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sobre Rute
Pueblo famoso por sus dulces de Navidad anises y museos temáticos gastronómicos situado bajo la sierra que lleva su nombre con vistas al embalse
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El turismo en Rute empieza antes de ver el pueblo. El olor te pega en la nariz cuando aún vas en coche por la carretera. No es el típico aroma a pan ni a campo mojado. Es algo más dulzón, pegajoso, que recuerda a esas tardes en casa de tu abuela cuando abría la lata donde guardaba los polvorones de Navidad.
Eso es Rute: un pueblo que huele a anís y chocolate casi todo el año, como si el calendario se hubiera quedado atascado en un obrador.
El pueblo que Cervantes se comió
Llegué un martes por la mañana, sin rumbo fijo. Aparqué en la primera plaza que encontré y me puse a caminar. Lo primero que me llamó la atención fue un cartel enorme anunciando un Belén de chocolate. Pensé que sería algo pequeño, tipo escaparate.
Pues no.
Dentro hay una maqueta enorme hecha con chocolate: casitas, figuras y paisajes enteros. Todo marrón brillante. Es de esas cosas que te hacen sentir un poco niño otra vez porque la primera reacción es pensar: “¿y si le pego un mordisco?”. El vigilante, por cierto, parece acostumbrado a esa cara que ponemos todos.
Después de salir de allí me metí en una destilería. En Rute hay varias y forman parte del paisaje del pueblo igual que las panaderías en otros sitios. El hombre que atendía hablaba del anís con una mezcla de orgullo y costumbre, como quien lleva toda la vida haciendo lo mismo y todavía le gusta contarlo.
Según me decía, aquí llevan siglos destilándolo y hubo épocas en que el pueblo estaba lleno de pequeños alambiques. “Aquí nacemos oliendo a anís”, soltó mientras me servía una copita a media mañana.
No me atreví a decir que no. Sabe un poco a esos caramelos de anís de antes, pero con carácter adulto.
Museos que entran por el estómago
Rute tiene una cosa curiosa: buena parte de sus museos giran alrededor de lo que se come o se bebe.
Hay espacios dedicados al azúcar, al jamón, al anís o al turrón. Algunos montan exposiciones bastante elaboradas con figuras hechas de azúcar o chocolate que parecen imposibles de mantener enteras. Te quedas mirándolas pensando cuánto trabajo habrá detrás y cuánto tardaría todo en desaparecer si alguien dejara la puerta abierta a una colonia de hormigas.
Muchos de estos sitios se animan especialmente cuando llega la campaña navideña, que es cuando el pueblo recibe más visitas. El resto del año Rute sigue a lo suyo: producir dulces, embutidos y licores que luego acaban repartidos por media España.
Sobre el jamón de aquí, más de un vecino me comentó que ya se mencionaba en textos antiguos —algunos incluso sacan a Cervantes en la conversación—. No me puse a comprobarlo allí mismo, pero lo dicen con tanta seguridad que uno acaba creyéndoselo.
Cuesta arriba y el embalse al fondo
Después de un par de copitas de anís decidí que tocaba mover las piernas. Me fui hacia el sendero que sube al Hacho.
La subida no es dramática, pero se hace notar. Son varios kilómetros ganando altura mientras el pueblo se va quedando abajo. Arriba queda una torre defensiva conocida como la del Canuto, recuerdo de cuando esta zona era frontera entre reinos.
Lo mejor no es la torre, la verdad, sino lo que se ve desde allí. Olivares por todas partes y, a lo lejos, el embalse de Iznájar brillando entre las lomas. Ese tipo de paisaje que parece repetirse hasta el infinito.
Bajando me crucé con una pareja de Madrid que llevaba una bolsa llena de turrones. La mujer sacó una tableta de chocolate con naranja y la abrió allí mismo, en mitad del camino.
“Es que los de Rute no saben igual que los del súper”, me dijo.
No tenía mucho argumento para llevarle la contraria.
Cuando el pueblo huele a fiesta
A mí me tocó visitarlo en diciembre y el ambiente era bastante animado. En esas semanas el pueblo se llena de gente que viene a comprar dulces y licores, y por las calles aparecen reuniones improvisadas con guitarras, panderetas y zambombas.
No es algo organizado de forma solemne. Más bien grupos de vecinos cantando villancicos, charlando y compartiendo un vaso de anís. Si pasas por allí te miran, te sonríen y acabas quedándote un rato aunque no conozcas a nadie.
También me hablaron de la romería del Carmen, en verano, cuando mucha gente del pueblo sube al santuario. Por lo que cuentan, es de esos días en que medio Rute está en el mismo sitio con neveras, comida y ganas de pasar el día al aire libre.
Mi consejo de amigo
Si vienes a Rute, ven con hueco en el maletero. Porque vas a acabar comprando algo: anís, turrón, chocolate o embutido. Es casi inevitable.
Y tómate el pueblo con calma. Pasea un rato por el centro, entra en alguna destilería a probar lo que hacen y, si te apetece estirar las piernas, sube hacia el Hacho para ver el embalse desde arriba.
Solo una cosa: no vengas buscando el pueblo más espectacular de Andalucía. Rute juega a otra cosa.
Es más bien como ese amigo que siempre trae algo de comer cuando quedáis. No será el más fotogénico del grupo, pero al final es el que mejor recuerdo te deja. Y además te vas de allí con el coche oliendo a anís y chocolate. Eso también cuenta.