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sobre Cájar
Municipio residencial del área metropolitana conocido como 'Cájar de la Vega'; combina tranquilidad con cercanía a la capital
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Cájar queda en la Vega de Granada, a pocos kilómetros de la capital, pero no funciona como un simple barrio dormitorio. El municipio creció en el borde mismo de la llanura fértil, donde los cultivos empiezan a dejar paso a las primeras lomas. Esa posición —entre vega y cerro— explica buena parte de su historia y también de su aspecto actual: huertas cerca del río, calles que suben ligeramente hacia el casco antiguo y, todavía hoy, algunos secaderos de tabaco levantados cuando ese cultivo marcaba la economía de la zona.
No es un pueblo pensado para el turismo. Aquí siguen en pie costumbres que tienen más que ver con la vida agrícola que con la visita ocasional. Una de las más conocidas es la bendición de animales por San Antón, cada 17 de enero, cuando vecinos de la zona se acercan con burros, perros o caballos hasta la ermita.
La Vega que miraba a Granada
La geografía pesa más de lo que parece. Cájar se sitúa en uno de los bordes de la Vega, muy cerca del Genil y en el camino natural que comunica Granada con los pueblos del suroeste. Durante la época nazarí este territorio formaba parte del cinturón agrícola que abastecía la capital.
En medio de los campos aún se levanta el llamado torreón de Yájar, una construcción defensiva de origen medieval hecha con tapial. Su función era vigilar los accesos a la Vega y controlar los movimientos en el entorno de Granada. No es una fortaleza monumental: más bien una torre aislada que recuerda cómo se organizaba el territorio en los últimos siglos del reino nazarí.
Tras la conquista castellana, la zona siguió siendo básicamente agrícola. Algunas crónicas mencionan el paso de tropas y campamentos en la Vega durante los meses previos a la toma de Granada. Cájar aparece en esos relatos como uno de tantos pequeños asentamientos que abastecían de grano y ganado a los ejércitos que ocupaban la llanura.
Los baños que casi nadie busca
En una calle discreta del pueblo se conservan unos baños árabes de época medieval. No son grandes ni especialmente monumentales, pero sí interesantes porque mantienen parte de la estructura original: estancias abovedadas, muros de ladrillo y el sistema por el que circulaba el aire caliente bajo el suelo.
Durante mucho tiempo pasaron desapercibidos incluso para muchos granadinos. Suelen visitarse solicitando la llave en dependencias municipales, aunque conviene informarse antes porque el acceso no siempre es regular.
Encima de este espacio se formó el barrio de San Antón, con casas sencillas, fachadas blancas y portones amplios pensados para animales y aperos. En una de sus paredes se reutilizó una pieza romana —probablemente un pequeño altar funerario— sobre la que se colocó una cruz en época cristiana. El texto latino apenas se distingue ya, pero aún se reconocen las iniciales dedicadas a los difuntos.
Fiestas que siguen ligadas al campo
El calendario festivo mantiene un vínculo claro con el ciclo agrícola. En mayo se celebra la romería de San Isidro, muy ligada a las familias que todavía trabajan parcelas en la Vega. Los carros decorados y las comidas al aire libre forman parte de un día que se pasa, en buena medida, junto al río o en las eras.
A finales de junio, la noche de San Juan se vive alrededor de las hogueras. Se queman sarmientos y restos de poda mientras los más jóvenes saltan el fuego siguiendo una costumbre extendida por muchos pueblos andaluces.
Y en enero llega San Antón, probablemente la cita más singular del municipio. La bendición de animales reúne a vecinos de los alrededores con burros, perros o caballos. Durante unas horas, el pequeño entorno de la ermita se llena de rebuznos y correas.
Lo que se come en las casas
La cocina de Cájar es la de la Vega de Granada. Mucho producto de huerta y platos que nacieron en cocinas familiares más que en restaurantes.
Las collejas —una hierba silvestre que crece entre cultivos— suelen acabar en tortilla cuando llega la primavera. También es habitual el remojón granadino, con naranja, bacalao y aceite de oliva, que aquí aparece cuando las naranjas de la Vega empiezan a estar dulces.
El choto al ajillo sigue preparándose en algunas casas: cabrito troceado, mucho ajo y vino blanco. No es un plato que aparezca siempre en cartas, pero forma parte del recetario de la comarca.
Para el postre, lo más habitual es acercarse a Santa Fe, a pocos minutos en coche, donde se elaboran los conocidos piononos: pequeños bizcochos enrollados y coronados con crema tostada, muy ligados a la tradición pastelera de la Vega.
Caminar por la Vega
Desde el propio pueblo salen caminos agrícolas que bajan hacia el Genil y recorren la red de acequias históricas que riegan la Vega. No son rutas señalizadas como senderos de montaña, pero permiten entender bien el paisaje: parcelas de cultivo, choperas junto al río y, al fondo, la silueta de Granada.
También hay pistas que suben hacia las lomas cercanas, desde donde se abre la vista sobre toda la llanura. En días claros se distingue perfectamente la Alhambra recortada sobre la ciudad.
Cómo llegar y cuándo ir
Cájar está muy cerca de Granada y se llega en pocos minutos por carretera desde la capital. La conexión con la ciudad es constante, tanto en coche como en transporte público metropolitano.
La primavera suele ser el momento más agradable para recorrer los caminos de la Vega, cuando los cultivos están verdes y el clima todavía es suave. En verano el calor se nota más en esta llanura abierta. En invierno, en cambio, el viento que cruza la Vega puede resultar bastante frío.
Si coincide con el 17 de enero, verá algo poco habitual: animales esperando su turno frente a la ermita de San Antón. Ese día, al menos allí, los burros tienen prioridad.