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sobre Alhaurín de la Torre
Ciudad dormitorio en expansión cercana a la capital que destaca por sus numerosas zonas verdes y calidad de vida residencial
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Las siete de la tarde en Alhaurín de la Torre huele a naranja quemada. No es metáfora: es el azahar que se seca en las aceras después del riego, mezclado con el humo de las primeras brasas en los patios. Desde el parque de la Constitución se abre el Valle del Guadalhorce como una manta de huertas e invernaderos que, cuando el sol se inclina, reflejan la luz en destellos blancos. A esa hora los vecinos sacan sillas a la puerta, los niños cruzan la plaza corriendo y el reloj de la iglesia de San Sebastián suele ir unos minutos por detrás del resto del mundo.
El pueblo que no quiere dormir
Alhaurín de la Torre vive pegado a Málaga —menos de veinte kilómetros— y a la costa. Mucha gente entra y sale cada día: trabajo, instituto, compras. Por la mañana los autobuses llenan la avenida de Andalucía y por la tarde vuelven con la misma rutina cansada de cualquier ciudad cercana al mar.
Aun así, el pueblo se resiste a convertirse solo en un lugar donde dormir. A media tarde las terrazas de la calle Málaga se llenan bajo un toldo tejido con piezas de crochet que las vecinas suelen colgar en verano. Desde abajo parece una red de lana blanca que filtra la luz y deja la calle en una sombra suave, muy agradecida en julio. Es uno de esos detalles que recuerdan que aquí todavía hay gente que se conoce de años.
En el Jardín Oriental Bienquerido el ruido cambia. El agua cae en una fuente central con ese sonido continuo que recuerda a las acequias de la vega. Bajo los árboles suele haber jubilados jugando a las cartas o leyendo el periódico. Un hombre con boina me dijo una vez que el jardín era “como traer un trozo de cielo al suelo sin pagar entrada”. Si te sientas un rato entiendes a qué se refiere: los cipreses recortan el azul en triángulos y el aire huele a tierra húmeda incluso en días secos.
Cuando el viento trae olor a mar
En las colinas que rodean el pueblo hay un campo de golf bastante conocido en la zona. Desde algunos hoyos, si el día está limpio, se adivina el Mediterráneo entre los pinos. Los domingos es fácil ver grupos de extranjeros arrastrando carros de palos y comentando el viento de levante, que aquí aparece de repente y te cambia la partida.
Bajando de esas lomas, la carretera vuelve al ritmo del pueblo: coches aparcados en doble fila, alguna panadería abierta y el olor a churros que sale de una freidora al caer la tarde.
En una de las urbanizaciones cercanas hay también una tirolina larga que cruza una pequeña vaguada. El trayecto dura apenas unos segundos, pero desde arriba se ve el pueblo como un mosaico de tejados rojizos, piscinas rectangulares y calles que bajan hacia la vega. En verano suele haber bastante movimiento; en invierno el silencio vuelve rápido.
La feria que no termina
San Juan es uno de esos momentos del año en que Alhaurín de la Torre cambia de ritmo. Durante varios días de junio el recinto ferial se llena de casetas, música y olor a sardinas asadas. Las mesas aparecen en las calles, las familias cenan fuera y la conversación se alarga hasta bien entrada la madrugada.
Mucha gente aprovecha la noche para acercarse a la playa —Torremolinos queda a un corto trayecto en coche— y cumplir con la costumbre de mojarse los pies o meterse en el agua pasada la medianoche. Luego el regreso es lento: arena en el coche, ventanillas abiertas y la sensación pegajosa del verano empezando.
Más avanzado el verano suele celebrarse la feria dedicada a Santa Amalia. Es más de barrio: atracciones, música de fondo y familias paseando sin prisa entre los puestos. En invierno llega la Candelaria, cuando las mantillas vuelven a verse en la iglesia y en la puerta se forman corrillos donde se habla de fútbol, de cosechas o de cómo viene el año.
Lo que queda cuando se va el sol
Al caer la noche, el paseo de los Arcos de Zapata se queda en una penumbra tranquila. El viejo acueducto —del siglo XVIII, aunque nunca llegó a terminarse del todo— aparece como una hilera de arcos de ladrillo que atraviesan el paisaje durante varios kilómetros. De día es un buen lugar para caminar o ir en bicicleta; de noche queda casi en silencio, salvo por algún grupo de chavales que se reúne entre las sombras.
En el centro del pueblo las heladerías siguen abiertas hasta tarde durante los meses cálidos. Los sabores cambian cada temporada, pero el mango suele desaparecer rápido cuando empieza el calor fuerte. A pocos metros, uno de los viveros grandes del municipio coloca cada año decoraciones según la época: en otoño aparecen calabazas y esqueletos de jardín; en diciembre, renos luminosos. Mucha gente se acerca solo para hacerse una foto entre las plantas.
Cómo llegar y cuándo ir con más calma
Alhaurín de la Torre queda muy cerca del aeropuerto de Málaga y de la autovía del Mediterráneo, así que llegar en coche es sencillo. El problema no es tanto la distancia como el momento: en agosto y algunos fines de semana las urbanizaciones cercanas a la costa multiplican el tráfico y moverse por el centro puede volverse lento.
Los martes suele montarse mercado al aire libre en la plaza de Andalucía. Hay puestos de fruta de la vega, mangos que llegan de la Axarquía cuando es temporada y bastante ambiente de barrio.
Si puedes elegir, octubre es un buen momento para pasear por el pueblo. Las noches empiezan a refrescar pero durante el día todavía se vive en la calle. Las sillas siguen en las puertas, el aire trae olor a pan recién hecho de alguna esquina cercana y el verano, aunque ya se haya ido, parece que aún no se ha dado cuenta.