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sobre Fines
Municipio industrial del mármol; destaca por su escultura urbana y vía verde
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Las doce del mediodía y el sol pega en el mármol blanco del bulevar como si fuera un espejo partido. En Fines, la piedra no es solo la base de las casas: es el pavimento, el banco donde te sientas, la fuente donde te lavas las manos después de comer. El turismo en Fines empieza entendiendo eso: aquí casi todo sale de la misma montaña. Caminar por el pueblo es hacerlo sobre restos de mármol que alguien cortó, pulió y volvió a colocar en forma de calles.
El olor del polvo y el almendro
El término entero suele oler a madera de olivo quemada y a polvo de calcita. Es un olor seco que se te mete entre los dientes y que, cuando llueve –poco– se convierte en una pasta blanca que se pega a las suelas. En febrero, sin embargo, el aire cambia: los almendros florecen entre las canteras y el valle se vuelve más suave, casi dulce. El contraste es curioso: flores blancas y rosas entre montañas abiertas por la maquinaria.
Suele ser un buen momento para venir. Los días ya son templados, las noches todavía enfrían lo suficiente para que el aire esté limpio y el cielo tiene ese azul muy nítido que aparece en el interior de Almería cuando el Levante aún no ha levantado polvo.
Desde el cerro del Calvario se abre todo el Valle del Almanzora en una línea ondulada: olivos oscuros, cortes de mármol muy blancos, pueblos que aparecen y desaparecen entre las lomas. Abajo, las casas de Fines se agrupan con bastante densidad para un municipio de este tamaño. Las calles son estrechas y a veces las aceras apenas dan para pasar sin rozar la pared con el hombro.
Donde la piedra cobra forma
El lema municipal gira alrededor de la piedra, y tiene sentido. En el Museo de Esculturas al Aire Libre —en realidad un paseo largo que atraviesa el bulevar— aparecen figuras talladas en mármol de Macael: un Lorca mirando hacia el sur con la mano apoyada en el pecho, una mujer con cesta de cosecha, varias palomas abiertas en pleno vuelo.
Las piezas suelen estar hechas por artesanos del propio valle. Muchos aprendieron el oficio trabajando primero en cantera o en talleres de transformación de mármol, y luego empezaron a probar con la escultura. El paseo es público y se recorre a cualquier hora, aunque por la tarde la luz lateral marca mejor los pliegues y las sombras de la piedra.
La iglesia del Rosario queda en la parte alta. Desde fuera parece sobria, con la cal bastante limpia y un campanario sencillo. Dentro conserva una armadura mudéjar de madera que recuerda al casco invertido de un barco. El interior huele a cera y a madera vieja. No siempre está abierta todo el día; a veces se puede visitar por la mañana o al caer la tarde, y si la puerta está cerrada suele haber alguien cerca que tiene la llave.
La vía verde que no llega a ninguna parte
La Vía Verde de Fines sigue el trazado de un antiguo ferrocarril minero. Son unos tres kilómetros largos, rectos y bastante llanos, que salen del parque de la rambla y se adentran entre olivares. Mucha gente del pueblo lo usa para caminar al atardecer o para salir en bici.
No hay grandes obras de ingeniería ni túneles. Lo que acompaña el camino son los almendros alineados, la grava clara del suelo y, si te fijas, pequeñas vetas de mármol que brillan entre la tierra como trozos de vidrio.
El recorrido termina de forma abrupta, en una explanada donde antes hubo una pequeña estación. Hoy queda sobre todo el espacio vacío y un panel que recuerda lo que hubo allí. A mitad de trayecto, cuando ya no se oyen coches, llega desde lejos el golpe seco del trabajo en las canteras. Es un sonido irregular, metálico, que aparece y desaparece con el viento.
Cómo moverse por el pueblo
Llegar en coche es sencillo desde la autovía A‑7, tomando la salida hacia el Valle del Almanzora y siguiendo después una carretera local que sube poco a poco hasta el pueblo. En las calles exteriores suele encontrarse sitio para aparcar sin demasiada vuelta. En el centro, con calles tan estrechas, lo más práctico es dejar el coche fuera y moverse andando.
También hay autobuses que conectan el valle con la ciudad de Almería y con otros pueblos cercanos, aunque las frecuencias no siempre son altas, así que conviene mirar horarios antes de organizar el viaje.
Si puedes elegir, evita las horas centrales de julio y agosto. La piedra acumula calor durante el día y por la noche todavía lo suelta. En invierno y a finales del invierno —enero, febrero, marzo— el ambiente es más amable: los almendros empiezan a florecer, el aire se mueve algo más y el paseo por el bulevar se hace sin buscar sombra cada pocos metros.
Antes de volver a la autovía, si bajas la ventanilla un momento, todavía se nota el polvo fino de las canteras en el aire. Es un olor muy particular del valle, blanco y seco, que se queda un rato en la ropa.