria funciona sobre todo para la gente de aquí, con casetas y música hasta tarde, más reunión social que espectáculo para turistas.
Olivos y caminos por la Subbética
Alrededor de Lucena empieza ese paisaje que domina media provincia de Córdoba: colinas suaves cubiertas de olivos. Si sales un poco del casco urbano hay caminos agrícolas y senderos que se adentran en la Subbética, entre cortijos dispersos y lomas que parecen repetirse hasta el horizonte.
Por esta zona también se menciona a menudo la figura del Tempranillo, el bandolero del siglo XIX al que la tradición popular convirtió casi en personaje de leyenda. Hay rutas históricas dedicadas a él en la comarca, aunque muchas atraviesan varios pueblos y no se concentran solo aquí.
Caminar por estos caminos es bastante sencillo. No hay grandes desniveles y el terreno es agradecido. En otoño, cuando empieza la campaña de la aceituna, el aire huele a almazara desde bastante lejos.
El barroco que te pilla por sorpresa
La parroquia de San Mateo guarda uno de esos interiores que no esperas. Desde fuera parece un templo grande más del centro histórico, pero al entrar aparece el Sagrario, y la cosa cambia.
Es barroco cordobés en modo exagerado: columnas retorcidas, yeserías por todas partes y una sensación general de que alguien decidió que el “menos es más” no aplicaba aquí. La obra se prolongó durante décadas y el resultado es bastante espectacular.
Dentro también está el Cristo de los Faroles, muy ligado a la devoción local. En Semana Santa la imagen sale en procesión y la ciudad se vuelca bastante. No es una Semana Santa gigantesca como la de las capitales andaluzas, pero precisamente por eso se vive de otra manera: más cercana y menos saturada.
El truco de Lucena es no tener prisa. Es una ciudad donde merece la pena caminar sin rumbo demasiado claro, mirar los detalles de las fachadas, asomarse a alguna plaza y dejar que el ritmo baje un poco.
Entre una cosa y otra empiezas a ver capas: la ciudad judía medieval, la Lucena barroca de las iglesias, la actual, muy ligada al olivar y a la industria del mueble.
Si vas en coche, lo más práctico suele ser dejarlo en algún aparcamiento público cerca del centro o en las calles más amplias de alrededor y moverte andando. El casco histórico se recorre bien así, y te ahorras dar vueltas buscando sitio por las calles estrechas.