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sobre Alhaurín el Grande
Localidad histórica situada en la falda de la sierra de Mijas con un rico patrimonio cultural y agrícola
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Las campanas de la Encarnación dan las diez cuando el sol ya calienta las losas de la plaza. Un hombre saca mesas a la terraza y el ruido rebota bajo los soportales, hueco, como dentro de una iglesia. Huele a pan recién hecho y a azahar que llega desde la vega, mezclado con ese olor seco de la cal blanca cuando el aire viene del interior.
Desde el atrio de la iglesia la mirada se va sola hacia el Valle del Guadalhorce. Filas de limoneros muy verdes, casas sueltas con teja árabe y, cerrando el horizonte, la sierra de Mijas que a mediodía se vuelve de un azul oscuro. El paisaje ha cambiado con los años —más chalets, más carreteras— pero la forma del valle sigue siendo la misma: una llanura ancha que se abre entre sierras y donde Alhaurín el Grande queda apoyado, casi pegado a la montaña.
El pan y los oficios que quedan
En el pequeño museo dedicado al pan —un edificio sencillo que por fuera parece más un taller que una sala de exposiciones— se conservan hornos antiguos, artesas de madera y herramientas que hablan de cuando buena parte del pueblo vivía de amasar. A veces se hacen demostraciones de cómo se trabajaba la masa a mano, con movimientos lentos y harina flotando en el aire. El pan tradicional de aquí suele llevar un toque de especia y algo de vino en la masa, una costumbre que todavía se recuerda en muchas casas.
A unos kilómetros del casco urbano, siguiendo el curso del Fahala, queda el molino de los Corchos. Hoy es más bien un rincón tranquilo junto al agua, con la piedra húmeda y la vegetación cerrándose alrededor. El edificio se ha restaurado y permite entender cómo funcionaban estos molinos hidráulicos que durante siglos aprovecharon la fuerza del río. Después de lluvias fuertes el sonido del agua llena todo el paraje y apenas se oye otra cosa.
La sierra de Mijas, justo detrás del pueblo
La sierra empieza casi en cuanto se dejan atrás las últimas casas. Hay varios senderos que suben entre pinos carrascos y monte bajo; algunos arrancan cerca del cementerio y enseguida se meten en terreno pedregoso. No es alta montaña, pero el desnivel se nota.
A media subida aparecen claros desde los que el Valle del Guadalhorce se ve entero: parcelas rectangulares, caminos agrícolas, pueblos blancos separados por manchas de cultivo. Alhaurín queda abajo, compacto, rodeado de verde.
Conviene llevar agua y evitar las horas centrales del día en verano. La roca clara refleja mucho calor y la sombra escasea en algunos tramos. En primavera el monte cambia por completo: romero, tomillo y jaras perfuman el camino, y el aire suele estar más limpio después de las lluvias.
Fiestas con la vega de fondo
La romería de San Isidro suele celebrarse en primavera y baja hacia la zona del río con carretas, caballos y familias enteras pasando el día en el campo. Es una de esas jornadas en las que el pueblo se vacía poco a poco por la mañana y reaparece al atardecer, cuando las carretas vuelven levantando polvo por los caminos.
A comienzos del otoño llega la Feria de la Pasa, ligada a la uva moscatel que se cultiva en muchos puntos de la comarca. Durante esos días aparecen puestos con productos de la tierra y dulces tradicionales que todavía se preparan en algunas casas: masas fritas con vino, azúcar y especias que dejan los dedos pegajosos.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Entre marzo y abril la vega está especialmente viva. Los cítricos en flor perfuman el aire y las tardes se alargan lo justo para caminar sin prisa por los caminos agrícolas que rodean el pueblo.
En pleno agosto el calor aprieta bastante. La vida se desplaza hacia primeras horas de la mañana y, sobre todo, hacia la noche. Si buscas tranquilidad, mejor evitar los fines de semana de verano y las horas centrales del día.
En invierno ocurre lo contrario de lo que muchos esperan en Málaga: cuando cae el sol la humedad del valle se nota y conviene llevar algo de abrigo.
Al caer la tarde, cuando la luz baja desde la sierra, las fachadas blancas se vuelven doradas durante unos minutos. El tráfico se calma, se oyen pasos en las calles estrechas y desde alguna casa llega olor a leña. La sierra queda recortada contra el cielo, oscura, como si cerrara el pueblo por detrás. Y el valle, ya en sombra, empieza a desaparecer poco a poco.