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sobre Laroya
Pueblo escondido entre montañas de mármol; famoso por su turismo rural de calidad y tranquilidad
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A las cinco de la tarde, en lo alto de la calle Mayor, un grupo de ovejas pasa lentamente, arrastrando campanas que tintinean en el silencio de Laroya. La luz dorada del ocaso se cuela entre las fachadas encaladas y el aire, todavía con un leve frescor incluso en días cálidos, trae olor a polvo seco y tomillo. En ese momento, haciendo turismo en Laroya, uno entiende rápido el ritmo del lugar: aquí las horas siguen más al campo que al reloj.
Laroya se asienta en una ladera del Valle del Almanzora, a unos 860 metros de altitud. Desde lejos, el caserío parece una mancha blanca compacta que se adapta a la pendiente. Al entrar se nota enseguida: calles estrechas, cuestas cortas pero constantes y esquinas donde apenas pasa un coche. En verano, cuando el sol cae de lleno sobre la cal, caminar a mediodía puede hacerse pesado; lo más llevadero es moverse temprano o ya por la tarde.
Las casas conservan una arquitectura sencilla: muros encalados, ventanas pequeñas protegidas con rejas de hierro y tejados de teja curva. Muchas viviendas aún guardan corrales o pequeños huertos en la parte trasera. En algunas mañanas tranquilas se oyen gallinas, algún perro suelto y herramientas golpeando tierra.
El centro del pueblo
El núcleo gira alrededor de la iglesia de San Ramón. Su campanario se ve desde varios puntos del pueblo y sirve un poco de referencia cuando uno se pierde entre las cuestas. La fachada es sobria; dentro, la madera oscura y el desgaste de los bancos hablan de muchos años de uso cotidiano.
Muy cerca aparecen callejones estrechos y tramos donde el pavimento cambia de textura. En calles como Calle Real o en pequeños rincones con pilones todavía se escucha correr el agua de las fuentes públicas. En días tranquilos apenas pasa gente, salvo algún vecino que cruza despacio con bolsas o herramientas.
Caminar por los alrededores
En Laroya el entorno pesa más que los edificios. Alrededor del pueblo se extienden olivares que cubren las laderas con un verde apagado, casi gris cuando el viento mueve las hojas. Según la estación, el paisaje cambia bastante: en primavera los almendros salpican de flores rosadas las pendientes; en otoño las ramas de los olivos se cargan y el campo se vuelve más oscuro.
Desde algunos puntos altos del término se alcanza a ver parte del Valle del Almanzora y, en días claros, las sierras que lo rodean. El terreno alterna zonas de roca clara con bancales antiguos sostenidos por muros de piedra seca.
Hay caminos tradicionales que conectan con otros pueblos cercanos como Sierro o Tíjola. Muchos siguen trazados antiguos entre olivos y ramblas. No son senderos pensados para caminar rápido: aparecen piedras sueltas, tramos de tierra compacta y alguna sombra breve donde parar. Si vas a recorrerlos, mejor llevar agua incluso en primavera; el sol aquí aprieta antes de lo que parece.
En los alrededores todavía quedan cortijos dispersos y corrales abandonados. Al atardecer el silencio se hace más marcado y lo único que suele oírse es el viento en los olivos o algún ave cruzando el valle.
Cocina de casa
La comida que se encuentra en el pueblo suele estar ligada a lo que se produce alrededor: aceite de oliva, pan hecho en hornos tradicionales y dulces sencillos con miel o frutos secos. En reuniones familiares o días fríos aparecen platos contundentes —migas, guisos lentos— pensados más para el trabajo en el campo que para una mesa de restaurante.
No es raro que los vecinos hablen de matanzas domésticas o de productos hechos en casa. Son costumbres que todavía se mantienen en muchas viviendas del entorno.
Fiestas que reúnen a quienes se fueron
El calendario festivo gira sobre todo en torno a celebraciones religiosas. En agosto suele celebrarse la festividad de San Ramón Mártir, cuando regresan al pueblo personas que viven fuera y las calles recuperan algo de movimiento.
Las procesiones recorren las calles estrechas con bastante cercanía entre vecinos. No hay grandes montajes; más bien una sensación de encuentro entre gente que se conoce desde siempre.
La Semana Santa también se vive de forma sobria, con recorridos cortos por el casco urbano. En Navidad, algunas noches se escuchan villancicos acompañados por guitarras o palmas en la plaza o dentro de la iglesia.
Cómo llegar y cuándo ir
Laroya queda apartada de las carreteras principales del valle. El acceso se hace por carreteras comarcales con bastantes curvas, sobre todo en los últimos kilómetros. Conviene conducir sin prisa y calcular algo más de tiempo del que marca el mapa.
Al llegar, lo habitual es dejar el coche en las zonas más abiertas de la entrada del pueblo y seguir andando. Dentro del casco antiguo hay tramos donde apenas cabe un vehículo.
Para pasear con calma, primavera y otoño suelen ser los momentos más agradecidos. En verano, a partir del mediodía, el calor se queda atrapado entre las casas blancas y caminar por las cuestas puede hacerse largo.
Laroya no es un lugar de mucho movimiento ni de tiendas. Funciona mejor como parada tranquila dentro de una ruta por el Valle del Almanzora o por la cercana Sierra de los Filabres: un rato para caminar despacio, sentarse en algún banco y escuchar cómo el pueblo baja el volumen cuando cae la tarde.