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sobre Almogía
Pueblo de origen árabe situado en los Montes de Málaga con calles pendientes y tradición en la música de verdiales
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Los viernes hay mercado en la plaza. Poca cosa: fruta, algo de ropa y un puesto de queso que suele venir de fuera. Aun así rompe el silencio. El turismo en Almogía funciona así, a pequeña escala. El pueblo tiene algo más de cuatro mil vecinos y se descuelga por la ladera de un monte a unos 20 y pico kilómetros de Málaga. No esperes un centro histórico lleno de tiendas ni nada parecido.
Cómo llegar y dónde dejar el coche
Aparca en cuanto veas un hueco razonable. La carretera de acceso ya avisa de lo que viene después: calles estrechas y cuestas que obligan a tirar de primera. En el centro hay coches colocados en ángulos raros y aceras mínimas.
Si llegas en verano y a media mañana, te tocará dejar el coche abajo y subir andando. El resto del año suele haber sitio cerca de la plaza de la Constitución, donde pintaron unas plazas hace tiempo.
Qué ver en el centro
La Iglesia de la Asunción ocupa el punto más alto. Es del siglo XVI y mezcla cosas renacentistas con añadidos posteriores. La puerta suele estar abierta. Dentro huele a cera vieja y madera. Las bancas crujen.
Enfrente quedan restos del antiguo castillo. Poco más que muros y un mirador. La torre aguantó hasta finales del siglo XV, cuando la zona pasó a manos castellanas. Hoy la gente sube a charlar y a mirar el valle.
Bajando por la calle Real aparecen las casas blancas de siempre, con marcos de ventana pintados en ocre. No hay demasiada puesta en escena. Hay ropa tendida, macetas y algún perro que ladra todo el día.
Fiestas y comida del pueblo
La víspera de San Juan queman los llamados júas. Cada barrio monta su hoguera con muebles viejos y muñecos de trapo. A medianoche empiezan los petardos y el humo baja hacia el valle. Los jóvenes saltan las brasas. Los mayores se quedan alrededor hablando.
A finales de septiembre suelen dedicar un día a la almendra, que aquí ha sido cultivo importante. En la plaza preparan dulces fritos con miel y ajoblanco con almendra de la zona. Se come de pie, en corrillos.
En ferias de barrio aparece otra constante: la caldereta de chivo. Plato serio. Carne con hueso, caldo espeso y pan para mojar. Sales con la camisa manchada y nadie se preocupa demasiado por eso.
Los verdiales de Almogía
Aquí el baile lo llaman fandango. Si dices verdiales, más de uno te corregirá.
El estilo local es rápido y suele llevar violín al frente. Los cantes duran poco y se encadenan uno detrás de otro. Cuando se juntan músicos del pueblo, aquello va ligero y ruidoso. No es música de escenario; es más bien de reunión larga y vasos en la mesa.
Cuándo venir y subir al Santi Petri
Marzo y abril suelen ser los meses más agradables. El campo alrededor se llena de almendros en flor y la temperatura permite andar sin achicharrarse.
Si te gusta caminar, sube al cerro Santi Petri. El sendero arranca detrás del cementerio y tarda unos tres cuartos de hora en llegar arriba, más o menos. Desde la cima se abre todo el valle del Guadalhorce.
Lleva agua. No hay fuentes en el camino y el sol pega incluso en invierno. Y procura bajar con luz. En cuanto sales del pueblo la cobertura falla y los carriles se parecen bastante entre sí.