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sobre Zuheros
Uno de los pueblos más bonitos de España colgado en la roca con un castillo árabe y la famosa Cueva de los Murciélagos además de sus quesos artesanos
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Hay pueblos que los ves en una foto y piensas: “vale, seguro que luego en persona baja el nivel”. Con Zuheros pasa un poco lo contrario. Llegas por la carretera, ves el peñón y las casas blancas agarradas a la roca, y la escena parece tan improbable que cuesta imaginar cómo acabó un pueblo ahí colgado.
Hablamos de uno de los municipios pequeños de la Subbética, rondando los seiscientos vecinos. El ritmo se nota enseguida: calles tranquilas, poco tráfico y ese silencio de los pueblos donde todavía se oye una conversación desde la otra punta de la plaza.
El nombre de Zuheros suele relacionarse con una palabra árabe que viene a significar algo así como “pequeña peña”, y cuando lo ves desde abajo tiene todo el sentido. El caserío se aprieta contra la roca caliza como si alguien lo hubiera ido colocando con paciencia, casa a casa. No sorprende que el casco antiguo esté protegido: calles estrechas que suben y bajan, curvas que te cambian la perspectiva cada veinte metros y algún mirador improvisado que aparece cuando menos lo esperas.
La presencia humana aquí viene de muy atrás. En la Cueva de los Murciélagos aparecieron restos prehistóricos importantes, señal de que esta sierra llevaba miles de años dando refugio antes de que existieran los pueblos tal como los conocemos. Más tarde, en época andalusí, se levantó la fortaleza que todavía vigila el peñón y que explica bastante bien por qué el pueblo está donde está.
Qué ver cuando paseas por Zuheros
El castillo de Zuheros manda en el perfil del pueblo. No es una fortaleza enorme ni espectacular, pero cumple muy bien su papel: recordar que esto fue un lugar defensivo y, sobre todo, regalar una vista amplia del paisaje de la Subbética. Desde arriba lo que ves es un mar de olivos interrumpido por sierras calizas que parecen surgir de golpe del terreno.
Dentro del castillo suele haber un pequeño espacio interpretativo sobre el paisaje y la historia del lugar. Ayuda a entender por qué este rincón es como es, aunque la verdad es que muchas cosas se comprenden simplemente mirando alrededor.
A unos pasos está la Iglesia de los Remedios, levantada sobre lo que fue una mezquita. Es un templo sencillo, bastante acorde con el tamaño del pueblo. La torre del campanario asoma entre los tejados y sirve un poco de referencia cuando vas subiendo o bajando calles.
El Museo Arqueológico es pequeño, de esos que se recorren en poco rato, pero tiene sentido si luego piensas acercarte a la cueva. Reúne piezas encontradas en la zona —herramientas prehistóricas, cerámicas y otros restos— y pone contexto a todo lo que ocurrió aquí mucho antes de que existieran estas calles.
Y luego está la Cueva de los Murciélagos, que probablemente sea el lugar más conocido de Zuheros. La visita se hace con guía y tiene su punto físico: escaleras, humedad y un recorrido subterráneo que no es precisamente un paseo llano. A cambio ves formaciones de estalactitas y estalagmitas bastante llamativas y, sobre todo, uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de la zona.
El casco antiguo se recorre rápido, pero no conviene hacerlo con prisa. Lo mejor es caminar sin rumbo claro, subir alguna cuesta que parezca demasiado empinada y ver dónde sales. Muchas veces acabas en un mirador pequeño o en una placita donde el pueblo se abre hacia el valle.
Un consejo práctico: si vas en coche, suele ser más cómodo dejarlo en la parte baja y subir andando. Las calles del centro son estrechas y no están pensadas para dar muchas vueltas buscando hueco.
Qué hacer si te apetece moverte un poco
Zuheros está dentro del Parque Natural de las Sierras Subbéticas, así que salir a caminar es casi lo más natural que puedes hacer aquí.
Una de las rutas más conocidas es la de Los Tajos y Lapiaces, que atraviesa un paisaje kárstico bastante curioso. Las rocas tienen formas irregulares, llenas de grietas y surcos, como si alguien hubiera arañado la montaña durante siglos.
También hay senderos que siguen el río Bailón, atravesando un valle estrecho con vegetación mediterránea. Es el típico camino en el que te apetece seguir un poco más “a ver qué hay después de la curva”. En verano conviene madrugar o ir con calma porque el calor aprieta, y tras lluvias fuertes algunos tramos pueden cambiar bastante.
Los cortados rocosos alrededor del pueblo también atraen a escaladores. Si no practicas este deporte, basta con ver las paredes para entender por qué vienen hasta aquí.
Y luego está la parte que nunca falla en Córdoba: la comida. En muchos sitios del pueblo suelen aparecer platos contundentes de la cocina serrana. El chivo al horno es bastante habitual, igual que las migas o un gazpacho cuando aprieta el calor. Todo acompañado por aceite de oliva virgen extra de la comarca, que aquí no se usa con timidez.
Tradiciones que siguen siendo de pueblo
Las fiestas aquí todavía tienen ese aire de celebración local más que de evento para turistas.
La romería de la Virgen de los Remedios suele celebrarse en primavera y reúne a vecinos que suben hacia la zona de la ermita y el castillo. No es una romería gigantesca; más bien un día de convivencia entre gente del pueblo y quienes vuelven esos días.
En verano llegan las fiestas patronales, con música en la calle, actividades y ese ambiente que cambia completamente la tranquilidad habitual del lugar durante unos días.
La Semana Santa también se vive con bastante recogimiento. Las procesiones no tienen la magnitud de las capitales andaluzas cercanas, pero precisamente por eso resultan más cercanas, más de barrio.
¿Cuánto tiempo dedicarle a Zuheros?
Zuheros es de esos pueblos que se disfrutan bien en medio día largo o en una jornada tranquila. Pasear por el casco antiguo, subir al castillo, quizá entrar en la cueva y luego sentarte a comer con calma.
No es un sitio de agenda llena de cosas que hacer. Y casi mejor que sea así. Aquí lo que funciona es caminar despacio, mirar el paisaje de olivos desde cualquier esquina alta y dejar que el pueblo marque el ritmo. Un poco como cuando paras en casa de un amigo en la sierra y nadie tiene prisa por irse.