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sobre Alhendín
Municipio en crecimiento del área metropolitana; conserva tradiciones agrícolas y ofrece buenas conexiones con la capital y la costa
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Los primeros carteles de "venta de tomates" empiezan a aparecer justo cuando la carretera deja de ser ciudad y se vuelve campo. Son letras de espray sobre chapa, casi ilegibles, como si alguien se hubiera cansado a mitad de escribir. Ese es Alhendín, un lugar que no se anda con rodeos ni con folletos. Está pegado a Granada, a unos pocos minutos en coche, pero el ambiente cambia rápido. Mientras la capital anda pendiente de lo último que abre en el centro, aquí la conversación suele ir por otro lado: si el agua ha llegado bien a las acequias o si este año las habas vienen flojas.
La torre que no quería ser torre
El GPS te dice que has llegado y al principio no ves gran cosa. Casas bajas, calles rectas, algún perro que te mira como evaluando si eres de aquí o no. Parece otro pueblo de la Vega, hasta que doblas una esquina y aparece la Torre Fuerte.
No domina el paisaje como en otros sitios. Está más bien metida entre edificios, casi escondida, como ese familiar que siempre sale en las fotos medio tapado. La base suele atribuirse a época nazarí y las partes superiores se levantaron siglos después. Al final quedó una mezcla curiosa: piedra antigua abajo, añadidos posteriores arriba y un campanario que parece haber llegado más tarde a la conversación.
Los vecinos han construido literalmente alrededor. Hay balcones, patios y ventanas mirando a un muro que lleva ahí desde antes de que existiera el pueblo tal como lo vemos ahora.
A veces el interior se usa para exposiciones o para información municipal, dependiendo de la temporada. Si coincide que está abierto, suele haber alguien que te cuenta la historia con bastante naturalidad: que por aquí pasó Fernando el Católico durante las campañas finales de la guerra de Granada, que la torre sufrió daños a finales del siglo XV, y que hoy el pueblo vive más pendiente del campo que de las batallas antiguas.
La iglesia está justo al lado. Arquitectura mudéjar por fuera, añadidos barrocos por dentro, y ese olor a cera reciente que tienen las parroquias de los pueblos cuando ha habido misa hace poco. Si quieres enterarte de algo, lo más rápido sigue siendo preguntar a alguien que esté por allí.
Donde el menú del día viene con patatas fritas y orgullo
En Alhendín el alojamiento turístico es escaso. Mucha gente que viene lo hace desde Granada para comer y dar una vuelta por la vega. Si te quieres quedar, normalmente toca buscar algo en la capital o en pueblos cercanos.
Ahora bien, para comer no hay que darle muchas vueltas. Aquí la cocina tira de lo que se ha cultivado siempre en la Vega. Las migas de maíz aparecen bastante en invierno, servidas en fuentes grandes para compartir. Y si ves tortilla de collejas en la carta, pruébala: esa hierba que sale por las acequias tiene un sabor muy de campo, de los que ya casi no aparecen en las ciudades.
El choto al ajillo suele ser uno de los platos más celebrados. Lo sirven con patatas fritas y no como adorno, sino como parte del asunto. Es comida de sentarse, mojar pan y salir rodando un poco más despacio de lo que entraste.
Si preguntas por opciones muy modernas, probablemente te miren con cara rara. Pero verduras no faltan: habas, espinacas, alubias… en temporada acaban muchas veces dentro de tortillas o guisos sencillos que llevan décadas haciéndose igual.
El paseo por la Vega hasta el Genil
Cuando alguien del pueblo habla de “dar una vuelta”, normalmente se refiere a bajar a la Vega. Hay varios caminos de tierra que salen del casco urbano y se meten entre cultivos, acequias y algunos invernaderos que crujen cuando sopla el viento.
El paisaje al principio puede resultar un poco raro: plástico, estructuras metálicas y caminos agrícolas. Pero en cuanto te alejas un poco empiezan los chopos y el terreno se vuelve más abierto. El ruido cambia también: menos coches, más agua corriendo por las acequias.
Siguiendo algunos de esos caminos terminas acercándote al entorno del río Genil. No esperes miradores ni pasarelas nuevas. Hay tramos de ribera, bancos sencillos y gente del pueblo paseando o parando un rato con la bici.
La escena suele ser bastante cotidiana: alguien que saca un bocadillo de la mochila, un perro que se mete en el agua, dos jubilados comentando cómo viene el año agrícola. No pasa gran cosa, y precisamente ahí está la gracia.
Diciembre y las fiestas del pueblo
Las fiestas patronales de Alhendín suelen celebrarse en diciembre, cuando el campo ya ha bajado el ritmo. El programa cambia según el año, pero hay cosas que se repiten bastante: actividades en la plaza, música, y juegos populares que organizan las asociaciones del pueblo.
Entre ellos a veces aparece la clásica carrera de sacos o concursos de cocina donde las migas vuelven a ser protagonistas. Ahí se ve a medio pueblo opinando sobre si el maíz está bien tostado o si le falta un poco más de fuego.
El día grande sale la Virgen de la Concepción en procesión. No es una de esas procesiones gigantes que ves en las capitales. Aquí es más cercana: costaleros que se conocen desde críos, paradas para cambiar de hombro y vecinos mirando desde las puertas de casa.
Después, como suele pasar en muchos pueblos, la noche continúa en los bares de la zona y la conversación vuelve al tema de siempre: el tiempo y si este invierno vendrá con agua.
Cómo llegar y cómo moverte
Desde Granada se llega rápido en coche por la circunvalación y las carreteras de la Vega. Es uno de esos trayectos cortos que mucha gente hace incluso para comer y volver.
También hay autobuses metropolitanos que conectan el pueblo con la capital a lo largo del día, así que no hace falta coche si vienes desde Granada.
Una vez en Alhendín no hay demasiado misterio. Aparcas cerca del centro, te acercas a la plaza, localizas la torre y desde ahí empiezas a caminar sin mucho plan. El pueblo se recorre rápido y lo interesante suele estar en esos paseos hacia la Vega.
Al final pasa una cosa curiosa: no es un sitio que te deje con la sensación de haber visto algo monumental. Pero cuando vuelves a pasar por la autovía y ves otra vez los carteles de tomates en la cuneta, te acuerdas. Porque ahora ya sabes qué hay detrás de ellos. Y eso cambia un poco la mirada.