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sobre Líjar
Pueblo conocido por su histórica declaración de guerra a Francia; situado en la Sierra de los Filabres
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A primera hora, cuando el sol todavía entra de lado por el valle del Almanzora, el silencio en Líjar es casi completo. Una persiana se levanta, alguien barre la acera con una escoba de palma y el agua que cae de un cubo corre despacio por el borde de la calle. En el turismo en Líjar no hay grandes gestos ni monumentos que acaparen la mirada: lo que queda es la vida cotidiana, las casas encaladas pegadas a la ladera y ese ritmo tranquilo que todavía marca el campo.
Con menos de 400 habitantes, el pueblo se organiza en pocas calles que suben y bajan con pendiente. Muchas mañanas se oyen antes los gallos que los coches. Aquí el movimiento lo marcan las huertas, los olivos y los pequeños desplazamientos de un vecino a otro portal. La cercanía con la provincia de Murcia —no queda muy lejos— se nota a veces en el habla y en algunas costumbres que se comparten a ambos lados de la sierra.
La historia escrita en sus muros
La iglesia parroquial de San José ocupa el centro del pueblo. El edificio actual suele situarse en torno al siglo XVI, aunque como ocurre en muchos pueblos de la zona ha tenido arreglos y cambios con el paso del tiempo. Por fuera es sobria: muros gruesos, una fachada clara que refleja la luz del mediodía y una plaza pequeña donde la gente se detiene a charlar.
Algunas calles alrededor conservan trazados antiguos. Las fachadas encaladas tienen ventanas pequeñas, rejas oscuras y puertas de madera que muestran el desgaste de los años. Caminar por aquí implica ir despacio: la pendiente obliga a medir los pasos, y en cada esquina aparece un hueco desde el que mirar el valle.
En la parte alta del pueblo quedan restos de una antigua fortificación que hoy funciona como mirador. No queda demasiado de la estructura original, pero la vista compensa la subida: el valle del Almanzora se abre ancho, con parcelas de almendros y olivos dibujando líneas irregulares sobre la tierra clara. Si subes al atardecer, la luz cae sobre las laderas con un tono dorado bastante limpio.
Caminos alrededor del pueblo
El paisaje que rodea Líjar se recorre mejor a pie. Hay caminos agrícolas que salen del propio casco urbano y se pierden entre almendros, bancales y pequeñas zonas de monte bajo. Muchos de esos senderos llevan décadas utilizándose para trabajar el campo, así que no siempre están señalizados.
Conviene llevar una ruta descargada en el móvil o un mapa sencillo. También es buena idea evitar las horas centrales del verano: el sol aquí cae con fuerza y apenas hay sombras largas fuera del pueblo.
En primavera, cuando florecen los almendros, el valle cambia de color durante unas semanas. En otoño el paisaje se vuelve más seco y ocre, pero el aire suele ser más claro y se ven rapaces planeando sobre las laderas rocosas. Si te paras un rato en silencio, lo normal es oír mirlos, algún cernícalo y el viento moviendo las ramas más altas.
Casas, patios y pequeños detalles
Uno de los placeres de pasear por Líjar es fijarse en lo pequeño. Las macetas de geranios en las ventanas, las paredes encaladas donde la cal ya no es del todo blanca, las chapas metálicas de puertas que han pasado por muchas manos.
A última hora de la tarde, cuando el sol baja detrás de las sierras, la luz entra horizontal por las calles estrechas y resalta la textura del yeso y de las piedras del suelo. Es el momento en que más vecinos salen a la puerta y el pueblo recupera un poco de conversación.
Sabores que vienen del campo
La cocina que se prepara en las casas del pueblo sigue muy ligada al campo cercano. En invierno aparecen guisos más contundentes —con legumbres, verduras de temporada y carne— y en verano mandan los platos sencillos con tomate, cebolla, aceite de oliva y pan.
Las almendras tienen bastante presencia en la repostería tradicional. También es habitual el uso del aceite producido en la zona, que aquí se utiliza prácticamente para todo, desde los guisos hasta los dulces.
Fiestas y vida del pueblo
Las celebraciones principales suelen concentrarse en verano, cuando regresan muchos vecinos que viven fuera durante el resto del año. Las calles se llenan más de lo habitual y las reuniones se alargan hasta la madrugada en plazas y patios.
También se mantienen algunas celebraciones religiosas a lo largo del año. No son actos multitudinarios: suelen ser procesiones breves por las calles del centro, acompañadas por vecinos y familiares.
Cómo llegar y cuándo venir
Líjar se encuentra en el Valle del Almanzora, en el interior de la provincia de Almería. Desde la capital se tarda algo más de una hora en coche, combinando autovía y carreteras comarcales que atraviesan pueblos del valle.
El coche es prácticamente necesario para moverse por la zona. Dentro del casco urbano se puede aparcar en las entradas del pueblo y recorrer el resto caminando.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para acercarse: la luz es más suave y se puede caminar por los alrededores sin el calor fuerte del verano. En los meses más cálidos conviene salir temprano por la mañana o esperar a que el sol empiece a caer.