Artículo completo
sobre Obejo
Pueblo serrano de calles estrechas y empinadas famoso por su romería de San Benito y la danza de las espadas con un entorno natural de gran valor
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las campanas de San Antonio Abad repican a las siete de la mañana y el valle del Guadiato despierta entre brumas. El turismo en Obejo empieza muchas veces así, con el pueblo todavía medio dormido. Desde la plaza, donde el empedrado deja ver surcos gastados por años de paso, el sol va encendiendo poco a poco los olivares de la ladera. A esa hora el aire suele oler a pan recién hecho y a tierra húmeda si ha llovido por la noche.
Cuando las espadas bailan
El domingo de Resurrección, Obejo suena a tamboriles y a pasos marcados sobre la piedra. Los Danzantes bajan desde la ermita de la Virgen del Sol con trajes llenos de lentejuelas que reflejan la luz blanca de la primavera. Las espadas de madera golpean el suelo con un ritmo seco, repetido, que se escucha desde varias calles más abajo.
La danza se mantiene aquí desde hace generaciones. No es algo preparado para quien llega de fuera; forma parte de la fiesta y del calendario del pueblo. Los mayores suelen recordar que sus abuelos ya hablaban de estos mismos pasos cuando muchas calles todavía eran de tierra.
Desde mediados de agosto hasta la Pascua, la Virgen permanece en la iglesia parroquial. El resto del año vuelve a la ermita del cerro, por encima del pueblo. Subir hasta allí al final de la tarde cambia la perspectiva: el embalse de Puente Nuevo aparece entre lomas y manchas de pinar, y el viento suele traer olor a monte bajo y a resina.
El sabor de la sierra
En invierno, cuando llegan los meses fríos, en muchas casas se siguen preparando gachas de matanza. El pimentón caliente en la sartén perfuma la cocina y el chorizo recién curado suelta grasa rojiza que tiñe la mezcla. A veces se sirve con un huevo encima, que se cuaja con el propio calor del plato.
Con la primavera aparecen las tagarninas, ese cardo silvestre que crece entre los olivares y en los bordes de los caminos. En el plato queda un guiso verde amarillento, con ese sabor algo amargo que recuerda al campo después de la lluvia.
En la zona de Cerro Muriano todavía se cocina choto con especias como comino o guindilla. La presencia de mineros extranjeros a principios del siglo XX dejó pequeñas huellas en la cocina local, según cuentan en el pueblo.
La miel de Sierra Morena también es habitual en muchas casas. Suelen mover las colmenas según la floración del monte, y por eso el sabor cambia según el momento del año: a veces más suave, otras con un punto fuerte a romero o a jara.
Por donde discurre el río
Uno de los paseos más habituales sale por detrás del cementerio y sigue el curso del río Obejo. El sendero discurre entre chopos, sauces y jaras, con tramos donde la sombra es casi continua. En primavera el agua se oye antes de verla.
Más adelante aparece una vieja estructura metálica que aquí llaman el Puente de Hierro. Está oxidada y cubierta en parte por vegetación, recuerdo de la actividad minera que hubo en la zona hace más de un siglo.
Si prefieres algo corto, hay un recorrido que pasa por el casco antiguo y termina en la Fuente Grande. La fuente, de piedra, sigue dando agua fría incluso en agosto. Es normal ver a vecinos llenando garrafas por la mañana temprano, cuando la plaza todavía está tranquila.
Para caminar algo más, varios caminos enlazan Obejo con aldeas y cerros cercanos. El terreno sube y baja constantemente, con tramos de olivares y otros de monte bajo. Conviene evitar las horas centrales del día en verano: la sombra escasea y el calor aprieta.
Cuando cae la noche
En agosto el pueblo celebra su feria, con música, luces y casetas en la zona de la plaza. Pero entre semana, fuera de esos días, la noche aquí es muy distinta. Cuando se apagan muchas luces, el cielo de Sierra Morena se abre limpio y oscuro.
Desde el cerro de la ermita, en noches despejadas, la Vía Láctea se distingue como una franja blanquecina que cruza el cielo. No hace falta telescopio para notarla.
En mayo suele celebrarse la romería de San Benito, que sube hasta el cerro entre carros, caballos y grupos de vecinos caminando juntos. El camino se hace largo si el sol aprieta, así que muchos salen temprano.
También hay fiestas más pequeñas, como la velá de San Antonio en junio, cuando la plaza se llena de música y los niños corren con farolillos. Después, ya de madrugada, el pueblo vuelve a quedarse en silencio y solo quedan algunas conversaciones sueltas en las puertas.
Lo que conviene saber antes de venir
Obejo es un pueblo pequeño, de poco más de dos mil habitantes. No tiene demasiados alojamientos ni una oferta turística grande, así que conviene planificar con algo de margen si se quiere pasar la noche por la zona.
A cambio, el ritmo aquí es otro. En la plaza siempre hay alguien sentado al fresco, y no es raro que te pregunten de dónde vienes si te ven mirando el mapa del móvil.
La iglesia de San Antonio Abad conserva partes de distintas épocas. La base es más antigua y después llegaron reformas renacentistas y añadidos posteriores que todavía se notan en la fachada.
En Cerro Muriano, a pocos kilómetros, hay un pequeño espacio dedicado a la historia minera de la zona. Se conservan herramientas, cascos y fotografías de cuando el cobre marcaba la vida de estas sierras.
Si te vas al final de la tarde, cuando el sol baja detrás de Sierra Morena, las casas de Obejo toman un tono ocre y el aire empieza a oler a leña o a cena temprana. A esa hora el pueblo vuelve a quedarse quieto, como si el día se plegara despacio.