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sobre Luque
Vigía de la Subbética coronado por un castillo inexpugnable y rodeado de un mar de olivos con cuevas prehistóricas y un casco urbano de calles empinadas
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Hay pueblos que se te quedan grabados por una foto que viste una vez. Luque no. Luque es de esos que te sorprenden cuando llegas, cuando ves el castillo ahí arriba, pegado a la roca como si alguien hubiera dicho: “vamos a poner una fortaleza justo en el sitio más incómodo posible”. Y claro, acabas subiendo. Porque cuando un castillo te mira así desde arriba, haces lo que haría cualquiera: aparcas y tiras cuesta arriba.
El castillo que te vigila desde que llegas
El Castillo de Venceaire es como ese compañero de trabajo que siempre llega antes que tú: cuando entras al pueblo ya está ahí arriba, observando. La fortaleza tiene origen andalusí y, como suele pasar en esta zona, después fue reformada tras la conquista cristiana. El resultado hoy es una ruina con bastante carácter: murallas recortadas contra la roca y restos que dejan imaginar lo que fue.
La subida no es larga, pero tampoco es un paseo de domingo. Tiene ese punto de “esto parecía menos empinado desde abajo”. Aun así, merece la pena. Desde arriba Luque se ve como un abanico de casas blancas pegadas a la ladera, con la sierra alrededor cerrando el paisaje.
Es el típico sitio donde te quedas un rato más de lo previsto. Primero haces la foto, luego otra, y cuando te das cuenta llevas diez minutos mirando el valle sin hacer nada.
Donde el estómago manda
En Luque no vas a encontrar discursos sobre cocina creativa ni platos con nombres raros. Aquí la comida va por otro lado: recetas de casa, de las que llenan la mesa y te obligan a aflojar el cinturón un punto.
La morcilla de calabaza es una de esas cosas que sorprenden la primera vez. Tiene un punto dulce, suele llevar frutos secos y te deja pensando si estás ante algo salado o casi un postre. Pasa también con el salmorejo, que por aquí suele ser más denso que en otras zonas de Andalucía.
Y luego está la olla subbética, que es básicamente lo que imaginas cuando piensas en comida de pueblo de toda la vida: cuchara, paciencia y producto de la sierra.
La miel de la zona también tiene bastante fama en la Subbética. De esas que cuando la pruebas entiendes por qué en muchas casas hay siempre un tarro en la despensa.
La laguna tranquila a las afueras
A unos tres kilómetros del pueblo está la Laguna del Conde. El nombre suena casi literario, pero lo que hay es un humedal bastante tranquilo, con senderos fáciles alrededor y zonas donde parar a mirar aves.
Es un lugar cómodo para caminar sin grandes desniveles. De esos que puedes hacer charlando sin darte cuenta de los kilómetros. En ciertas épocas del año aparecen distintas aves migratorias, así que es habitual ver a gente con prismáticos y cámaras largas mirando hacia el agua.
Si vienes en primavera suele estar especialmente bien: más movimiento de aves y el campo alrededor bastante vivo.
Un pueblo que ha cambiado de manos más de una vez
Luque arrastra historia desde hace muchos siglos. Hubo presencia romana en la zona y más tarde fue un enclave importante durante el periodo andalusí, cuando se levantó la fortaleza que domina el pueblo.
Tras la conquista cristiana en el siglo XIII, el lugar pasó por distintas manos y linajes. Durante mucho tiempo estuvo ligado a familias nobiliarias que dejaron su huella en documentos, en nombres de calles y en algunas historias locales que todavía circulan por el pueblo.
No es un sitio lleno de grandes monumentos, pero sí de esos donde la historia aparece en capas: una torre aquí, un tramo de muralla allá, una calle que de repente se vuelve demasiado empinada para ser casual.
Cómo visitar Luque sin complicarte la vida
La primavera suele ser un buen momento para acercarse. La sierra está verde, el aire huele a monte bajo y caminar por el pueblo se lleva mejor que en pleno verano.
En agosto celebran las fiestas de San Bartolomé, que mueven bastante ambiente en el pueblo, aunque también traen calor y más gente de lo habitual.
Si vienes en coche, lo más práctico es dejarlo en la entrada del casco urbano. El centro tiene calles estrechas, de las que te hacen avanzar muy despacio mientras esperas que no aparezca nadie de frente.
Y el castillo, si puedes, súbelo por la mañana. A mediodía el sol de la Subbética cae con ganas y la cuesta deja de tener tanta gracia.
Luque no es un sitio para pasar tres días corriendo de monumento en monumento. En una jornada lo recorres bien. Dos si quieres caminar por la sierra o acercarte a pueblos cercanos como Zuheros, que está a poca distancia.
Pero como parada funciona muy bien. Como cuando paras en carretera a por un bocadillo rápido… y resulta que ese bocadillo acaba siendo lo que más recuerdas del viaje.