Artículo completo
sobre El Pinar
Municipio formado por Pinos del Valle e Ízbor; destaca por sus vistas al embalse de Béznar y producción de cítricos
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay pueblos que te obligan a frenar el coche antes de tiempo. El Pinar es uno de esos. Vas por el Valle de Lecrín, sin demasiada expectativa, y de pronto ves las casas blancas asomando entre huertos. Bajas la ventanilla y entra ese olor a tierra húmeda y cítrico que aquí aparece muchas mañanas. Desde Granada se llega en menos de una hora larga de paseo en coche, por carreteras que van saltando entre pueblos del valle.
El Pinar ronda el millar de vecinos y tiene ese tamaño en el que todavía se reconoce casi todo el mundo. No hay sensación de escaparate. Más bien de rutina tranquila. La iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Candelaria, queda en el centro y funciona como punto de referencia. No es un edificio espectacular, pero sí el lugar alrededor del que gira buena parte de la vida del pueblo.
Cómo es el pueblo por dentro
Las calles de El Pinar son estrechas y bastante sencillas. Casas encaladas, rejas de hierro y patios donde las macetas se acumulan como si compitieran por ver quién tiene más geranios. Nada raro en Andalucía, claro, pero aquí todavía se ve muy vivido.
En la plaza suele haber movimiento a ratos. Gente charlando, algún crío con la bicicleta, vecinos que paran un momento antes de volver a casa. A mí lo que más me llamó la atención fueron esas escenas pequeñas que no salen en ninguna guía. Una mujer limpiando hinojo en la puerta de su casa. Un hombre leyendo el periódico mientras un perro dormía debajo de la mesa.
Ese tipo de cosas.
Caminar por el valle
El Pinar está rodeado de huertos, sobre todo de cítricos. Cuando los naranjos florecen, el olor al azahar se cuela por todo el pueblo. Si subes un poco hacia las lomas cercanas, el valle se abre bastante y se entienden mejor los bancales y las acequias que llevan agua a los cultivos desde hace generaciones.
Hay caminos que conectan con otros pueblos del Valle de Lecrín. Muchos vecinos los usan para pasear o para moverse entre fincas. Son rutas sencillas, más de andar sin prisa que de hacer deporte. Eso sí, en verano el sol cae fuerte y hay tramos con poca sombra, así que conviene salir temprano o al final de la tarde.
Mientras caminas es fácil ver aves pequeñas moviéndose entre los cultivos o siguiendo las acequias. No hace falta saber mucho de ornitología para disfrutarlo; basta con ir atento al ruido del campo.
Lo que se come en las casas
En pueblos como este la cocina sigue muy ligada a lo que da la tierra. Verduras del huerto, aceite de oliva potente y platos de cuchara cuando refresca.
Todavía se preparan recetas muy de casa: potes de verduras, habas guisadas o pan hecho de forma tradicional. En muchos hogares también aparece la torta de almendra, que aquí suele salir en sobremesas largas de domingo o en celebraciones familiares.
Y luego están las aceitunas. Cada otoño se recoge la cosecha y muchas familias siguen curándolas en casa, con sus aliños de siempre.
Fiestas y ritmo del año
Las fiestas patronales giran alrededor de la Virgen de la Candelaria. Suelen celebrarse en verano, cuando muchos vecinos que viven fuera vuelven unos días al pueblo. Hay procesiones por las calles y música en la plaza, con ese ambiente de reencuentro que se repite cada año.
Durante la primavera el valle cambia bastante. Los campos están más verdes y la actividad agrícola vuelve a notarse más en los caminos. También es cuando aparecen reuniones familiares largas alrededor de productos de temporada o conservas hechas en casa.
No es un calendario pensado para atraer gente de fuera. Es, más bien, la forma en que el pueblo marca sus propios tiempos.
Cómo llegar sin complicarse
Desde Granada lo más habitual es bajar hacia el Valle de Lecrín por la autovía que va en dirección a la costa y después desviarse hacia las carreteras comarcales del valle. A partir de ahí el trayecto ya es más tranquilo, entre huertos y pueblos pequeños.
El Pinar no es un lugar de grandes visitas ni de pasar el día entero viendo cosas. Es más bien ese tipo de pueblo donde paras, das una vuelta corta y te quedas un rato observando cómo funciona la vida cotidiana del valle. Y a veces eso ya cuenta bastante.