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sobre Villamena
Municipio formado por Cozvíjar y Cónchar; destaca por la Cueva de los Ojos y el Arroyo del Alcázar
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Villamena es ese tipo de sitio al que llegas casi por accidente. Vas conduciendo por el Valle de Lecrín, giras hacia una carretera secundaria y, de repente, el paisaje empieza a cerrarse en olivares y casas blancas. Aparcas, das dos pasos… y te das cuenta de que aquí la vida va a otra velocidad.
Con algo más de mil vecinos repartidos entre varios núcleos, Villamena forma parte de ese Valle de Lecrín que vive a medio camino entre Granada y la costa. Está a unos 750 metros de altitud, rodeada de olivares y huertas que llevan ahí mucho antes de que alguien pensara en hablar de turismo rural. No es un lugar de grandes monumentos. Aquí lo interesante es más bien cómo se organiza la vida del campo y cómo se nota en el paisaje.
El término municipal está cubierto casi por completo de olivos. Entre medias aparecen huertas, pequeños caminos agrícolas y manchas de monte mediterráneo con encinas y matorral bajo. También quedan acequias antiguas y algún molino disperso por el entorno. No están puestos ahí para enseñarlos: simplemente siguen formando parte del paisaje de siempre.
Lo que se ve al pasear por el pueblo
El edificio más reconocible es la Iglesia de la Inmaculada Concepción, un templo sencillo del siglo XVIII que se integra bastante bien en el tamaño del pueblo. No es de esos que te obligan a levantar la cámara; más bien encaja con el ambiente tranquilo de la plaza.
El casco antiguo se recorre en un rato. Calles estrechas, pendientes suaves y muchas casas encaladas con rejas en las ventanas. En verano suelen aparecer macetas en las fachadas y algo más de movimiento en la calle cuando cae la tarde.
La plaza principal, donde está el ayuntamiento, funciona como pequeño punto de encuentro. Tiendas de las de toda la vida, algún banco para sentarse y vecinos que se conocen entre ellos. Si te quedas un rato, acabas viendo medio pueblo pasar.
En los alrededores hay varios puntos algo más altos desde donde se abre el paisaje del Valle de Lecrín. No esperes miradores preparados ni carteles explicativos. Son más bien curvas de camino o pequeñas lomas desde donde se ve el mosaico de cultivos del valle. En días claros, al fondo asoman las cumbres de Sierra Nevada.
También sobreviven algunos molinos antiguos repartidos por el término municipal. Muchos están abandonados o integrados en fincas privadas, pero ayudan a entender cómo funcionaba la economía agrícola del lugar cuando el agua de acequias y arroyos movía todo.
Caminar por los alrededores
Moverse por el entorno de Villamena es bastante fácil porque hay una red de caminos agrícolas que llevan usándose generaciones. Algunos conectan con otros pueblos del valle como Dúrcal o Lecrín; otros simplemente serpentean entre olivares y cortijos dispersos.
No es terreno de grandes hazañas montañeras. Las alturas rondan los mil metros como mucho, así que las rutas suelen ser paseos largos más que excursiones exigentes. Es el típico sitio donde sales a caminar “un rato” y acabas haciendo varios kilómetros sin darte cuenta.
Si te gusta fijarte en los detalles, el paisaje tiene bastante que contar: muros de piedra seca, acequias que todavía riegan huertas y olivos muy viejos que parecen llevar siglos en el mismo sitio.
En cuanto a la comida, aquí manda lo que da el campo. Migas, potajes de verduras del valle, gazpacho cuando aprieta el calor y bastante aceite de oliva de la zona. En muchos casos son recetas que siguen haciéndose en casa más que en sitios pensados para visitantes.
La agricultura sigue marcando el calendario. En otoño llega la recogida de la aceituna y durante el resto del año se suceden tareas de huerta, poda o mantenimiento de acequias. Si paseas por los caminos es fácil ver a gente trabajando la tierra como se ha hecho aquí toda la vida.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
Las celebraciones principales giran alrededor de la Inmaculada Concepción, patrona local, cada diciembre. Son fiestas bastante tradicionales, con actos religiosos y reuniones entre vecinos donde no suelen faltar platos caseros como migas o dulces fritos.
La Semana Santa también se vive en el pueblo, aunque en un formato mucho más pequeño que en las ciudades cercanas. Procesiones cortas, calles en silencio y familias participando juntas.
En verano suele haber verbenas y encuentros en la plaza cuando el calor baja al caer la noche. Más que un evento organizado al milímetro, se parece a una reunión grande del pueblo: música, conversación y gente que se queda charlando hasta tarde.
A comienzos de año también se celebra San Antón, muy ligado al mundo rural. La bendición de animales todavía mantiene su significado para quienes trabajan con ganado o viven del campo.
Cómo llegar
Desde Granada capital lo más habitual es bajar por la A‑44 en dirección a la costa y desviarse hacia el Valle de Lecrín a la altura de Dúrcal. A partir de ahí ya aparecen carreteras locales que llevan hasta los distintos núcleos del municipio.
El trayecto desde Granada ronda la media hora en coche si el tráfico acompaña.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por la zona. El valle está verde, las temperaturas son suaves y se entiende mejor por qué esta comarca ha sido históricamente una especie de despensa entre la montaña y la costa.