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sobre El Padul
Hogar del Mamut y de una importante laguna humedal; puerta del Valle de Lecrín con rica biodiversidad
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Las cigarras empiezan a cantar cuando el sol todavía no ha salido del todo. Desde el mirador de la Laguna, la bruma flota sobre el agua como una manta fina, y el olor a junco mojado se mezcla con el de la tierra removida de los invernaderos cercanos. Abajo, en el pueblo, las luces se encienden una a una en las casas bajas de la vega. Es el momento en que El Padul se muestra tal cual es: un lugar donde el tiempo todavía depende mucho del agua y de la tierra.
El agua que lo nombró
La laguna no es un adorno: explica por qué existe este rincón del Valle de Lecrín. Desde muy antiguo hubo agua estancada entre estas arcillas, y alrededor de ese humedal fueron apareciendo asentamientos, caminos y cultivos. Hoy la laguna es más pequeña que en otros tiempos, rodeada de carrizales y de un aire húmedo que a veces trae olor a barro.
La pasarela de madera —algo más de dos kilómetros según el tramo que recorras— atraviesa la zona en silencio. Caminar por ella es notar dos mundos muy cerca: por un lado llega el rumor constante de la A‑44; por el otro, el carrizal amortigua casi todo. En invierno, cuando el nivel del agua baja, asoman surcos antiguos en el terreno que algunos relacionan con labores agrícolas muy antiguas. En primavera la marisma se llena de aves: avocetas, fumareles y otras que aparecen y desaparecen entre los juncos. Desde lejos parecen pequeñas manchas blancas; cuando levantan el vuelo, el reflejo en el agua deslumbra un segundo.
Si vienes en verano, mejor a primera hora o al final de la tarde. A mediodía el sol cae de plano sobre la pasarela y apenas hay sombra.
Huellas de mamut y otros fantasmas
En la Laguna del Padul aparecieron restos de grandes mamíferos prehistóricos, entre ellos varios huesos de mamut lanudo. Las piezas originales se conservan en Granada, pero aquí, junto al recorrido de la laguna, hay réplicas que recuerdan aquel hallazgo.
La llamada Ruta del Mamut sigue parte de la pasarela y algunos senderos cercanos. El paseo tiene algo de extraño: lees sobre animales que caminaron por este mismo barro hace decenas de miles de años —mamuts, grandes herbívoros hoy desaparecidos, depredadores que ya no existen en Europa— mientras a tu alrededor sólo se oye el croar de las ranas o el viento moviendo los carrizos.
Al final del recorrido aparece la figura de un mamut a tamaño real. Está hecha con materiales modernos, claro, pero colocada en medio del humedal provoca una sensación curiosa: ayuda a imaginar cómo debía de ser este lugar cuando todo era agua y pradera.
La olla que sabe a humo
En enero, cuando el aire baja frío desde la sierra, el pueblo huele a humo de leña y a pimentón. Es la época de San Antón y la olla —con garbanzos, morcilla, panceta y hinojo— se cuece durante horas en muchas casas. Tradicionalmente también se reparte en el colegio del pueblo durante la fiesta.
La escena es sencilla: gente comiendo de pie, cuchara en una mano y pan en la otra, hablando de la cosecha de cítricos o del tiempo que viene. Si llegas de fuera, primero te miran con curiosidad y enseguida alguien te acerca un plato.
Después suele aparecer el choto al ajillo, con la carne dorada y la salsa pidiendo pan. Y a veces, entre las bandejas que van y vienen, salen berenjenas con miel: crujientes por fuera, blandas por dentro.
Cuando el pueblo se viste de luto
La Semana Santa de El Padul se vive con bastante recogimiento. Desde los primeros días de la semana las imágenes se cubren con velos morados y las calles cambian de ritmo.
Las procesiones recorren el centro del pueblo al anochecer. Hay momentos en los que sólo se oye el roce de las túnicas o el golpe seco de un tambor marcando el paso. El Viernes Santo suele ser el día más sobrio. El Domingo de Resurrección, en cambio, rompe esa quietud: suenan cohetes, los niños corretean por la plaza y el ambiente se vuelve mucho más ligero.
Cómo llegar y cuándo volverse
El Padul está a unos quince minutos en coche al sur de Granada por la A‑44. Desde la autovía se entra enseguida en la vega, donde los cultivos rodean el casco urbano.
La primavera es uno de los mejores momentos para acercarse a la laguna: el agua suele mantenerse alta y los carrizales están verdes. En los días de floración, además, el aire del valle arrastra olor a azahar desde los campos cercanos.
Los fines de semana de feria, a principios de septiembre, el pueblo cambia completamente: música, casetas y bastante movimiento hasta tarde. Si lo que buscas es caminar tranquilo por la laguna, mejor venir entre semana.
Un detalle práctico: lleva calzado cerrado. El barro de la laguna engaña; parece seco y a los pocos pasos el pie se hunde. Después de lluvias fuertes, algunos tramos del sendero se vuelven bastante resbaladizos. En invierno, en cambio, el aire es limpio y desde el mirador se ve la línea blanca de Sierra Nevada al fondo.