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sobre Tíjola
La perla del Almanzora; destaca por la Balsa de Cela y su patrimonio histórico
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Si vienes a hacer turismo en Tíjola, lo primero es resolver el coche. El centro tiene calles estrechas y a ciertas horas se complica. Lo más práctico suele ser dejarlo cerca del paseo y moverse andando. El pueblo no es grande.
Desde la calle Mayor acabas en una fuente de mármol con tres leones escupiendo agua. Mucha gente pasa sin mirarla. Lleva ahí mucho tiempo. Cuentan que el mármol vino de Macael y que se puso para que los vecinos dejaran de ir al río a por agua. Un vecino que pasea al perro lo explica así. También dice que el lugar antes se llamó Tagilit, luego Tachola y ahora Tíjola. El río Almanzora pasa cerca y marca bastante el paisaje del valle.
Lo que encontrarás (y lo que no)
Tíjola ronda los 3.500 habitantes. Es un pueblo normal del interior de Almería. Casas blancas, persianas bajadas a la hora de la siesta y gente que madruga.
En la plaza hay un quiosco de música que casi nunca se usa y varias terrazas donde el café lo sirven en vaso de vidrio grueso. La iglesia domina el centro. La campana actual es relativamente reciente; la anterior, según cuentan aquí, se perdió durante la guerra. Dentro guardan una imagen de la Virgen del Socorro que, según la tradición local, llegó por mar desde Italia hace siglos. El 15 de agosto la sacan en procesión y el pueblo se llena bastante más de lo habitual.
El resto del año la vida va a otro ritmo. Campo, talleres, comercios de toda la vida y poco movimiento a partir de media tarde.
Subir a la Cruz de Tercia
Si te apetece caminar, sal del pueblo en dirección a Serón. A unos cientos de metros aparece un desvío señalizado hacia la Cruz de Tercia. El sendero sube por el monte varios kilómetros. No es un paseo corto.
En verano el calor aprieta de verdad en el Valle del Almanzora, así que agua y gorra. Arriba hay una cruz de hierro bastante castigada por el tiempo. Desde ese punto se ve el valle entero: olivos, cortijos dispersos y Tíjola encajada entre las lomas.
Alguien dejó un mensaje en una botella junto a la cruz: “María vuelve, que el pueblo sigue igual”. Lleva allí tiempo.
Comer sin folklore
Aquí no hay menús pensados para quien viene de fuera. Lo normal es preguntar qué han hecho hoy.
Los gurullos con liebre suelen aparecer algunos domingos. También la olla de trigo, que es un guiso contundente con alubias y carne, y las migas con chorizo y ajos. Platos de la zona, sin demasiadas vueltas.
En fiestas aparecen dulces caseros: roscos de vino con anís, pestiños con miel y cosas de ese estilo. Muchos salen de cocinas particulares del pueblo.
Cuándo ir (y cuándo no)
Mayo suele ser buen momento. El valle está más verde y el calor todavía no aprieta tanto. El primer domingo de ese mes la gente sube caminando al santuario de la Virgen del Socorro. Son un par de horas por camino de tierra. Se sube charlando, se comen bocadillos y luego cada uno vuelve a su ritmo.
Agosto es duro. El calor se queda incluso por la noche.
En enero celebran San Antón con hogueras en la calle. Si vienes esos días, trae abrigo. En el valle el frío cala más de lo que parece.
El consejo de siempre
Tíjola se ve en una mañana tranquila. Aparca fuera del centro y entra andando.
Pasa por la fuente de los leones y por el pequeño museo local, donde guardan el llamado Ídolo de Tíjola, una figura de piedra prehistórica encontrada en una obra hace años. No es grande, pero tiene su historia.
Después café en la plaza y poco más.
No busques tiendas de recuerdos ni nada montado para el turismo. Esto es un pueblo que sigue con su rutina. Y ya está. A veces eso es suficiente.