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sobre Álora
Histórica localidad dominada por un castillo árabe y puerta de entrada al famoso Caminito del Rey y Desfiladero de los Gaitanes
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Las campanas de la Encarnación dan las ocho cuando el sol todavía no ha salido del todo sobre el Guadalhorce. Desde el mirador de Alí Ben Falcún, las casas blancas de Álora parecen apretujarse contra la ladera como si buscaran refugio del viento. Abajo, en la plaza, los primeros cafés ya sirven el cortado en vasos de cristal grueso y los panes catetos todavía están tibios. Es un buen momento para entender cómo empieza el día aquí y también para hacerse una idea de cómo se vive el turismo en Álora: despacio al principio, antes de que los coches empiecen a subir por la carretera en dirección al Caminito del Rey.
La piedra que canta
El castillo aparece de repente, cuando giras una esquina y el callejón se abre como un embudo hacia el cerro. Allí está, plantado sobre la roca. Las murallas, de origen andalusí, conservan ese tono ocre que solo tienen las piedras muy tocadas por el sol. Dentro, la capilla gótica es tan pequeña que casi sorprende verla dentro de una fortaleza así. Entre los arcos y el silencio se entiende mejor por qué a Álora todavía se la menciona en el viejo romance como “la bien cercada”.
El texto está grabado en una placa cerca de lo que fue la entrada principal. Lo lees casi sin querer: “Álora la bien cercada / por el rey don Fernando…”. El romance recuerda la conquista castellana del siglo XV. Más allá de la leyenda, lo que queda es la sensación de altura y de vigilancia: desde aquí el valle se abre entero y el viento suele subir desde el sur, seco y con olor a campo.
El tiempo de los espárragos
En primavera, cuando la sierra de Hacho se vuelve más verde, los espárragos trigueros empiezan a aparecer entre los olivos y los ribazos. Todavía hay gente que sale a buscarlos con una navaja pequeña y una bolsa de tela. No es raro oír hablar de la primera tortilla de la temporada como si fuera un pequeño acontecimiento doméstico.
La sopa perota sigue teniendo presencia en muchas cocinas del pueblo. Pan asentado, tomate, pimiento, ajo y aceite de oliva trabajando juntos en una olla grande. Es un plato de aprovechamiento, de los que nacieron cuando no se tiraba nada. A veces se acompaña con uvas cuando están en temporada, algo que al principio desconcierta pero termina funcionando.
El cante que se queda en las plazas
Al caer la tarde, en las plazas del centro histórico, no es extraño que aparezca una guitarra. No siempre hay escenario ni público pendiente; a menudo son reuniones pequeñas, casi de vecinos. En esta parte del valle el cante por malagueñas tiene mucha presencia desde hace generaciones.
Cerca del Monumento al Cante, donde una fuente recuerda a varios cantaores ligados al pueblo, el agua cae con un hilo constante. Los nombres en el bronce sirven de recordatorio, pero el ambiente flamenco sigue apareciendo de forma más sencilla: una ventana abierta, una voz que arranca y alguien marcando el compás con los nudillos en la mesa.
La subida al castillo
La subida al castillo conviene hacerla temprano. Antes de media mañana la piedra todavía guarda algo de frescor y las calles empinadas se llevan mejor. Son escaleras de las que obligan a parar un momento en cada rellano, más para mirar alrededor que por el cansancio.
Arriba corre un viento limpio que trae olor a monte bajo. El valle del Guadalhorce se ve entero: el río serpenteando, parcelas agrícolas muy ordenadas y, a lo lejos, otros pueblos blancos sobre pequeñas elevaciones. Cuando el sol cae, la sierra de Hacho cambia de color poco a poco, pasando del gris al violeta.
Se cuenta que Miguel de Cervantes pasó una temporada por estas tierras realizando trabajos administrativos para la Corona. No es raro imaginarlo cruzando la plaza Ancha con papeles bajo el brazo, viendo la misma luz de la tarde que todavía se cuela entre las fachadas.
Algunas cosas a tener en cuenta
Agosto suele ser el mes más movido. A la gente que viene por el Caminito del Rey se suman quienes están de vacaciones por la zona, y el centro se llena de coches buscando dónde aparcar.
La primavera y el otoño se mueven a otro ritmo. El campo está activo, las terrazas se llenan a ratos y las noches todavía permiten sentarse fuera sin calor fuerte. En mayo suele celebrarse la romería de la Virgen de las Flores, uno de los días en que más se nota el vínculo de los vecinos con su entorno.
El Caminito queda muy cerca, apenas unos minutos en coche, pero merece la pena dedicar unas horas al pueblo con calma: subir hasta el castillo, bajar sin prisa por las calles estrechas y quedarse un rato en la plaza cuando empieza a caer la tarde. Es entonces cuando Álora suena más a sí misma.