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sobre Gójar
Municipio residencial a los pies de Sierra Nevada; conocido por su tranquilidad y cercanía a la capital y la montaña
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Hay algo curioso en encontrarte con Napoleón Bonaparte en un pueblo de la Vega de Granada. No el propio Napoleón, claro —eso ya sería demasiado incluso para Andalucía—, pero sí a una descendiente suya enterrada en la iglesia de Gójar. Como si la historia europea hubiese dejado caer aquí una nota al pie bastante inesperada, entre olivos y casas bajas.
El pueblo que se esconde entre olivos
Gójar es de esos sitios que mucha gente pasa de largo cuando va por la A‑44 camino de la costa o de la Alpujarra. Desde la carretera parece otro pueblo más de la vega: urbanizaciones recientes mezcladas con casas antiguas y campos alrededor. Y sí, en parte es eso. Pero cuando aparcas y te acercas al centro, empiezan a salir detalles que no esperabas.
La primera vez que vine fue por culpa de un amigo que insistía en que “tenía que ver la iglesia”. Yo pensaba que sería otra parroquia más de la zona. Pues no.
La iglesia de Nuestra Señora de la Paz tiene esa sensación de edificio que ha ido cambiando con los siglos. Hay quien dice que en el mismo lugar hubo una mezquita antes de la conquista cristiana, algo bastante común en los pueblos de la vega. El templo actual se fue levantando a partir del siglo XVI y dentro guarda un retablo que a menudo se relaciona con el entorno de Pedro Machuca, el arquitecto que trabajó en el Palacio de Carlos V de la Alhambra. No es un museo, ni pretende serlo, pero cuando entras te das cuenta de que el edificio tiene más historia de la que sugiere el tamaño del pueblo.
Cuando los Bonaparte aparecen en el mapa
Y luego está lo de los Bonaparte, que suena a historia inventada para una sobremesa larga.
En la iglesia está enterrada Isabel Roma Ratazzi Bonaparte Wyse, descendiente de Luciano Bonaparte, uno de los hermanos de Napoleón. Cómo terminó una rama de esa familia ligada a Gójar es de esas historias de parentescos, matrimonios y vueltas de la vida que cruzan media Europa. Pero el resultado es sencillo: en un pueblo de la Vega de Granada hay una tumba relacionada con la familia del emperador francés.
Cuando lo cuentas fuera, la gente suele poner cara de “eso no puede ser”. Hasta que vienes y lo ves.
Caminos alrededor del pueblo
Otra cosa que tiene Gójar es que, en cuanto sales un poco del casco urbano, te metes en senderos entre olivos y pequeñas lomas. El ayuntamiento ha ido señalizando algunos recorridos por el entorno. No son rutas de montaña épicas, más bien caminos tranquilos para estirar las piernas y ver la vega desde arriba.
Uno de los paseos más conocidos por aquí sube hacia el entorno del Vedrín. No es especialmente largo y mucha gente del pueblo lo usa para caminar por la tarde o salir a correr. Vas entre olivares, con Granada al fondo, y es de esos recorridos que se hacen sin mirar demasiado el reloj.
Luego está la subida hacia el Cerro del Bufón, que ya exige algo más de ganas. El camino gana altura y las vistas se abren bastante. Dicen que por estos cerros hubo refugios en épocas complicadas de la historia del reino de Granada, aunque hoy lo que encuentras son caminos rurales, bancales y silencio.
Mi experiencia personal: empecé con mucha motivación y acabé dándome la vuelta antes de la cima. El GPS del móvil ya me había felicitado por el ejercicio del día y me pareció una buena señal para regresar.
Coplas y fiestas de pueblo
Las fiestas patronales suelen celebrarse a principios de septiembre y conservan bastante ambiente de pueblo. Escenarios en la plaza, vecinos que se conocen entre ellos y familias enteras bajando por la noche.
Una tradición que todavía se menciona mucho en Gójar son las Coplas de la Aurora. Se cantan versos improvisados, a veces con bromas entre vecinos o comentarios sobre lo que ha pasado en el pueblo durante el año. Visto desde fuera recuerda un poco a una batalla de rimas, pero con humor andaluz y bastante retranca. Y lo curioso es que muchas veces quienes mejor se defienden con las coplas son los mayores del lugar.
La Casa Grande y la ermita en lo alto
Otro edificio que llama la atención es la llamada Casa Grande. Es una construcción antigua que fue creciendo con los siglos y que aún conserva ese aire de casa señorial rural. Hoy es propiedad privada, así que lo habitual es verla desde fuera y poco más, pero sigue siendo uno de esos puntos que los vecinos señalan cuando hablan de la historia del pueblo.
En lo alto del término está la ermita de las Tres Cruces. Es sencilla, blanca, y lo interesante no es tanto el edificio como el lugar donde está. Desde allí se ve bien la Vega de Granada y, si el día está claro, el perfil de Sierra Nevada al fondo.
Te sientas un rato, miras el paisaje y entiendes por qué esta zona ha estado habitada desde hace siglos. Luego te levantas de los escalones, que son duros como una piedra —porque básicamente lo son— y recuerdas que las vistas siempre se disfrutan más cuando llevas calzado cómodo.
Lo que te encuentras de verdad
Gójar no es un pueblo monumental ni un lugar al que vengas a tachar diez monumentos en una mañana. Es más bien una parada tranquila a pocos minutos de Granada capital.
Aquí la vida sigue bastante a su ritmo: vecinos charlando en la plaza, gente que baja andando a comprar el pan, chavales cruzando el pueblo en moto como si estuvieran en su propio circuito.
No hay tiendas de recuerdos ni carteles pensados para turistas. Si preguntas por la tumba de la Bonaparte o por algún camino para pasear, lo más probable es que alguien del pueblo te dé las indicaciones con bastante más detalle que cualquier folleto.
Mi consejo: ven una mañana, acércate a la iglesia, date una vuelta por alguno de los caminos que salen hacia los olivos y luego siéntate un rato en la plaza. En pocas horas habrás visto lo esencial. Y seguramente te irás con la sensación de haber estado en un pueblo que sigue funcionando como pueblo, que ya es bastante.