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sobre Zurgena
Pueblo marcado por el ferrocarril y la historia; cuenta con una antigua estación de tren restaurada
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Zurgena es como ese pueblo que recuerdas más por lo que pasó allí que por un monumento concreto. Estás paseando por la antigua estación —medio en silencio, medio olvidada— y caes en la cuenta de que por aquí pasaban trenes de verdad, con gente que venía y iba entre Granada, Murcia y el Levante. La línea dejó de funcionar a mediados de los 80, que en términos de historia ferroviaria es casi ayer.
Dos Zurgenas en una
Para entender Zurgena hay que asumir que en realidad son dos núcleos. Como esos hermanos que crecieron juntos pero acabaron viviendo cada uno a su manera.
Por un lado está el casco antiguo, en el cerro del Castillo, con calles que suben sin pedir permiso y casas adaptadas a la pendiente como pueden. Y por otro La Alfoquía, el llamado Barrio de la Estación, que nació alrededor del tren y tiene otra lógica: calles más rectas, más espacio, más sensación de pueblo que se expandió cuando el ferrocarril mandaba.
El núcleo antiguo tiene su gracia. Subes despacio, giras una esquina y aparece la iglesia de San Ramón Nonato, que mezcla épocas y reformas como tantos templos de la zona. Si continúas un poco más, cerca de la torre del reloj, se abre la vista hacia el Valle del Almanzora. Es de esos puntos donde te paras un momento sin darte cuenta.
Cuando el tren dejó de pasar
La estación sigue siendo uno de los lugares más curiosos de Zurgena. No porque esté restaurada ni convertida en museo —más bien al contrario— sino por ese aire de infraestructura que se quedó congelada cuando el tren dejó de pasar.
Los edificios de finales del siglo XIX aún están allí, junto a los silos y las antiguas instalaciones ferroviarias. Paseas por el andén vacío y es fácil imaginar el movimiento que habría aquí cuando el valle tenía más actividad minera y agrícola.
Los vecinos mayores todavía cuentan historias del tren: los viajes, el trasiego de mercancías, la gente que llegaba o se marchaba. Ese tipo de memoria que se transmite más en conversación que en paneles informativos.
Muy cerca de la zona de la estación hay restos de una antigua calzada que formaba parte del camino histórico entre Granada y Murcia. Está señalizado en algunos puntos, aunque lo que se ve hoy son tramos sueltos de piedra. Más que un gran monumento, es uno de esos detalles que recuerdan que este valle ha sido paso desde hace siglos.
El cerro del Castillo
El llamado Castillo de los Correos suena más grande de lo que realmente es. En la práctica, lo que queda es una estructura defensiva pequeña, vinculada a la vigilancia del paso por el valle. No es el típico castillo de murallas y torres, así que conviene ajustar las expectativas.
Lo interesante es el lugar. El cerro domina el entorno y deja claro por qué los primeros asentamientos se situaron aquí arriba: desde este punto se controla el valle entero.
Durante la etapa andalusí hubo presencia religiosa en la zona y, tras la conquista cristiana en el siglo XVI, muchos espacios cambiaron de función. Es una historia bastante común en pueblos del interior de Almería.
Fiesta y mercado
Si hay días en los que Zurgena se mueve más de lo habitual suelen coincidir con su semana cultural, que normalmente se celebra en agosto. Durante esos días el ambiente cambia bastante: atracciones, conciertos, actividades en la calle y mucha gente que vuelve al pueblo en verano.
También llama la atención la mezcla de vecinos. En el valle vive desde hace años una comunidad extranjera bastante numerosa, sobre todo británica, así que en esas fechas escuchas español e inglés casi a partes iguales.
El mercado de los viernes es otro momento curioso de la semana. No es enorme, pero mantiene ese formato clásico de mercado ambulante donde encuentras fruta de la zona, ropa, utensilios de casa y algún puesto que siempre acaba rodeado de críos mirando golosinas.
Consejo de amigo
Yo lo vería con calma y sin grandes planes. Aparca por la zona de La Alfoquía, acércate a la antigua estación para entender un poco la historia del lugar y luego sube hacia el casco antiguo.
Desde arriba, con el valle delante, se entiende mejor por qué el pueblo está donde está.
No es un sitio que te vaya a ocupar todo un fin de semana. Más bien funciona como parada tranquila si estás recorriendo el Valle del Almanzora. Das una vuelta, entiendes la historia del tren, miras el paisaje un rato… y sigues camino con la sensación de haber pasado por un lugar real, de esos que siguen a su ritmo.