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sobre Priego de Córdoba
Joya del barroco cordobés con numerosas iglesias y la monumental Fuente del Rey situada en un entorno paisajístico de gran belleza al pie de la sierra
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Las campanas de la Asunción dan las ocho cuando el sol todavía no ha terminado de asomar sobre la vega del Adarve. Desde el balcón de piedra llega el olor del aceite nuevo mezclado con el frescor del río Salado y con algo más dulce: las buganvillas que caen por las paredes encaladas del barrio de la Villa. Abajo, en la calle Río, una mujer abre la persiana de la casa donde nació Alcalá‑Zamora y deja correr el agua de fregar por el pequeño arroyo de piedra. El turismo en Priego de Córdoba suele empezar así, con el pueblo todavía medio dormido y las calles casi en silencio.
El olor a aceite que se cuela por las rendijas
Caminar por Priego es respirar olivo. No el de postal, sino el que se trabaja. En invierno, cuando la campaña está en marcha, el aire alrededor del pueblo huele a hoja machacada y a hueso húmedo. En la comarca se produce uno de los aceites más conocidos de la Subbética, protegido por una denominación de origen, y aquí se prueba de la forma más sencilla: pan, aceite recién abierto y poco más.
En muchas casas todavía se acostumbra a mojar directamente en un plato hondo o a servir un vasito pequeño para probarlo. En los bares del centro, sobre todo por la zona de la calle del Peso, el salmorejo suele llegar con un chorro generoso de virgen extra por encima. Si vienes en primavera, cuando el campo empieza a ponerse de un verde más claro, es fácil cruzarse con gente que habla de variedades de aceituna con la misma naturalidad con la que otros hablan del tiempo.
Callejones que se estrechan hasta tocarse
El trazado del Barrio de la Villa sigue siendo el de la antigua medina. Las calles se retuercen, se estrechan y suben cuesta arriba sin avisar. A ratos dos personas tienen que pegarse a la pared para cruzarse. El empedrado está pulido por siglos de pasos y en algunas fachadas el encalado deja ver el ladrillo antiguo.
A primera hora de la mañana huele a pan recién hecho en varias esquinas del barrio. La actividad empieza temprano y dura lo que dura la masa del día. Si sigues subiendo acabarás llegando a la zona del castillo. No queda mucho en pie, pero desde allí se entiende bien dónde está Priego: un mar de olivos que ondula hasta perderse hacia Cabra y otros pueblos de la Subbética.
Por la tarde, cuando el sol cae más bajo, las hojas plateadas de los olivos reflejan la luz y todo el valle parece moverse despacio con el viento.
El barroco que te hace girar la cabeza
Entrar en el Sagrario es cambiar de escala. Afuera todo es blanco y piedra; dentro, el barroco se desata. El techo está cubierto de pinturas, relieves y dorados que obligan a levantar la cabeza durante un buen rato. Ángeles, columnas fingidas, guirnaldas: cuesta encontrar un hueco donde descansar la vista.
El interior suele oler a cera y a incienso antiguo. Bajo los pies, las losas de mármol desgastadas por el paso de generaciones crujen ligeramente al caminar.
Si coincides con el Corpus, el ambiente del pueblo cambia bastante. Algunas calles se cubren con decoraciones efímeras y plantas aromáticas, y el olor a romero se mezcla con el de los dulces fritos que aparecen esos días en puestos y cocinas.
Cuándo irse a paso lento
El verano en Priego puede ser duro. En agosto el calor aprieta de verdad y al mediodía las calles quedan casi vacías. Si puedes elegir, la primavera y el comienzo del otoño se disfrutan más: las tardes son largas y el campo alrededor del pueblo tiene otro color.
En septiembre a veces se escuchan por la noche los cantos de los Auroros recorriendo algunas calles, una tradición muy antigua que todavía se mantiene. Y en diciembre, cerca de la festividad de San Nicasio, los hornos del pueblo huelen a piñonate, un dulce denso de miel y piñones que se corta con las manos.
Si vienes en invierno, trae buen calzado. Las cuestas del Adarve y el empedrado pueden resbalar cuando baja la temperatura.
Antes de irte, acércate a la Fuente del Rey al atardecer. El agua cae por decenas de caños y llena la plaza de un rumor constante. Cuando las golondrinas empiezan a girar entre los árboles y la piedra se enfría después del día, Priego baja el ritmo durante unos minutos. Se nota en el aire. Aquí el tiempo no corre demasiado: se va filtrando, como el agua de la fuente.