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sobre Macael
Capital mundial del mármol; todo en el pueblo gira en torno a la piedra blanca y su industria
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A las ocho de la mañana, cuando entras en Macael, el sol ya pega en los montones de mármol cortado y la luz rebota como si el suelo estuviera cubierto de nieve. Pero no hace frío: el aire es seco, mineral, y huele un poco a polvo y a aceite de máquina. En la carretera de entrada, los bloques blancos apilados parecen iglús gigantes. Un camión pasa cargado de losas y el ruido de una cinta transportadora se mezcla con el canto de una cogujada que ha hecho su nido en la única higuera del barranco.
El pueblo que se come el mundo
Macael no es bonito en el sentido clásico. Las casas son bajas, de fachada recta, muchas recién enlucidas con ese blanco mate que se ensucia enseguida. Pero hay algo en la proporción de sus calles —anchas para el tráiler que lleva mármol— que resulta honesto.
El centro es un cruce: a un lado la iglesia del Rosario, con su torre cuadrada de ladrillo; al otro, una fuente de leones esculpida en el mismo mármol que sale de las canteras. La réplica recuerda a la de la Alhambra. Si levantas la vista y ves la sierra seca alrededor, el efecto dura poco: el sonido que manda aquí no es el de las cámaras de fotos, sino el de las sierras de corte que trabajan desde primera hora.
La piedra marca el ritmo del pueblo desde hace siglos. Los romanos ya explotaban estos filones y, con el ferrocarril del siglo XIX, los bloques empezaron a viajar mucho más lejos. Hoy buena parte del mármol que se utiliza en España sale de esta sierra. Es probable que lo hayas pisado alguna vez sin saberlo: en patios, escaleras o encimeras que han salido de aquí.
Migas y morcilla a mediodía
A eso de las doce, cuando todavía quedan pocos bares abiertos, el olor a comida se escapa a la calle: ajo, panceta, pimentón dulce. Las migas de aquí no se parecen demasiado a las de otras zonas. Se preparan con sémola de trigo, que se humedece la noche anterior, y luego se trabaja despacio en la sartén grande con aceite de oliva.
Al final aparecen la longaniza local y trozos de panceta que se doran hasta quedar crujientes. Las migas quedan sueltas, doradas por fuera y más tiernas por dentro. A veces llegan con uvas pasas si es tiempo de vendimia; en invierno no es raro verlas acompañadas con gajos de naranja. Ese contraste dulce y salado funciona mejor de lo que parece.
Para beber, en algunos sitios preparan mistela casera: aguardiente de uva con azúcar y piel de limón que se deja reposar durante meses. Se sirve en vaso pequeño y calienta el cuerpo rápido, algo que se agradece cuando el viento levanta polvo de cantera y el aire raspa un poco la garganta.
El sendero que cruza la herida blanca
A la salida del pueblo, una señal indica el Sendero del Mármol, un recorrido corto que se adentra en la sierra. Empieza entre pinos carrascos y lentiscos que se agarran a la ladera. Diez minutos después el paisaje cambia: aparece la roca blanca acumulada en montones y taludes, como si alguien hubiese vaciado media montaña.
Las paredes de una cantera antigua suben casi verticales. A mediodía la luz rebota tanto que conviene llevar buenas gafas de sol. En la parte baja se conservan restos de una villa romana; los mosaicos están protegidos por una cubierta sencilla que se ve desde el camino.
El sendero termina conectando con carriles por los que circulan camiones de las canteras. El ruido se queda rebotando entre los taludes y ayuda a entender hasta qué punto la sierra sigue trabajando.
Cada mes de mayo, el pueblo suele celebrar una fiesta dedicada a los canteros. Tiene que ver con un proceso histórico, a mediados del siglo XX, cuando la gestión de las canteras cambió y pasó a estar más vinculada al municipio. Ese episodio todavía se recuerda en el balcón del ayuntamiento, con lectura pública incluida.
Cuándo ir y qué evitar
Las canteras no paran prácticamente en todo el año, así que Macael mantiene actividad constante. El verano puede ser duro: en julio y agosto el calor se queda pegado al mármol y caminar a pleno sol se hace pesado.
Octubre suele ser un momento más agradecido para acercarse. El aire baja algo de temperatura y en el valle cercano empieza el movimiento de la vendimia, así que a ratos llega ese olor a mosto que se mezcla con el polvo blanco de la sierra.
Si vienes en invierno un fin de semana, el pueblo cambia bastante. Hay menos tráfico de camiones y el sonido de la campana de la iglesia se oye incluso desde las afueras.
No esperes muchas tiendas de recuerdos. A veces el mejor souvenir es un trozo de mármol descartado en la cantera, esos bordes que sobran después del corte y que algún cantero puede darte si preguntas con educación. Pesa más de lo que parece; en el maletero del coche suena como una piedra suelta cada vez que frenas.