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sobre Cantoria
Villa señorial del valle con rico patrimonio arquitectónico; antigua sede del marquesado de los Vélez
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Lo primero que me llamó la atención en Cantoria fue escuchar inglés en el bar. No el inglés de los turistas de paso, sino ese de gente que pide "the usual" y charla con el dueño. En un pueblo de algo más de 3.500 habitantes, esa nota se repite. El Valle del Almanzora ha cambiado su sonido en las últimas décadas, y aquí se nota.
Una historia que se compró con maravedíes
La historia oficial dice que en 1515 el Marqués de los Vélez adquirió la villa por unos 2,5 millones de maravedíes. Es una de esas cifras que suenan a transacción inmobiliaria entre nobles: firma, pago y el lugar pasa a ser tuyo.
De aquel tiempo quedan historias alrededor de la iglesia principal. Circula que sus verjas de hierro forjado procedían originalmente de una iglesia madrileña y acabaron aquí tras algún viaje incierto. Esas piezas con pedigrí, recolocadas en un pueblo almeriense, dan una pista sobre cómo se construía entonces: con lo que había y con lo que llegaba.
El templo actual empezó a levantarse a comienzos del siglo XIX y tardó décadas en estar terminado. Las campanas y partes del órgano son recicladas, traídas de otros sitios. Un detalle que habla de pragmatismo, no de grandiosidad.
Conejo al ajillo y gazpacho caliente
Si comes aquí, es casi seguro que pruebes conejo. Es el plato local por excelencia, normalmente al ajillo o en guiso. Cada casa tiene su receta y su debate interno sobre la cantidad justa de vino o ajo.
Luego está el gazpacho cantoriano, que rompe todos los esquemas si vienes pensando en la sopa fría andaluza. Este es caldoso, caliente y contundente; uno de esos platos que te anclan a la silla un buen rato.
En las fiestas de agosto el ambiente se transforma. Se llenan las calles, huele a comida desde las peñas y se mezclan acentos: el andaluz cerrado del valle con el inglés relajado de quienes ya son vecinos.
Paseos sin aspavientos
No es la Sierra Nevada, pero si te apetece estirar las piernas hay algunas rutas cercanas.
Un sendero corto lleva a la Piedra del Lugar Viejo, unos dos kilómetros donde asoman restos de lo que probablemente fue un asentamiento andalusí. No esperes un yacimiento musealizado; es más bien un sitio para mirar con atención e intuir formas entre las piedras.
Otra opción es subir a la Torreta, una torre defensiva en una colina. La vista desde arriba explica el valle: ramblas secas, manchas verdes de cultivo y pueblos encajados en las laderas.
La Rambla de las Horcas es ese barranco que tiene dos caras: tras las lluvias parece un paisaje agreste, casi desolado; en primavera, con los almendros en flor, se vuelve otra cosa completamente distinta.
El motor es blanco y viene de la tierra
Lo que mueve Cantoria no está en una guía turística. Está bajo el suelo. La economía local gira alrededor del mármol; esta comarca es una potencia extractora y aquí se siente.
Por las carreteras circulan camiones con bloques enormes camino de las naves donde los transformarán. Esa piedra termina siendo encimera en alguna cocina lejana o revestimiento en un edificio de otra capital. Hay algo curioso en ver cómo un material tan local viaja medio mundo mientras la vida en el pueblo sigue su ritmo pausado, hecho de conversaciones largas en la plaza.
Mi impresión sobre Cantoria
¿Qué haces aquí? No vengas buscando la Andalucía decorada para fotos. Esto es un pueblo funcional, marcado por la agricultura dura, una industria pesada y una comunidad extranjera integrada a su manera.
A mí me funciona como parada para entender cómo vive este valle. Un paseo por el casco antiguo, una subida al mirador natural que forman las colinas cercanas y observar el ir y venir junto al mármol.
Los vecinos te lo dicen claro: aquí se vive del trabajo con la piedra. Lo demás —los recién llegados, algún visitante curioso— va surgiendo alrededor sin alterar demasiado el pulso del lugar. Como suele pasar por estos pueblos del interior: todo llega sin hacer mucho ruido