Artículo completo
sobre Cártama
Municipio con una rica historia desde los íberos y romanos presidido por la ermita de su patrona en la cima del monte
Ocultar artículo Leer artículo completo
Cártama es como ese tío del pueblo que nunca se marchó y resulta que tiene más historias que Netflix. Vas cruzando el Valle del Guadalhorce, miras el mapa y piensas: “paro un momento y sigo”. Y al final te lías. El turismo en Cártama tiene un poco de eso: parece una parada rápida y acaba siendo una mañana entera curioseando.
Cuando el asfalto se acaba
Llegué temprano, con esa luz que hace que todo parezca más tranquilo de lo que luego será. El coche se queda abajo y toca subir andando. Cártama tiene ese tipo de casco antiguo que se gana paso a paso: cuestas cortas, callejones blancos y tramos empedrados que ya estaban ahí mucho antes de que pasaran coches por el valle.
En una de esas placitas pequeñas —de las que parecen aparecer sin aviso— me crucé con una señora regando macetas en la puerta. Le pregunté cómo orientarse por el barrio alto y me dijo algo muy de aquí: “tú tira para arriba, que aquí todo acaba subiendo”. Y razón no le faltaba.
El castillo que nadie espera
El Castillo de Cártama es de esos lugares que desde lejos parecen poca cosa. Lo ves en lo alto del cerro, piensas “bueno, unas ruinas”, y sigues. Pero cuando subes cambia la cosa.
Quedan tramos de muralla y estructuras de distintas épocas —romanos, musulmanes y los que vinieron después fueron dejando capa sobre capa— y desde arriba se entiende por qué eligieron ese sitio. El valle del Guadalhorce se abre entero delante, con los campos de cítricos dibujando un mosaico bastante ordenado.
Además suele haber bastante tranquilidad. Nada de colas ni grupos grandes. Subes, das una vuelta, te apoyas en la piedra un rato y miras el valle. A veces eso es todo lo que hace falta.
La comida que te hace sentir local
Aquí hay un plato que siempre sale en la conversación: el gazpacho de habas. Y no, no tiene nada que ver con el gazpacho frío que te imaginas. Es un plato de cuchara, espeso y contundente, con habas y su acompañamiento de carne. De esos que te dejan claro que en los pueblos se cocinaba para trabajar después.
La porra también aparece mucho en las mesas de la zona. Recuerda al salmorejo, pero suele ser más densa y bastante contundente. Si preguntas dónde comer platos de toda la vida, la gente del pueblo te orienta rápido. Aquí esas cosas todavía se preguntan así, sin mirar reseñas.
Pasear por el entorno
Alrededor del pueblo hay varios caminos que se usan para caminar o salir en bici. Algunos rodean el cerro del castillo y otros bajan hacia la ribera del Guadalhorce.
No son rutas de alta montaña ni nada parecido. Más bien caminos entre campos, olivares y acequias. Mientras caminas aparecen restos de antiguos molinos o construcciones agrícolas que recuerdan que este valle siempre ha vivido del campo.
En uno de esos caminos me crucé con un vecino que paseaba al perro y me contó que su abuelo trabajó en uno de los molinos de la zona. “Ahora viene gente a hacer fotos”, decía riéndose, “pero aquí antes se venía a trabajar”.
El truco de Cártama
El secreto de Cártama no está en un monumento concreto. Es más bien el ambiente de un pueblo grande que sigue funcionando como pueblo: gente haciendo recados, vecinos hablando en la puerta, el mercado semanal montándose en la plaza.
A lo largo del año también hay romerías y fiestas muy ligadas al calendario agrícola y a las tradiciones del municipio. En esas fechas el pueblo cambia bastante: más movimiento, más gente en la calle y ese olor a campo que llega desde los alrededores.
Mi consejo de amigo
No vengas a Cártama con la idea de marcar casillas y seguir ruta. Esto funciona mejor si te lo tomas con calma: subes al castillo, te pierdes un rato por el barrio alto, bajas hacia el centro y te sientas en una plaza a ver pasar la mañana.
Es un plan sencillo, pero a veces es justo lo que apetece. Y Cártama, sin hacer mucho ruido, lo pone bastante fácil.