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sobre Torremolinos
Pionero del turismo en la Costa del Sol con playas famosas y una animada vida nocturna y comercial
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Las sardinas empiezan a chisporrotear sobre las varas de madera justo cuando el sol toca el agua. El humo blanco sube mezclándose con el olor a sal y a protector solar que aún se queda pegado a la arena de La Carihuela al caer la tarde. Así empieza muchas veces el turismo en Torremolinos: con gente de medio mundo sentada cerca de la orilla, mirando cómo se apaga el día sobre el Mediterráneo.
Son las siete de la tarde de un sábado cualquiera de junio y alrededor de las barcas varadas se escuchan idiomas que cambian cada pocos pasos: británicos con la piel ya demasiado roja, nórdicos morenos de forma uniforme, familias de Málaga que han venido “para que los niños pisen playa”. El murmullo es constante, como un mercado tranquilo al aire libre.
El olor a fritanga que cambió un pueblo
Antes de que existiera el aeropuerto de Málaga y mucho antes de que la primera línea se llenara de edificios altos, La Carihuela era un puñado de casas bajas donde los pescadores guardaban redes y las mujeres tendían la ropa entre fachadas encaladas. El mar estaba a unos pasos y el barrio vivía mirando al agua.
Hoy sigue oliendo a fritura de boquerones al mediodía, pero muchos de los que trabajan aquí viven en otros municipios cercanos o en barrios más alejados. Los alquileres subieron hace tiempo y el barrio cambió de ritmo. Aun así, cuando empiezan a encenderse las cocinas y el aceite empieza a cantar, hay un sonido familiar que no ha cambiado demasiado en décadas.
El gran salto llegó en los años sesenta, cuando comenzaron a levantarse los primeros hoteles grandes frente al mar. De repente aparecieron vuelos llenos de turistas del norte de Europa y el pueblo creció a toda velocidad. En pocos años dejó de ser un pequeño núcleo de pescadores para convertirse en uno de los centros turísticos más conocidos de la Costa del Sol.
Calle San Miguel a las diez de la mañana
La calle San Miguel huele a cuero nuevo, a crema solar recién abierta y al café fuerte de las primeras mesas del día. Es una cuesta que sube desde la playa hacia la parte alta del centro, y si se recorre despacio se nota cómo cambia el ambiente a cada tramo.
Primero aparecen las tiendas de toallas, chanclas y flotadores. Más arriba empiezan los locales donde se sirven desayunos abundantes, muchos pensados para visitantes británicos que buscan huevos fritos y tostadas a media mañana. Después llegan los escaparates llenos de recuerdos: abanicos, camisetas, imanes con el nombre del pueblo.
A esa hora todavía no aprieta el calor. Las persianas de algunas viviendas siguen medio bajadas y desde los pisos que dan a la cuesta se oye el agua de las duchas antes de bajar a la playa. Torremolinos se despereza tarde; hasta cerca del mediodía el ritmo es lento.
Cuando el pueblo deja de ser suyo
En agosto Torremolinos cambia de escala. Los traslados desde el aeropuerto son continuos y las playas se llenan desde primera hora. Encontrar mesa para cenar cerca del mar puede requerir paciencia y las hamacas ocupan buena parte de la arena.
El volumen también sube: música, terrazas llenas, conversaciones en varios idiomas mezcladas con el ruido de las olas. Hay quien lo disfruta así, con el paseo marítimo lleno hasta medianoche.
Pero hay otros momentos del año con un ambiente distinto. A finales de primavera suele celebrarse una gran cita vinculada al colectivo LGTBI que llena las calles durante varios días. La música se oye desde lejos y el ambiente es muy mezclado: visitantes veteranos que llevan décadas viniendo, gente joven que llega por primera vez y vecinos que se suman a la fiesta al caer la noche.
La sierra que casi nadie mira
Si te cansas del ruido, basta con subir unos minutos hacia el interior. Detrás de la franja de edificios costeros empiezan los pinares que miran al mar desde arriba.
Hay senderos de tierra que se internan entre pinos carrascos y tomillo. En poco tiempo el sonido del tráfico desaparece y queda solo el viento moviendo las copas. Desde algunos claros se ve toda la línea de costa: los bloques de apartamentos, el paseo marítimo y el Mediterráneo extendiéndose hacia el este.
Algunos vecinos mayores cuentan que estos caminos ya se usaban hace décadas para moverse entre la sierra y la costa cuando la zona era mucho más tranquila. Hoy los recorren sobre todo gente que sale a caminar al atardecer o a sacar al perro cuando baja el calor.
En invierno el paisaje cambia bastante. Hay menos gente en la calle, muchos apartamentos permanecen cerrados y los pinares huelen a resina húmeda después de la lluvia. Entonces Torremolinos recupera una escala más tranquila, lejos del bullicio del verano.
Cuándo ir: septiembre suele ser el momento más agradecido. El mar mantiene el calor del verano, hay menos gente en la arena y se puede caminar por el paseo marítimo sin ir esquivando grupos cada pocos metros. Agosto, en cambio, concentra la mayor parte del movimiento del año.